• Efectivamente, Guernica es el símbolo de un ataque brutal contra un pueblo. No fue, sin embargo, una excepción en una guerra incivil que produjo medio millón de muertos y una dictadura. Creo que Zelenski debiera haber recordado con más sentido histórico el largo asedio de Madrid ,el bombardeo continuado de una gran ciudad, que es lo que ocurre en Kiev o Mariúpol. Podría haber recordado también a las Brigadas Internacionales, como las que ha organizado para la defensa de Ucrania. Tal vez sea un error comparar una Guerra Civil con la invasión de un país extranjero. Le estaría dando la razón a Putin, que proclama estar recuperando su territorio”

    Eduardo Sotillos Palet

    Vicente Coll: Encuesta Sigma Dos: Los españoles creen que Feijóo hará más esfuerzos que Sánchez por alcanzar un pacto de Estado

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    https://www.elmundo.es/espana/encuestas/2022/04/06/624dc6effdddff314d8b45e5.html

    El electoral.com : Seegún la encuesta electoral del Centro de Estudios Andaluces, el PP se sitúa con un 34 %, cayendo respecto a meses pasados, y obtendría 43 o 44 escaños. El PSOE se sitúa con un 25,3 % y conseguiría 30 o 31 escaños. Vox se dispara hasta el 19 % y alcanzaría los 22 escaños. Unidas Podemos se sitúa con un 9,1 % y obtendría 10 escaños. Adelante Andalucía se coloca con un 2,8 % y su representación en el Parlamento estaría en duda. PACMA, con un 2,3 %, podría llegar a entrar con 1 escaños

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    LA AGENDA DE MÚSICA de Alfonso Alarcón

    BALLETS DE STRAVINSKY

    Siguiendo con la conmemoración del aniversario de la muerte de Stravinsky, un ballet de los menos conocidos, Renard; una coreografía de Balanchín para su Concierto para violín y orquesta y una escena del eterno Pájaro de fuego en versión del Ballet del Teatro Mariinsky.

    El pájaro de fuego, Pas de deux, por Ekaterina Kondaurova e Ilya Kuznetsov:

    Concierto de violín, 3er mov., coreografía de George Balanchín, New York City Ballet:

    Renard, Viena, Theater an den Wien (2004).

    LA AGENDA DEL ENSAYO  de

    Margarita Vidal

    Descripción: Descripción: Libros de transhumanismo

    Librería Castelar libreriaemiliocastelar.com

    Michael J. Sandel: La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común?

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    Fernando Vallespín: La sociedad de la intolerancia

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    Lluis Amiguet entrevista a  Eric Maskin: “Solo saldremos de esta con una inversión masiva en infraestructuras”

    Descripción: “Solo saldremos de esta con una inversión masiva en infraestructuras”https://www.lavanguardia.com/lacontra/20200529/481440179788/solo-saldremos-de-esta-con-una-inversion-en-infraestructuras.html

    “La crisis del diésel (que no del petróleo) Un famoso reguetón tenía como estribillo “dame más gasolina”. Pero los españoles no queremos más gasolina. Lo que queremos es más gasoil (gasóleos A, B y C). En enero de este año los gasóleos representaban casi el 60% de todos los productos petrolíferos que consumimos los españoles. La gasolina a penas representa el 9%. Pese a la Gran Recesión que arrancó a finales de 2007 y la crisis súbita del COVID-19, los españoles consumimos en 2021 el doble de gasóleos que consumíamos en 1990, pero sólo algo más de la mitad de gasolina. Somos más adictos al gasóleo que a la gasolina: la mayoría de nuestros automóviles, camiones y autobuses, algunos de nuestros trenes, la flota pesquera, los tractores y otros vehículos agrícolas utilizan gasóleos. El transporte (sumando también el queroseno de aviación) viene representando cerca del 70% de todo el consumo de productos petroleros en España desde 2015 -con una caída considerable a consecuencia del COVID en 2020. Así que, con los precios del gasoil en máximos históricos, el transporte ha parado. Como escribí hace algunas semanas, el alza de los precios de la electricidad no causa revoluciones (todavía) pero el de los precios de los productos petroleros sí.

