• Andriy Futey: ¿Por qué importa tanto  Ucrania? https://www.revistaideele.com/2022/02/24/por-que-importa-ucrania/

    Alicia Alamillos: El Kremlin todavía necesita una victoria en la guerra de Ucrania: ¿qué puede saciar a Putin?. Los expertos apuntan a tres escenarios probables en la guerra de Ucrania: ocupación total, división del país o salida negociada. Y todos plantean problemas para Rusia

    https://www.elconfidencial.com/mundo/2022-03-12/guerra-rusia-ucrania-que-puede-saciar-a-putin-final-invasion_3388504/

    Caixabank.es: Efectos económicos del conflicto Rusia-Ucrania

    https://blog.caixabank.es/blogcaixabank/efectos-economicos-del-conflicto-rusia-ucrania/

    Fernando Pastor: El carácter global que ha alcanzado el conflicto bélico de Ucrania ha dado un vuelco a una situación geopolítica mundial en la que, de la noche a la mañana, todo conduce a un nuevo equilibrio entre bloques marcados por sus tres poderes: las reservas estratégicas de gas y de petróleo, el arsenal nuclear que puedan desplegar y la capacidad de ‘soft power’ ideológico que sean capaces de propagar.

    https://www.lainformacion.com/especiales/putin-nuevo-eje-del-mal-china/

    Algunos aspectos de la invasión de Rusia a Ucrania a la luz de la Teoría de Juegos Con la Teoría de Juegos en la mano se pueden decir unas cuantas cosas sobre cómo jugar al tenis o al fútbol. Esto no merma el interés de tener una teoría que explique su porqué ni impide que la teoría sirva para que el no profesional entienda mejor algún aspecto del juego. Con esta cláusula de descargo intentaré dar luz a algunos aspectos de la invasión de Rusia a Ucrania. No hablaré de los económicos (aquí lo hacen Antonia Díaz y Luis Puch) ni de las causas generales de las guerras (aquí nos habla de ello Santiago Sánchez-Pagés), ni de la estrategia nuclear (aquí una idea de lo que se hacía en la Guerra Fría), sino de las líneas rojas, las creencias compartidas y las negociaciones. Son líneas que una parte no está dispuesta a que se sobrepasen so pena de escalar la guerra todavía más. Para que sean creíbles y funcionen como advertencia, debe ser una disposición real y objetiva. Todo el mundo debe entender que, al traspasar la línea, en la consideración de costes y beneficios la escalada es una reacción racional. En esta invasión hay, por lo menos, un par de líneas claras: (i) un enfrentamiento directo entre tropas de un tercer país y de Rusia y (ii) la declaración de una zona de exclusión aérea sobre Ucrania. Ambas partes están de acuerdo en esto y así se ha reconocido en numerosas declaraciones (aquí y aquí). Además de estas líneas rojas, en los últimos días, Putin ha querido incluir algunas más: (iii) la entrada de Finlandia o Suecia en la OTAN, (iv) las sanciones económicas excesivas y (v) permitir a Ucrania usar bases aéreas en terceros países. No tengo todos los datos para reproducir el análisis coste-beneficio para Rusia (o, tal vez mejor dicho, para Putin) de todo esto, pero sospecho que (iii) y (iv) son un farol y que (v) muy probablemente también. Inventarse líneas rojas puede estar muy bien si lo que quieres es una excusa para llevar a cabo una acción que ya tenías pensado hacer, pero no para hacer cosas que no quieres. Hoy por hoy, está claro que a Rusia no le conviene abrir otros frentes a no ser que sea absolutamente necesario (líneas rojas (i) y (ii)). Putin podría decir que enviar armas a Ucrania es también una línea roja, pero obviamente nadie le iba a hacer caso. Lo anterior nos lleva a una cuestión importante. Si las amenazas ante la posibilidad de que Finlandia o Suecia entren en la OTAN o ante la severidad de las sanciones económicas no son creíbles, ¿por qué se realizan? Hay muchas posibles respuestas. Destacaría las siguientes.

    (i) La premisa es falsa y las amenazas sí son creíbles.

