Ésta es la historia de un viaje en el que sufrí el incivismo de mis conciudadanos a través, precisamente, del lenguaje, sobre todo gracias a los móviles. Se lo brindo por si acaso le enseña algo a alguien. ¡Sobre todo a esos compañeros de viaje! Les llaman los motorolos. ¡Descarados, impúdicos, desconsiderados, cansinos!
I.- En Santiago ocupo mi asiento en el vagón número 5. Entra una familia de asiáticos, quizás japoneses (¿peregrinos?). Son una pareja joven, una suegra, dos bebés gemelos y una niña monísima de unos tres años que enseguida demostrará la potencia increíble de sus cuerdas vocales. Tienen una cantidad desmesurada de equipaje: maletas, bolsas, cajas. Tardan un buen rato en acomodarse. Los bebés se alternan para llorar, la niña habla de una forma que perfora el cerebro, y los adultos responden con una catarata de regañinas, reproches o consejos indescifrables, pero que se oyen a la perfección: escupen las palabras como las ametralladoras escupen las balas. La madre, que se alterna con los gemelos, lleva la peor parte; el marido pasa lo que puede, aunque no le resulta fácil. La suegra ametralla con andanadas de palabras. Actúan como si estuvieran solos en el vagón. La gente les ha ido cediendo espacio y ellos se expanden, se cambian de asiento, mientras la niña monísima corretea, grita –en realidad no grita, es que habla tan fino que lo parece- y toca todo con sus deditos pringados. Estos no parecen llevar móviles.
II.- No puedo más y me cambio. Vagón número 6. En el nuevo me toca una jovial pareja gallega de mediana edad encantados de haberse conocido que comentan a voz en grito, como si a los que estamos alrededor nos interesara la cuestión, las enormes posibilidades de sus móviles. Me alejo de ellos procurando no significarme. A mi izquierda, otra mujer jovial comunica -en estéreo- a una amiga que va en otro asiento la temperatura de Madrid: 15 grados: muy bien, menos mal que no me he traído ropa de abrigo. Yo le deseo de corazón que cambie el tiempo (y cambió). Justo detrás de mi asiento, un chico joven se sorbe los mocos ruidosamente a intervalos regulares. Un buen rato. Fantaseo con echarle un paquete de kleenex por encima de mi espalda, pero no me atrevo. Con los nervios rallados, me traslado otra vez.
III.- Vagón número 7. Empiezo a tomar notas; me doy cuenta de que mi abrigo y mi maleta se han quedado en los otros vagones. Ahora me toca ponerme al día del presupuesto de una cocina. Es una chica joven, alta, melena larga, modelo `belenesteban´. Va de Zamora a Madrid, a trabajar (unos días). En el curso de tres conversaciones –con su madre, con una amiga y con su primo- que se oyen sin problemas en todo el vagón, me enteraré de muchas cosas. A la madre le cuenta que la cocina le sale por un pico: 253 euros el metro cuadrado. No, no lo voy a poner mate, sino rugoso, la encimera gris oscura, y dos mueblecitos muy chulos. Me escandalizan un poco las cifras: ¡9.000 euros de presupuesto en armarios!; armarios hasta en el DNI, dice ella. Los armarios empotrados de nuestra habitación 1.800 euros (en comparación no me parecen tan caros, pienso) y mil los de la habitación pequeña. ¿La mampara? Era muy pequeña, fíjate que con plato de ducha y todo sólo 200 euros. Ganas me dan de volverme y decirle que está un poco desequilibrado, tanto en la cocina y tan poco en el baño…Me enternezco un breve momento cuando le dice a su madre: yo también te quiero con locura. Ahora está hablando con una amiga ¡del dinero con que cuentan! No, no tenemos 16.000 sino 12.000 y pico, es por el seguro de vida de él, que como es policía le vale el doble. Creo que se ha dado cuenta de mi atención, porque baja el diapasón, se levanta, pasa a mi lado con andares de reina y se va a la plataforma. Pero vuelve: en la cocina se nos van dos más dos más seis=10.000 más 2.000 del frigo y la campana. Otros 500 más 500 del lavaplatos y la lavadora (a mí me salen 14.000 en total). Después empieza a organizar un encuentro para las Fallas; ¿no has estado en ninguna mascletá todavía? Yo el año pasado llegué a la plantá. Bueno, pues bajamos ya desde Madrid y llegamos cuando sea. La gente sigue silenciosa, nadie parece enterarse, y de hecho a mí me están dando ganas de acercarme y darle algunos consejos, compartir con ella mi experiencia de poner casas, lo mismo que ella comparte sus cosas con todos nosotros. Por último habla con un primo suyo, y se dirige así a él, “primo”. El marido policía le ha dicho que va a pedir misiones especiales (Haití, República Dominicana o Guatemala). Primo, es que ganan 9.000 euros al mes, sabes, y me dice, chata, en un año nos quitamos la hipoteca (qué hipoteca más pequeña, me digo, sin dejar de mirarla mientras tomo notas). Le he dicho: si te dan ese destino me lo dices la víspera, que no quiero estar comiéndome el coco. El primo le debe de preguntar si no tiene miedo de que se líe con una nativa, porque ella le responde, en el mismo tono de voz: que no, primo, eso sí que no me da miedo, de verdad que de eso nada, si él es antinegro, todo lo que sea color…
Fin de trayecto.