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    Fuente: Elaboración propia con datos de CORES (https://www.cores.es/es/estadisticas)

    Lo que es más complejo de comprender es por qué se produce éste alza de los derivados del petróleo justo ahora cuando los precios del petróleo crudo en los mercados internacionales están lejos de los máximos que se marcaron en 2008, e incluso siguen por debajo de los precios que se marcaron desde 2011 a finales de 2014. Pese a la sensación de crisis petrolera, lo cierto es que lo único que está en máximos históricos son los precios al consumidor de gasolina y diésel, pero no el precio del petróleo crudo. Sólo un estrangulamiento en el refino y/o la distribución podría justificar ese desajuste. Pero de esto no se habla.

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    Fuente: Expansion, Datosmacro (https://datosmacro.expansion.com/energia/precios-gasolina-diesel-calefaccion/espana)

    Puestos en modo crisis energética, la respuesta por la que ha optado el gobierno es la de subvencionarnos a todos, sin distinción, llenar el depósito.  Así los que más consumen reciben más subvención del resto. No pensé nunca que volveríamos a ver ejercicios de funambulismo similares a los que ya padecimos en la crisis del petróleo hace 40 años. El blindaje del mercado interno ante la primera subida de los precios internacionales del petróleo en 1973-1974 fue además de atípico en el contexto europeo, un blindaje asimétrico. En realidad, era una respuesta que encajaba bien con lo que había sido la política económica de la dictadura: los que tenían acceso al Consejo de Ministros consiguieron más y mejor protección que el resto. Las consecuencias a largo plazo son bien conocidas. En lugar de disminuir el consumo de energía total y por unidad de PIB (intensidad energética), que fue la pauta general entre los países occidentales, en España aumentaron. Tampoco contribuyeron a la moderación en el consumo las subvenciones (directas e indirectas) otorgadas a sectores afectados por el aumento de los precios en base a criterios económicos y/o sociales: el sector de la pesca, por ejemplo, obtuvo créditos extraordinarios por un valor acumulado de casi 10.000 millones de pesetas para subvencionar los suministros de gasoil y fueloil de manera continuada durante los años 1974 y 1977. En medio de un escenario de subidas generalizadas, aunque asimétricas y controladas, se rebajó un sólo precio: el del fueloil para centrales térmicas. Las empresas eléctricas, agrupadas en UNESA, seguían incrementado su consumo de fueloil: en 1975 quemaban casi el doble de fueloil que en 1970 para producción de electricidad. Durante estos años la industria autóctona no emprendió ninguna reconversión seria para ahorrar energía.  La brecha abierta en la primera crisis del petróleo entre los precios aplicados en el mercado español y los precios internacionales del petróleo se mantenía abierta cuando, en 1979, la segunda crisis golpeó a la incipiente democracia. Si durante el primer shock petrolero fueron las gasolinas las que menos resguardo obtuvieron, y el gasoil y el fueloil industriales fueron los más protegidos, después de 1980 se invirtió esa tendencia. Los precios de los principales productos petrolíferos usados por el sector industrial se elevaron más deprisa que los de las gasolinas, en un intento de armonizarlos con el precio real que se pagaba por el petróleo en los mercados internacionales. En 1982, el precio del fueloil triplicaba el precio que tenía en 1979 en España, y continuó su escalada hasta prácticamente cuadruplicarse en 1985. Mientras, las gasolinas, que tenían parte del camino hecho, apenas duplicaron su precio, y comenzaron a caer en términos nominales a partir de 1982.  El impacto, se tradujo en un fortísimo ajuste del sector industrial durante la primera mitad de los 1980s, precisamente, los sectores industriales que habían estado al abrigo de la protección estatal durante la primera crisis del petróleo. Tal vez deberíamos aprender algo de la historia. Proteger sectores enteros esperando a que escampe sin preparar el futuro -por doloroso que sea- no es una buena receta. Proclamar la electrificación del transporte no es compatible con subvencionar urbi et orbi llenar el depósito. Cada consumidor que retrasa la decisión de cambiar su vehículo a uno eléctrico porque le sigue saliendo a cuenta llenar el depósito, representa múltiples cargas para la economía española tanto la balanza de pagos del petróleo importado como en las emisiones de CO2. El mismo esfuerzo fiscal en subvencionar el cambio a vehículos de gas, de hidrógeno, híbridos o puramente eléctricos, nos colocaría mejor ante el futuro al que aspiramos. Pero seguimos pidiendo “dame más gasssssoil”. Mar Rubio