    (ii) Putin piensa que hay alguna probabilidad de que se las crean. O por lo menos de que las crean una parte de la población de la UE y países afines y que esto suponga un freno a la oposición a Rusia por parte de los gobernantes.

    (iii) Putin ha perdido la medida de la proporción.

    (iv) Putin pretende aparentar cierta irracionalidad.

    En contra de (i)juega la manera ambigua en que se han producido las amenazas y la rapidez con que se han desdeñado por parte de los amenazados. De ser cierta la respuesta (ii),Putin estaría arriesgándose a una pérdida de credibilidad grande si finalmente esos países acaban incorporándose a la OTAN, las sanciones se recrudecen y Putin no ataca a ningún país. Como he dicho antes, la amenaza ante el uso de bases aéreas en terceros países puede tener más credibilidad, aunque personalmente no lo creo. Es posible que Putin esté sobrepasado por los acontecimientos y no tenga clara la manera de reaccionar, dando lugar a la explicación (iii).La clave en este caso es si, aunque ahora Putin se crea que cumplirá las amenazas, cuando llegue el momento querrá o podrá cumplirlas. Desconozco cuánto poder tienen sus generales a la hora de convencer a Putin de la conveniencia o no de determinadas acciones. En cuanto a (iv),aparentar irracionalidad (y tener o aparentar poder) puede ser una buena estrategia si convences de ello al oponente. “Estoy loco y atacaré con todo aunque sea un suicidio”, puede estar queriendo decir, “tú ganarás, pero te habrá costado mucho y preferirás no haberme provocado” (aquí). En sus últimas intervenciones, Putin se ha presentado muy premeditadamente como un nacionalista fanático, apelando a hechos históricos de hace mil años, a las decisiones de Lenin, a la inexistencia de la nación ucraniana y a sus convicciones personales sobre lo que es un único pueblo. A ello se añaden otras declaraciones completamente absurdas acerca de programas ucranianos para desarrollar armamento nuclear y biológico. Todo esto se puede entender como parte de desarrollar una narrativa para que todo nacionalista ruso pueda también justificarse, pero también como un toque de atención a la UE y la OTAN de que empiezan a importar más los sentimientos irracionales que la conveniencia estratégica. Finalmente, la insistencia de Putin en aparecer solo y distanciado está mostrando que tiene el control directo del país, negando la posibilidad de ser influenciado o silenciado por ningún grupo de presión político, económico o militar. Tras algunas dudas, finalmente España ha aceptado enviar armas Ucrania. No sé si la cantidad de armas que están enviando los distintos países incrementa de manera significativa las opciones de Ucrania. Aquí me centraré en analizar los argumentos esgrimidos por algunos grupos políticos y de opinión sobre la conveniencia de mantener las negociaciones diplomáticas y de no enviar armas a Ucrania. Entiendo que la negociación será para encontrar una salida a la invasión. ¿Qué cosas se pueden negociar? Entre ellas, si Ucrania puede ingresar en la UE o en la OTAN, si se reconoce la anexión a Rusia de parte del territorio ucraniano y si Ucrania puede mantener una democracia o será un régimen títere al modo bielorruso. Las armas de la negociación serían la amenaza de aislar políticamente a Rusia, de endurecer las sanciones económicas por parte de la UE y de la OTAN y países afines y la consumación de la invasión por parte de Rusia. No entro en la posible escalada nuclear, improbable si no se ataca directamente a Rusia. Tampoco entro en lo que pueda hacer Rusia en otros países en el futuro y me centraré solo en las consecuencias para Ucrania. Toda negociación tiene varias reglas de oro bien estudiadas. Veamos cómo influyen:

     Primera regla: identificar el punto de desacuerdo, es decir, la situación que prevalecerá en caso de que la negociación fracase. Cuanto peor sea su posición en este punto para una de las partes, más cederá en la negociación y viceversa, cuando mejor sea, menos cederá. Una Ucrania con menos posibilidades de defenderse implica una victoria más fácil para Rusia, que podrá hacer lo que quiera con el país. Este sería el punto de desacuerdo, con toda la ventaja para Rusia.