     “ ¿Hacia la España confederalVarios comentaristas sagaces han resumido la estruendosa victoria de Alberto Núñez Feijóo insinuando que el presidente gallego pactará con el PSOE convertir a España en un sistema confederal. Como el nuevo líder del PP no muestra el menor entusiasmo por el Rey, al que suele llamar el jefe del Estado, algunos se preguntan si nos enfrentaremos en poco tiempo con el giro hacia la República confederal, que es, por cierto, la aspiración unánime del mundo podemita. El rimbombante presidente debería aclarar su posición constitucionalista porque algunos le consideran ya posible futuro presidente de la República confederal española. Claro que para eso habrá que reformar la Constitución y, según algunos, “Feijóo cruzará ese río cuando llegue a él. Siendo gallego, igual le cuesta decidir si echarse a nadar río arriba o dejarse llevar corriente abajo». Alberto Núñez Feijóo ha rendido visita protocolaria al Rey Felipe VI. No parece dispuesto a sumarse con diligencia a los elogios que casi todos los visitantes de la Zarzuela dedican a la prudencia, a la serenidad, al equilibrio, a la inteligencia con que el Rey cumple su papel constitucional. La incertidumbre se ha adueñado de una parte del electorado del Partido Popular. Solo parece claro que el nuevo presidente está decidido a ningunear a Isabel Díaz Ayuso y a evitar que su figura siga potenciándose hasta consolidarse como una candidata seria del PP a la presidencia del Gobierno. Las aguas subterráneas circulan ya con ímpetus renovados. Y podrían hacerse tormentosas si Alberto Núñez Feijóo no abandona veladuras e incertidumbres. Debe manifestarse, en fin, con la claridad que exige un puesto muy distinto al que ostentó en su tierra gallega” Luis María Anson