    Segunda regla: la parte más impaciente será también la más perjudicada en la negociación. Con armas, la defensa de Ucrania puede durar mucho. Sin ellas, no podrá negociar con un horizonte temporal que le dé una mínima tranquilidad. De nuevo, toda la ventaja sería para Rusia.

     Tercera regla: la parte con más aversión al riesgo negocia peor. Con poco armamento, la decisión de dónde emplearlo es una decisión de mucho riesgo y perder una batalla es perder la guerra. Con más armamento, se puede diversificar su uso. En este caso se puede continuar la defensa aun perdiendo algunas batallas. Quienes piden negociar sin dar armas a Ucrania están, de facto, favoreciendo la posición negociadora de Putin. Nada de lo anterior elimina la conveniencia de desescalar conflictos siempre que se pueda. La negociación o la interposición de una fuerza neutral entre dos países en guerra tiene sentido cuando se puede limitar el armamento de ambas partes o cuando eres superior a ellos para imponer este tipo de acuerdos por la fuerza. Nada de esto es el caso.

    Además del status de Ucrania está en juego la vida de muchas personas si se alarga el conflicto. Si bien con armas podrá negociar una salida más ventajosa, será a costa de aumentar el número de muertos. ¿Merece la pena? Cada cual sopesará las cosas según sus preferencias morales, pero si hablamos de lo que conviene a Ucrania serán los ucranianos quienes tengan que decidir si aceptan un aumento de la probabilidad de morir en la defensa de su país a cambio de tener un país más libre. Las noticias que nos llegan de ese país, aquellas a las que podemos dar credibilidad, parecen decirnos que, en términos generales, a la mayoría de la población sí le merece la pena. Por lo menos a día de hoy. Mientras pueden defenderseJosé Luis Ferreira