    https://www.elimparcial.es/noticia/237518/

     “Frío 20 de enero de 2025 Ese lunes 20 de enero de 2025 hizo frío en Washington, como es habitual por esas fechas. Era un frío que reflejaba bien el estado de un mundo en tensión y en rearme, que no había salido de las diversas crisis provocadas por la guerra y la pandemia, y en el que la globalización se encogía y regionalizaba a ojos vista. El Mall estaba a rebosar para asistir a la inauguración del nuevo presidente de EEUU. Vladimir Putin, desde su habitual despacho en el Kremlin, tenía la televisión puesta para ver, y, sobre todo escuchar, al nuevo inquilino de la Casa Blanca en el discurso que iba a fijar sus líneas maestras. Como Xi Jinping, desde Pekín. Las elecciones del 8 de noviembre anterior, a las que no se presentó ni Joe Biden, mayor, aquejado de problemas de salud, ni su fallida vicepresidenta Kamala Harris, habían reflejado un país profundamente dividido, casi por mitades. De los protagonistas de las tres grandes potencias –más la propia Ucrania– en la crisis provocada por la guerra de 2022, sólo quedaban dos, y no es que se llevaran bien entre sí, pero tampoco con EEUU, ni con Europa, pese a que Emanuel Macron y Olaf Scholz seguían manteniendo una capacidad de interlocución con Putin y con Xi. “Nos pusimos en brazos de Biden. Menos mal que logramos que la UE avanzara algo en lo geopolítico y en lo militar, aunque no en la política de defensa”, le comentó por el móvil el francés al alemán, mientras ambos, uno en el Elíseo y otro en la Cancillería en Berlín, estaban pegados a sus televisores, y reflexionando como buenos políticos no sobre hacia dónde iba a ir el mundo, sino hacia dónde dirigirlo, o intentarlo, al menos. Aunque había proclamado su victoria en Ucrania, Putin sabía que él y su país habían quedado muy debilitados, y enfrentados a una OTAN, que, si bien no había acogido el resto del país invadido, se había cohesionado y había optado por una defensa adelantada, con bases fijas en los Bálticos y los miembros cercanos a Rusia, propia de una guerra fría militar. Ucrania, lo que quedaba de hecho no de derecho de ella, seguía presidida por el incombustible Volodímir Zelenski, convertido en un héroe nacional e internacional, ganador por resistencia, ayudado por el “Plan Borrell”, una especie de Plan Marshall europeo para la reconstrucción del país, aunque sin perspectivas reales de ingreso en la UE y menos en la OTAN dado su nuevo estatus neutral. Putin, que sobrevivió a una revuelta interna –Biden había llegado a decir que un tipo así no podía gobernar, lo que, pese al desmentido inmediato del entorno de la Casa Blanca había reforzado a Putin internamente–, había sido reelegido presidente en marzo de 2024, en primera vuelta con una oposición silenciada, pero con una abstención que rozó el 50%. Ya iba a cumplir un cuarto de siglo al mando de la Federación Rusa, y empezaba a ver su final, percatándose de que no podría ser normal, fuese lo que fuese lo que se podía entender por ello. China, con un Xi renovado sin límites a finales de 2022, o, mejor dicho, Xi con China, seguía sacándole algunas castañas del fuego a Rusia, pero había perdido toda confianza en Putin. “Un inútil”, pensaba para sus adentros. Xi Jinping recordó cómo en plena guerra de Ucrania, Biden y la UE le habían pedido que intercediera ante Putin para pararla, lo que rechazó formalmente pero discretamente hizo. Sí había prestado atención a Biden cuando este le había advertido, en un tono constructivo, que “China comprende que su futuro económico está mucho más ligado a Occidente que a Rusia”. Veía a Rusia como un socio estratégico, mas no como un aliado. Una vez más, como cuando la caída del comunismo y el desmembramiento de la Unión Soviética, China estaba decepcionada con los de Moscú, y sacaba sus propias lecciones. Xi era perfectamente consciente que, salvo en el terreno nuclear –y había mucha gente en Washington clamando por nuevos acuerdos de control de armamentos que incluyeran a las tres grandes potencias al respecto–, lo que realmente seguía preocupando a EEUU, y que había dejado sentado el nuevo presidente en su campaña electoral, era la competencia de China como potencia económica en todos los órdenes salvo el de la proyección cultural global –y aun–. Una cuestión de años, ya no de decenios. Pero Occidente –¡cómo había resucitado el término!– sabía que no podía librar dos guerras frías, o dos paces calientes (basadas en permanentes guerras híbridas), a la vez. Y la prioridad de EEUU era China, el único país que podía hacerle sombra. EEUU solo no podría; necesitaba en esta estrategia el apoyo de los europeos. Macron y Scholz se daban perfectamente cuenta de ello, pero aunque hacía tiempo que había caído de los ojos europeos el velo de la ingenuidad ante China, no había una política europea única hacia Pekín. Los dos mandatarios europeos coincidían en que querían mantener esa mezcla de cooperación y competencia con China, tan necesaria para salir de la recesión, lograr una recuperación robusta de la economía europea y evitar un mundo partido en dos, aunque una parte del resto del mundo intentaba ir por otro camino. Europa, tras estos años de crisis, necesitaba crecer. EEUU se había visto menos afectado por la guerra de Ucrania que ellos, y era hora de recuperar terreno con la plétora de iniciativas que había diseñado la Comisión Europa para salir de los efectos de la pandemia –que seguía renqueando– y de la guerra. “Tenemos que volver a retomar la idea de soberanía, o al menos autonomía europea que quedó tocada por la guerra”, le dijo el francés al alemán, insistiendo en su obsesión, aunque la OTAN se había recuperado, pese a los avances en la UE, y Europa seguía sin tener ninguna macroempresa tecnológica, ninguna big tech. Macron, al que le quedaban solo tres años de su segundo y último mandato como presidente y quería dejar un legado europeo, y Scholz se preguntaban si, de una forma u otra, una vez que la guerra de Ucrania había quedado en el pasado, más no superada, no habría que tratar con Rusia, para crear una nueva arquitectura europea de seguridad y desarrollo, digna de ese nombre, que generase estabilidad y confianza entre las partes. Un pacto de posguerra, tras el acuerdo de paz. Lo dificultaba el hecho de que Putin hubiera sido acusado de crímenes de guerra y contra la Humanidad ante la Corte Penal Internacional, y de que las compras europeas de gas, petróleo y carbón a Rusia habían caído y más lo iban a hacer con el nuevo esquema adoptado por la UE, y que, una vez más, beneficiaba a EEUU, exportador neto de hidrocarburos. Buena parte de las sanciones económicas y financieras occidentales seguían en pie, pues, en realidad, Putin no había renunciado aún a nada, salvo a ocupar toda Ucrania. Pero si Alemania y Francia se habían reconciliado tras tres guerras, ¿cómo no se iba poder avanzar hacia una reconciliación con Moscú? Sobre todo, para pacificar Europa, y separar a Rusia de China. Pues propiciar un estrecho acercamiento entre Rusia y China había sido uno de los grandes errores estratégicos de Occidente. Quizá el nuevo presidente de EEUU se prestara más a ello, coincidieron los dos líderes europeos. Todos se callaron. El nuevo presidente de EEUU acababa de empezar su discurso de inauguración. Ayuda reflexionar sobre quiénes, y cómo quedarán, y qué políticas seguirán a medio plazo. Antonio Machado escribió que “ni está el mañana –ni el ayer– escrito”. Pero mirar a un horizonte lejano puede servir para entender y actuar en el presente. La prospectiva no consiste en adivinar el futuro, ni siquiera el pasado, sino en construir ese futuro o futuros. Macron lo sabía muy bien. Venía de esa escuela” Andrés Ortega