     “El riesgo de implosión de la economía rusa es cada vez más evidente. Escribo estas líneas teniendo como música de fondo el Russian Album de Anna Netrebko y Valery Gergiev, dos apestados por el bloqueo que Occidente ha decretado sobre la cultura, la música y el deporte rusos como parte de la respuesta a la insensata guerra que Putin ha desencadenado para conquistar Ucrania. Espero que esta música maravillosa me inspire para escribir las líneas que siguen. Empiezo por algunos datos muy básicos. Rusia tiene, al tiempo de escribir estas líneas, un Producto Interior Bruto (PIB) muy similar al de España. Pero tiene 144 millones de habitantes mientras que España tiene sólo 44 millones. Eso quiere decir que, en comparación con los españoles, la inmensa mayoría de los rusos son más pobres que las ratas. Pero las cosas les van a ir muchísimo peor. El banco de inversión JP Morgan calcula que en el segundo trimestre del año en curso el PIB de Rusia se desplomará un 35%. Sí, repito, ¡un 35%! Si acaba ocurriendo un colapso semejante –cosa que a mí me parece muy probable- se generará una hambruna y el pueblo ruso, por el que siento la mayor de las simpatías, lo pasará realmente mal. Y el PIB de Rusia, que a principios de año era muy similar al de España, puede acabar 2022 siendo similar o inferior al de la Comunidad de Madrid. ¿A qué se debe esta horrible situación? Intento a continuación simplificar al máximo las complejidades técnicas de la respuesta a esta pregunta. El rublo, la moneda rusa, no tiene ningún valor fuera de Rusia. Vale cero porque nadie en el extranjero quiere comprar rublos. Pero ese no es el principal problema. El principal problema es que el rublo también vale cero en Rusia. Y esto ocurre por las mismas razones que en el extranjero: nadie en Rusia quiere rublos, incluyendo a los que inútilmente hacen cola ante los cajeros automáticos para intentar sacarlos. Tradicionalmente las transacciones entre las grandes empresas rusas se han hecho en dólares y va a ser muy difícil conseguir que las hagan en rublos, aunque la ley les acabe obligando. Antes se moverán a una economía de trueque. Lo mismo ocurrirá entre particulares.Muchos economistas se preguntan que, dado que el banco central ruso tiene reservas en moneda extranjera por valor de más de 643 mil millones de dólares (cerca del 50% del PIB ruso) –según publicó Michael Bernstam en el Financial Times del 26 de febrero pasado-, cómo es que no han movilizado estas reservas para apuntalar el rublo tanto en el exterior como en el interior de Rusia. Este es el quid de la cuestión: ¿por qué no lo han hecho?. La respuesta es sencilla, aunque no es fácil de explicar: no lo han hecho porque no pueden. Y no pueden debido a las sanciones impuestas por las potencias occidentales en respuesta a la invasión de Ucrania. La sanción que tiene consecuencias más terribles es la expulsión de Rusia del sistema de pagos interbancarios conocido como SWIFT. Este sistema está basado en anotaciones en cuenta electrónicas y es esencial para que los bancos centrales puedan comunicarse entre sí. Para Rusia estar fuera de SWIFT tiene dos consecuencias inmediatas. Por una parte, sigue siendo propietaria de sus reservas depositadas en otros bancos centrales, es decir, no ha sido expropiada. Pero, por otra parte, estas reservas están inmovilizadas porque no puede operar con ellas. Es como tener un coche con las ruedas pinchadas. Sigue siendo tu coche, pero no puede llevarte a ninguna parte. Puede aducirse, como señala Bernstam, que las reservas inmovilizadas por no tener acceso a SWIFT son sólo el 60% de las reservas rusas y que el banco central ruso tiene 135 mil millones de dólares en oro en su caja fuerte, junto con 84 mil millones de dólares en valores chinos y 30 mil millones en efectivo en dólares y euros. Pero esto es poco consuelo porque no puede vender el oro para obtener dólares porque las potencias occidentales también han prohibido este tipo de operaciones. Además China no ha demostrado ningún entusiasmo por recomprar sus activos aunque sea con fuertes descuentos. Todo esto deja reducido el margen de maniobra ruso a los 30 mil millones que el banco central tiene en efectivo en moneda extranjera, que es una cantidad claramente insuficiente para prevenir y evitar el riesgo de implosión que se cierne sobre la economía rusa. ¿Sabe Vladimir Putin todo esto? Obviamente no lo sabía antes de invadir Ucrania, porque las sanciones occidentales son consecuencia de la invasión pero, aunque siempre es arriesgado darle malas noticias a un dictador, quizá alguien lo haya hecho. Quizás se lo haya dicho Elvira Nabiullina, gobernadora del banco central ruso, con fama de ser muy competente y seguidora y amiga del dictador. No puede haber sido Anna Netrebko porque, a pesar de ser también una fanática de Putin, no puede tener ni idea de qué puede ir todo esto. Pero en cualquier caso, aunque nadie le haya dicho nada a Putin, alguien se lo va a acabar diciendo. La pregunta es, entonces, ¿qué va a hacer Putin cuando se entere de cuál es la verdadera situación de Rusia, si es que no se ha enterado ya?Pues Putin no tiene muchas alternativas. Por una parte, parece militarmente atorado en Ucrania. Esto puede lograr superarlo, pero le va a llevar más tiempo del que pensaba. Por la otra el riesgo de implosión de la economía rusa es cada vez más evidente. En otras palabras, Putin está perdiendo la guerra. En mi opinión, lo más probable es que Putin vuelva a elevar el tono con más amenazas de guerra nuclear si no se retiran inmediatamente las sanciones para que Rusia pueda recurrir a la totalidad de sus reservas para estabilizar su economía. ¿Qué hará entonces Occidente? ¿Dejar a Rusia volver a SWIFT? ¿Decir que Rusia va de farol? ¿O intentar abrir un período de negociaciones en el que se limiten las ambiciones rusas en Ucrania a cambio de darle más disponibilidad sobre sus reservas? A mí me parece preferible esta última opción pero ¿será posible?” César Molinas

     “Putin: hegemonía y dominación  Si vamos a utilizar el concepto de hegemonía en lenguaje político no podemos hacerlo sin nombrar a Antonio Gramsci. Es su concepto central, el eje donde articula toda su concepción de la política. La hegemonía, en sentido gramsciano, no puede a su vez ser explicada sin utilizarse la palabra “consenso” el que, para serlo, tiene que surgir de las diferencias. No puede haber hegemonía sin diferencias y eso es lo que enlaza al concepto de hegemonía con la política.