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     “Elon Musk mira el pajarito La noticia tecnológica del día es, por supuesto, la decisión de Elon Musk de invertir un total de 2,900 millones de dólares en acciones de Twitter, un 9.2% de la compañía, y convertirse así en su mayor accionista, tras haber criticado a finales de marzo la política de libertad de expresión de la compañía y su papel en la democracia. Anteriormente, el accionista de referencia en Twitter era uno de sus cofundadores, Jack Dorsey, y tenía un 2.25% de la compañía. El movimiento ha provocado una fortísima subida de un 26% en la cotización de Twitter, y ha generado especulaciones de todo tipo sobre los planes de Musk con respecto a la compañía y las consecuencias que ello podría tener en una empresa cuyos fundadores se definían como «the free speech wing of the free speech party«, pero que se ha ido viendo obligada a recortar esa ambición de libertad de expresión total y sin censura a medida que se ha ido encontrando con la realidad y con los usos que determinadas personas hacían de ello.  ¿Qué pretende Elon Musk?.  Es difícil saberlo, pero de entrada, dar salida a un efectivo que ha obtenido mediante la venta de sus acciones de Tesla y que necesitaba invertir para evitar una tributación todavía más elevada que la que ya ha tenido que hacer. Para una mentalidad de una gran fortuna, tener liquidez es algo completamente absurdo y contraproducente, porque implica que un dinero que podría estar produciendo está simplemente sentado sin hacer nada. Por tanto, si lo que se plantea son usos para ese dinero, ¿qué mejor posibilidad que la de dedicarlo a cambiar el funcionamiento de una herramienta que usa muchísimo, que es el eje de sus acciones de comunicación, pero con la que mantiene disensiones con sus gestores sobre la forma de manejar en ella la libertad de expresión?  Invertir en una compañía a ese nivel, por mucho que se trate de una participación pasiva, permite a Musk tener una interlocución directa con el management de la compañía, e influir en las decisiones que esta eventualmente pueda tomar o plantearse tomar. A todos los efectos, Twiter tiene ahora como su mayor accionista a un verdadero entusiasta de su uso, pero también a un importante crítico, con todo lo que ello conlleva. De hecho, tras sus protestas, Musk llegó a plantearse crear una nueva plataforma, idea que, aparentemente, ha sustituido por la de intervenir sobre la que hay. Crear una nueva plataforma, como incluso Donald Trump sabe por experiencia, es algo muy difícil.  Pero sobre todo, ¿qué puede plantearse hacer Musk con semejante participación en una compañía como Twitter? Como inversión, Twitter nunca ha sido estelar en absoluto: una inversión hecha en el momento de su salida a bolsa en noviembre de 2013 supondría a día de hoy, una revalorización de tan solo un 29%, frente a otras compañías tecnológicas con revalorizaciones fastuosas como Amazon (192,822%), Apple (221,431%) o Alphabet (5,184%). Quien invierte en Twitter, lo hace porque estima su valor como herramienta de comunicación social, sus características como vehículo para la expresión de las personas o sus posibilidades como canal de comunicación y, eventualmente, marketing, pero no tanto por sus perspectivas de rentabilidad como tales.  Por otro lado, la compañía ha ido evolucionando desde unos principios marcados por el «vale todo» a, cada vez más, un intento de limitar determinados comportamientos como el insulto, el acoso, la circulación de noticias falsas o los comportamientos organizados no genuinos como el astroturfing. Y si bien para muchos esto supone una adulteración del principio de libertad de expresión, no son pocos los que opinan – los que opinamos, de hecho – que la libertad de expresión absoluta es imposible, que supone prácticamente siempre quitar la libertad de expresión a las víctimas de insultos o acoso, y que son necesarias determinadas reglas y protecciones para evitar que las redes se conviertan en lugares infectos llenos de odio en los que pocos querrían realmente pasar su tiempo.  Para Twitter, el problema de la gestión de la participación ha sido uno de los más importantes a los que ha tenido que enfrentarse a lo largo de su historia, con momentos estelares en los que incluso algunas compañías que se plantearon adquirir la compañía renunciaron a hacerlo por lo que tenía de lugar de odio, insultos y comportamientos poco edificantes. Eso, unido al hecho de que muchas figuras públicas abandonaban Twitter tras recibir insultos de todo tipo de manera habitual, llevó a la compañía a ir endureciendo gradualmente su postura e ir dando herramientas para denunciar ese tipo de comportamientos, además de protegerse contra determinados usos organizados en cuestiones como la política, la salud pública, etc.  ¿Qué tiene Musk en la cabeza para Twitter? Una vuelta al «vale todo», a estas alturas y con la experiencia de años de social media, sería como mínimo compleja y polémica. ¿Qué le molesta especialmente? ¿Cómo se plantea corregirlo? Y sobre todo, ¿qué nivel de intervención está dispuesto a asumir en su gestión? Enrique Dans

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    “¿A quién sancionan las sanciones? En diciembre de 1807, Thomas Jefferson, el autor principal de la Declaración de Independencia y tercer presidente de la joven República americana, firmó la Embargo Act con el propósito de penalizar al Reino Unido y a Francia por el acoso de sus respectivas armadas a la incipiente marina mercante americana. El intento de imponer sanciones a potencias que entonces eran más poderosas resultó ser muy perjudicial para Estados Unidos y de impacto insignificante para los países sancionados1.Poco más de doscientos años después, en abril de 2016, el Congreso estadounidense aprobó la Global Magnitsky Act, cuyo propósito era «imponer sanciones con respecto a personas extranjeras que cometan violaciones graves de derechos humanos internacionalmente reconocidos, además de otros objetivos»2. La Global Magnitsky Act, aun sin estar libre de limitaciones, es reconocida como uno de los éxitos señalados en materia de sanciones contra la corrupción y la violación de los derechos humanos en el mundo. Sanciones económicas impuestas por unos gobiernos a otros han existido, a medio camino entre la diplomacia y la guerra, durante toda la historia, y no solamente ha sido los Estados Unidos quien las han aplicado desde 1807. Pero los poco más de doscientos años transcurridos entre la Embargo Act y la Global Magnitsky Act, proporcionan un marco temporal en que considerar las formas que han adoptado las sanciones económicas, sus efectos –deseados o no– y su interacción con la diplomacia y la guerra, todos ellos instrumentos de que un país dispone para enfrentarse u oponerse a otros países. Las sanciones económicas han adquirido hoy una relevancia indudable tras la invasión de Ucrania por el régimen autoritario de Vladimir Putin. Tanto la rapidez con que se han decidido e implementado, como el inusitado amplio consenso entre Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido y otros países que las han apoyado, han sorprendido a quienes están acostumbrados a considerar el tema con una perspectiva de años. Hay buenas razones para entender el porqué de tal celeridad y consenso. Y, con ellas, una oportunidad para que aumente la probabilidad de que los derechos humanos avancen en el mundo entero.

    Las luces y sombras de las sanciones internacionales

    A grandes rasgos, las sanciones internacionales pueden clasificarse en dos categorías: sanciones comprehensivas, que afectan a la economía de todo un país y sus habitantes, y sanciones específicas, agrupadas en programas enfocados en combatir el terrorismo, la proliferación nuclear, el tráfico de drogas, el abuso de los derechos humanos o la corrupción3. Mientras sanciones comprehensivas tienden a no conseguir sus objetivos y a dañar a los ciudadanos más débiles en el país sancionado, las sanciones especificas suelen tener más éxito en sus objetivos sin perjudicar a la mayoría de los ciudadanos, o incluso a instituciones en terceros países. Esta es, en resumen, la conclusión de la más reciente evaluación del régimen de sanciones internacionales que Estados Unidos viene imponiendo desde el año 2000, realizada por el Treasury Department, en estrecha colaboración con el Department of State y el National Security Council.  Entre los abundantes ejemplos de luces y sombras que la experiencia de las sanciones internacionales ofrece, destacaremos los siguientes:  