    1.

    La política es lucha por el poder. En ese punto tuvieron razón, cada uno por su lado, Max Weber y Carl Schmitt. Pero a los dos les faltó agregar las dos palabras claves: poder hegemónico. Sin apelación a lo hegemónico, la lucha por el poder deja de ser política. Mucho más cerca de Gramsci que de los dos autores citados, Hannah Arendt hizo la diferencia entre poder -un concepto para ella político- y violencia -un concepto anti-político-. Según Arendt, allí donde impera la violencia no hay lucha por el poder. El uso de la violencia -e inevitablemente estamos pensando en el ser más violento de nuestra era: Vladimir Putin– supone la negación de la política. Expresado en vocablos gramscianos, en la lucha por el poder prima una lucha hegemónica entre la política y la violencia. Allí donde reina la violencia, desaparece la política. Así lo subrayó Arendt. De lo que se trata, según Gramsci, es oponer el poder de la política por sobre el poder de la violencia. Razón que llevo a Ernesto Laclau a disertar sobre el carácter impuro (difuso, opaco) de la hegemonía. Para ser hegemónica, o dirigente, la política necesita ser orquestada, y su musicalidad ha de surgir de diversos instrumentos. Sin heterogeneidad y antagonismo, no hay política. La democracia, mirada desde esa perspectiva, es el campo de encuentro y confrontación entre diversas demandas, intereses e ideales, y para que tenga lugar, precisa de instituciones, entre ellas las de los representantes y las de los representados. Quiere decir: La política, aún sin parlamentos, debe ser parlamentada (hablada, discurseada, gramatizada). Fue así como Gramsci nos llevó a pensar sobre la diferencia entre clase dirigente y clase dominante. La política democrática sería la lucha por obtener la dirigencia (hegemonía) y no la dominación. La primera es el objetivo de lo político, lo segundo, de lo militar.

    2.

    La lucha social, entendida por Gramsci, no es una confrontación brutal sino, sobre todo, una lucha cultural. Sin hegemonía cultural no puede haber hegemonía política, así puede ser resumido su dictamen. No obstante, como no vivió en la era de la globalidad, sus referencias solo apuntaban a las políticas internas de cada nación. Fue un politólogo y político norteamericano, Joseph Nye jr., asesor de Clinton y Obama, quien intentaría de modo explícito extender el concepto gramsciano de hegemonía hacia el plano de las confrontaciones internacionales. 

    Nye desarrolló su conocida teoría del “poder blando”, en contraposición al poder “duro” basado en la dominación militar. De más está quizás decir que los escritos de Nye fueron alertas y después consecuencias de las atrocidades militares y anti-políticas cometidas por Bush jr., sobre todo en Irak. Gracias a Bush jr. EE UU perdió un enorme poder hegemónico (disuasivo) en extensas áreas del globo. Hoy intenta recuperarlo, a duras penas, Joe Biden.

    En su libro mas popular The future of Power” (2011) Joseph Nye postula que el poder blando (o hegemónico) es un instrumento complicado: primero, muchos de sus recursos vitales están fuera del control de los gobiernos y, segundo, tiende a “trabajar indirectamente formando el entorno para la política, y algunas veces toma años para producir resultados esperados”. El libro identifica tres amplias categorías de poder blando: “cultura”, “valores” y “políticas”. Atendiendo al primer punto, el de la cultura, Nye contradice a Samuel Huntington quien ve entre las culturas solo un choque o colisión. Según Nye, la lucha cultural –ahí recurre a Gramsci– se da por medio de la persuasión, del argumento, y del convencimiento.  Como Gramsci, Nye intenta devolver la política internacional a su concepción griega originaria: el antagonismo verbal, ya no en la plaza pública sino en el espacio de la polis global, virtual y real a la vez. La política debe ser convincente, si no para todos, para la mayoría. En ese sentido, las 141 naciones que en la ONU condenaron la agresión a Ucrania infligieron a Putin una de las más estruendosas derrotas políticas que haya experimentado gobernante alguno en toda la historia de la política internacional. Derrota política que no ha menguado la furia del déspota sobre el martirizado pueblo ucraniano. Más bien parece haberla incentivado. Esa es la razón por la que se ha escrito tantas veces que no pese, sino gracias a la probable victoria militar que logrará Putin en Ucrania, solo obtendrá una derrota moral, cultural y política cuyas enormes consecuencias son todavía difíciles de mencionar.  No sería esa por cierto la primera vez que una victoria de la dominación por sobre la hegemonía se traduce en una fuerte derrota política. En las guerras de Esparta contra Atenas, Esparta aniquiló a Atenas. Pero, ¿quién habla de Esparta hoy día? Las ideas de Atenas, en cambio, iluminan el horizonte cultural de todos los tiempos.  Joseph Nye, descubrió donde reside la principal fuerza de Occidente: en su capacidad de hegemonizar. Lo prueban las mismas oleadas migratorias que avanzan hacia Europa. ¿Cuál emigrante quiere irse a Rusia? Naturalmente, a la gran mayoría los guía la posibilidad de prosperar, pero entre hacerlo con libertad o sin ella, eligen lo primero. Occidente sigue siendo, quiera o no, un faro luminoso que atrae a jóvenes musulmanes, chinos, rusos y de otras latitudes. Por eso Occidente es un peligro para las autocracias y las dictaduras. Como también lo fue Alemania Occidental para Alemania Oriental. Como era y es la democrática y próspera Ucrania, frente a la militarizada y despótica Rusia.

    3. 

    China o Rusia no temen a la economía, ni siquiera a los ejércitos de Occidente, pero sí temen a la promesa de libertad que ofrece Occidente. A ese Occidente que en términos políticos no es un punto geográfico sino el significante que vincula a todas las naciones en donde impera la pluralidad política, la libertad de pensamiento, la división de los poderes públicos, y el estado de derecho. En breve: la democracia.  La democracia, para criminales como Putin –en eso concuerda con las tendencias más fundamentalistas del Islam- es obscena. En ese punto, fiel creyente del cristianismo más conservador, el de la iglesia ortodoxa rusa, Putin ha iniciado una cruzada antidemocrática en contra de Occidente. Ucrania debe ser castigada por su occidentalidad, o lo que es igual, por no querer ser rusa sino por querer ser occidental. Putin ha llegado a convertirse en el portaestandarte de la contrarrevolución antidemocrática de nuestro tiempo. Pudo incluso haberse convertido en el núcleo hegemónico de esa contrarrevolución. Pero ya ni eso puede ser. Pues Putin, al recurrir a la violencia sin política en contra del pueblo ucraniano, ha renunciado a ejercer hegemonía, aún entre los países que lo siguen. Entre la hegemonía y la dominación, eligió definitivamente la dominación. La particularidad de la dominación putinista había sido, antes de la guerra a Ucrania, la de un poder híbrido. Por cierto, Putin falsificaba resultados electorales, perseguía o asesinaba a disidentes, prohibía partidos, y a pesar de eso, conservaba algunas formas de una república democrática. Pero la guerra emprendida en contra del pueblo ucraniano, ha determinado la derrota política de Putin.  La violencia hacia afuera no ha tardado en convertirse en violencia hacia dentro. Las cárceles de Rusia están llenas de presos políticos. Ya no existe libertad ni de opinión ni de prensa. Hay palabras como “guerra” o “invasión” que han sido proscritas. En Rusia hubo un autogolpe de estado y nadie lo quiere decir.  La imposibilidad de ejercer hegemonía hacia el exterior ha invalidado el poder hegemónico de Putin hacia el interior. Antes de la invasión a Ucrania, el dilema de Rusia era el de ser una autocracia o una democracia. Después de la invasión el dilema ruso es: o caer bajo una dictadura militar o bajo una dominación totalitaria. Lo más probable es que sea más lo primero que lo segundo. En tiempos digitales será muy difícil ejercer el control total sobre las mentes como en la Rusia de Stalin. Ni siquiera Putin cuenta con una ideología integrista como fue el marxismo leninismo. Sus mentores ideológicos, como ayer Iván Ilyín y hoy Aleksandr Dugin, son defensores de un eslavismo atávico, racista, patriarcal y decimonónico que a nadie, excluyendo a fascistas (o putinistas, hoy son lo mismo) atrae en Occidente. En fin, todo indica que solo una nueva revolución democrática podría salvar a la Rusia de Putin. Pero esa alternativa es por ahora un deseo. No hablemos más de ella.  Lo que sí interesa remarcar es que la invasión de Putin a Ucrania ha marcado con líneas profundas los tres poderes geopolíticos que determinarán la historia del siglo XXl. China, como representante del poder económico tecnológico y militar. Rusia, como un poder militar. Occidente, como un poder político hegemónico que no renuncia a lo militar. La constante entre esos tres poderes es “lo militar”. No sabemos si ya estamos dentro de la tercera guerra mundial, como afirma Noam Chomsky. Hasta el momento Rusia ha perdido la guerra política frente a Occidente y Putin, con una bomba atómica en cada mano, intenta vencer, mediante chantaje, en la guerra militar. Occidente, bajo esas condiciones, no puede renunciar, más aún, debe incrementar la atracción de su poder hegemónico. Pero este, por muy importante y decisivo que sea, no puede excluir su defensa militar. Las atenas de hoy no deben dejase avasallar por las espartas que lo acosan. La hegemonía que propusieron ayer Gramsci y ahora Nye, debe ser también defendida con armas. La frase de Unamuno, “venceréis pero no convenceréis” no sirve en medio de la guerra que Putin ha declarado a Occidente con su invasión a Ucrania. Hoy no se trata solo de con-vencer sino de vencer.