    Las consecuencias de la Embargo Act de 1807 fueron lo contrario de lo esperado. Estuvieron motivadas por la necesidad del presidente Jefferson de mostrar a la clase política americana que no se quedaba cruzado de manos ante los agravios británicos o franceses (meterse en guerra no estaba en la mente de nadie). Sin llegar a tan perverso resultado, sanciones como las impuestas tras la Primera Guerra Mundial (al margen del Tratado de Versalles) por la Liga de las Naciones no consiguieron evitar la invasión de Etiopía por Italia, en 1935, ni otros actos de beligerancia que condujeron a Europa a la Segunda Guerra. En 1956, Estados Unidos consiguió, quizás, el mayor éxito en materia de sanciones internacionales durante las décadas que duró la Guerra Fría. Contra tres de sus aliados, además. Con objeto de paralizar la invasión de Egipto por parte del Reino Unido, Francia e Israel durante la crisis del Canal de Suez, Estados Unidos impidió al Reino Unido la retirada de sus reservas en el Fondo Monetario Internacional, causando una crisis de la libra esterlina que se resolvió con la retirada de las tropas británicas. La hoja de resultados de las sanciones comprehensivas, sin embargo, está llena de fracasos. El embargo a Cuba, las sanciones al Régimen de Saddam Husein, o a la República Islámica de Irán, aunque estas últimas condujeran al tratado nuclear durante la presidencia de Barack Obama, son ejemplos de regímenes autoritarios adaptándose y sobreviviendo, del consiguiente sufrimiento de gran parte de las poblaciones sancionadas y, cosa curiosa, la penalización de aliados de Estados Unidos que no tenían por qué estar de acuerdo con la superpotencia. Quizás, entre las sanciones más irrisorias de que se tiene noticia, con la excepción de la Embargo Act de 1807, se encuentran los innumerables aranceles y otras medidas que el presidente Trump impuso a China en 2018. Moody’s Investor Service estima que tan solo ocho centavos de dólar fueron a costa de China. El 93% de los costes fueron sufridos por los importadores en Estados Unidos y pagados en última instancia por los consumidores.. Entre los éxitos de las sanciones específicas, cabe contar sucesivas aplicaciones de la Global Magnitsky Act. Entre estas, se encuentran las impuestas en 2017 y 2018 al milmillonario israelí Dan Gertler y a varias organizaciones controladas por él, con el propósito de forzar a Joseph Kabila, presidente de la República Democrática del Congo y buen amigo del israelí, para no presentarse a un tercer e inconstitucional tercer mandato presidencial. La amistad de Gertler con Kabila se fundamentaba en el lavado de capitales procedentes de la venta de activos mineros congoleños. Como consecuencia de estas y otras presiones, Kabila renunció a presentarse, facilitando la primera transferencia pacífica de poder en la RDC. Es importante destacar que, a diferencia de los antagonismos con aliados y el sufrimiento impuesto a las poblaciones de los países sometidos a sanciones comprehensivas, las sanciones enfocadas minimizan el daño colateral, tienden a preservar los intereses de los aliados y hasta recaban su colaboración decidida. Un segundo ejemplo del éxito de sanciones especificas fue el logrado en 2017 en Sudan del Sur, contra el entonces presidente Salva Kiir y su cuñado, para combatir el abuso de derechos humanos y la corrupción, y para forzar al presidente a formar un gobierno de unidad nacional. Como se alude al principio, las sanciones internacionales son un instrumento alternativo a la guerra, aunque no siempre la impidan, como fue el caso en el fiasco de Iraq (bien que mediado por la incapaz respuesta al atentado de septiembre de 2001). Por otra parte, la distinción entre sanciones generales y específicas no es tan clara como parece. Las sanciones específicas tienden a ser más efectivas cuando amplían su campo de acción al entorno de los individuos o agencias de interés. Y hay momentos en que los individuos y agencias de interés representan la totalidad de las instituciones de gobierno de un país. Hoy estamos en medio de esta realidad. Un solo individuo, Vladimir Putin, representa el poder del Estado ruso en mayor medida que otros poderosos individuos –generales y oligarcas– e instituciones –ejercito, sistema financiero, empresas energéticas– que componen dicho Estado. Las sanciones con que Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido y otros países se han enfrentado a la agresión de un número relativamente pequeño de individuos y agencias estatales rusas van a causar considerables problemas a los ciudadanos rusos y a los ciudadanos de los países sancionadores. En este caso, imperativos políticos y, destaquémoslo, morales han borrado la divisoria que en otro caso pudiera existir entre sanciones comprehensivas y específicas.