    Expliquémoslo: Hemos dicho que hay dos tipos de lucha, la lucha por la hegemonía y la lucha por la dominación. En Occidente prima la primera. Pero eso no impide que en la lucha en contra de potencias anti-democráticas, sobre todo frente a un sanguinario ultranacionalista como Putin, un canalla que excluye los medios políticos de lucha, no hay que defenderse en contra de la dominación. Todo lo contrario. Como dice el Eclesiastés (3.8) “hay un tiempo para la paz, y hay un tiempo para la guerra”. Lo importante es no confundir los tiempos. Hoy vivimos en tiempos de guerra.

    4. 

    La democracia liberal no puede ser liberal con sus enemigos cuando estos, como Putin, se han convertido en enemigos existenciales. Para vencer cuenta Occidente, además del militar, con un poder económico que Putin no tiene y con un poder político hegemónico que nunca tendrá. Ahora bien, debido al predominio de lo político por sobre lo anti-político, Occidente está en condiciones de concordar ocasionalmente con naciones no democráticas. Y es evidente que ahora hablamos de China, propietaria de un inmenso poder económico y militar, pero con una baja intensidad hegemónica y/o política.La concordancia puntual entre Occidente y China es una alternativa que no puede ser perdida de vista. Tanto China como Occidente tienen mucho que perder en una tercera guerra mundial. Nunca seremos aliados perpetuos de China, con eso hay que contar, y es bueno que así sea. Pero el arte político, que los chinos también conocen a escala internacional, podría y debería llevar a Putin al total aislamiento mundial. Por el bien de la hoy inmolada Ucrania. Por el bien de China y Occidente. Por el bien de la misma Rusia. Y sobre todo, por el bien de todos los habitantes de esta tierra.  Para decirlo de modo gramsciano, se trata de asegurar la hegemonía de la paz política por sobre la de la guerra, sin que esta última desaparezca como posibilidad. La guerra –la frase de Clausewitz está todavía vigente- es la continuación (pero también el origen) de la política bajo otras formas. Pero lo es en el mismo sentido como la muerte es la continuación de la vida bajo otras formas. Y este mundo, no debemos olvidarlo, pertenece a los vivosFernando Mires

    https://polisfmires.blogspot.com/2022/03/fernando-mires-putin-hegemonia-y.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email

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