    The Mother of all Sanctions

    En poco más de un mes, Vladimir Putin ha forzado en el país soberano de Ucrania una tragedia inconcebible, creando mártires, héroes y una de las mayores crisis de refugiados dentro y fuera del país. La revulsión internacional –aunque China, India y otros, cada uno con sus razones y justificaciones, sean pescadores proverbiales en aguas revueltas– ha sido tal que ha puesto de manifiesto, como pocas veces en la historia, la dicotomía entre sanciones y guerra. Guerra directa, se entiende, entre la OTAN y Rusia.
    Con la misma celeridad, y en coordinación con un resurgente Estados Unidos, la Unión Europea ha encontrado un propósito del que parecía carecer, junto con Canadá, Australia Corea del Sur y Japón. Desde el bloqueo de los principales bancos rusos al sistema de pagos internacional (SWIFT), pasando por la congelación de las reservas rusas en dólares y euros fuera de Rusia y la retirada del mercado ruso de multitud de grandes empresas de estos países, hasta la decisión alemana de paralizar el funcionamiento del gaseoducto Nord Stream 2
    6, las sanciones impuestas al Régimen de Putin se han visto acompañadas por la ayuda militar material y logística a Ucrania, que va en aumento a medida que Rusia acumula pérdidas materiales y humanas. Y todo ello, con plena consciencia por parte de líderes, ya sea en el gobierno o fuera de él, de los costes a que los países sancionadores se enfrentan en el corto y largo plazo. A lo cual se une la incertidumbre y consiguientes riesgos que para todo el mundo representan las repercusiones de lo sucedido desde el 24 de febrero pasado. Las repercusiones en las economías de la Unión Europea empiezan ya a sentirse. Alemania parece estar dispuesta a soportar los costes de rectificar décadas de una política energética que ha puesto al país a merced de la voluntad rusa, encarnada en Vladimir Putin; cabe decir lo mismo del resto de Europa. El Reino Unido está rectificando su política de complacencia con los miles de millones de libras que los oligarcas rusos vienen blanqueando desde hace años a través de sus instituciones políticas y financieras. El propio Reino Unido y otros países europeos han descubierto que su afición a vender «visados de oro» atrae a compradores con abultadas y sospechosas carteras. En fin, los costes de la energía se están disparando y creando dificultades a millones y millones de ciudadanos… y votantes. A medio y largo plazo, el suministro de fertilizantes, grano y otras materias primas sufrirá con consecuencias imprevisibles. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Europa no ha atravesado por una crisis como la causada por el líder de un país en decadencia, al menos como primera potencia, si es que lo fue en algún momento. El centro de atención es, sin duda, el fin de la invasión rusa y la ayuda incondicional a la recuperación de Ucrania. Al mismo tiempo, es también de gran importancia la administración, lo más prudente posible, de las sanciones impuestas y por imponer al totalitarismo ruso. Hay que considerar también, ¿por qué no?, la oportunidad de crear un sistema energético y de comercio global menos dependiente de las personalidades totalitarias. La escuela del «realismo» en relaciones internacionales, uno de cuyos exponentes, en mi opinión más inteligentes, es Stephen Walt, nos advierte de las consecuencias indeseadas de exportar democracia a regímenes totalitarios, ya sea por medio de la diplomacia, las sanciones internacionales o la guerra8. Desde el pasado 24 de febrero, parece haber un santo temor a no cometer los errores de 2003 en Iraq. Los líderes americanos y europeos, sobre todo, tienen hoy una responsabilidad que han de compartir, pues es demasiado grande para ellos solos, con sus conciudadanos, exigiéndose a todos, cada cual a su nivel de responsabilidad, que la ejerciten con aplomo y sabiduría. No exportar democracia sin ton ni son, no significa necesariamente, pasar por alto abominaciones”  Miguel Ángel  Herce

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