• El balance global de enfermos por la pandemia  del COVID-19  supera ya los 26,6  millones, de los cuales más den 876  .000 han perdido la vida desde que se detectaron los primeros positivos en 2019 en la ciudad china de Wuhan

     

    https://www.rtve.es/noticias/20200905/mapa-mundial-del-coronavirus/1998143.shtml

    Sanofi asegura que su vacuna contra el Covid-19 costará menos de 10 euros .La farmacéutica  ya ha firmado acuerdos con Estados Unidos, Reino Unido y varios Estados europeos más. «Habrá 300 millones de dosis para Europa y 100 millones para Estados Unidos

    https://www.diarioabierto.es/518240/sanofi-asegura-que-su-vacuna-contra-el-covid-19-costara-menos-de-10-euros

    Kenneth Rogoff: La epidemia de incertidumbre

    https://prodavinci.com/la-pandemia-de-incertidumbre-1/

    Los próximos meses nos dirán mucho respecto de la forma de la futura recuperación global. Pese a la ebullición de las bolsas, subsiste una incertidumbre generalizada en torno de la COVID 19. De modo que cualquiera sea el curso de la pandemia, es probable que lo hecho hasta ahora en la lucha contra el virus siga afectando el crecimiento, el empleo y la política por mucho tiempo.Comencemos por (tal vez) la mejor parte. En un escenario optimista, de aquí a fin de año se habrán aprobado al menos dos vacunas de primera generación contra la COVID 19; y gracias a un extraordinario apoyo regulatorio y financiero de los gobiernos, entran en fase de producción incluso antes de que terminen los ensayos clínicos con sujetos humanos. Dando por sentada su eficacia, las firmas biotecnológicas tendrán unos 200 millones de dosis listas a fines de 2020, e irán camino de producir miles de millones más. Pero la distribución será una vasta empresa, en parte porque habrá que convencer a la población de que una vacuna surgida de un desarrollo acelerado es segura.Con suerte, los ciudadanos de los países ricos que quieran vacunarse habrán podido hacerlo antes de que termine 2021 (momento en el cual ya casi todos habrán sido vacunados en China). Un par de años después la vacuna habrá llegado al grueso de la población mundial, incluidas las economías emergentes y en desarrollo.Es un escenario creíble, pero su concreción no está garantizada. Podría ocurrir que el coronavirus oponga más resistencia que la esperada, y que las vacunas de primera generación sólo sean eficaces por un breve período o tengan efectos secundarios de una gravedad imprevista.Incluso en ese caso, una mejora de los protocolos de testeo, el desarrollo de tratamientos antivirales más eficaces y un mayor respeto de la población y (ojalá) de los políticos a las recomendaciones sanitarias llevarían a una normalización gradual de las condiciones económicas. Cabe recordar que la horrible pandemia de gripe de 1918-20 (que mató al menos a 50 millones de personas en todo el mundo, muchas de ellas en una letal segunda ola como la que hoy se teme con la COVID 19) terminó cediendo y desapareció sin ninguna vacuna.Pero en un escenario más pesimista, puede ocurrir que antes del final de esta crisis se produzca otra (un marcado agravamiento de las fricciones comerciales entre Estados Unidos y China, un ataque ciberterrorista o una ciberguerra, una catástrofe natural relacionada con el clima o un terremoto de alto poder). Además, incluso el escenario optimista no implica necesariamente un regreso rápido a los niveles de ingreso de finales de 2019. Tal vez se necesiten años para que la expansión pospandemia (si es que la hay) se corresponda con la definición moderna de «recuperación» después de una recesión profunda (un retorno al ingreso per cápita inicial).La pandemia puso de manifiesto el enorme problema de la desigualdad en las economías avanzadas, pero la peor parte se la están llevando los países pobres. Es probable que muchos mercados emergentes y economías en desarrollo se pasen años luchando contra la COVID 19, con la posibilidad real de una década perdida para el desarrollo. Al fin y al cabo, pocos gobiernos tienen una capacidad similar a la de Estados Unidos, Europa y Japón para proveer apoyo fiscal de emergencia. Es probable que recesiones prolongadas en los países de bajos ingresos lleven a una epidemia de crisis de deuda e inflación.Pero las economías avanzadas no están exentas de sufrir efectos duraderos. Puede que las empresas se vuelvan reacias a invertir y contratar personal, por temor a un retroceso sanitario o a otra pandemia (por no hablar de la inmensa volatilidad política amplificada por la crisis).Dejando a un lado la posibilidad de que las economías avanzadas experimenten una recuperación inicial del gasto derivada del consumo postergado, a más largo plazo es de prever un aumento del ahorro privado. En un interesante artículo presentado en el reciente Simposio Económico de Jackson Hole, Julian Kozlowski, Laura Veldkamp y Venky Venkateswaran sostienen que para la economía estadounidense, la acumulación de costos a largo plazo de la pandemia superará con creces los efectos a corto plazo (en parte por un aumento duradero de intranquilidad entre la población).Además del impacto directo sobre la inversión y el empleo, la COVID 19 tendrá efectos más duraderos sobre la productividad. Cuando la pandemia haya terminado, una generación de niños, en particular los de familias de menores ingresos, habrá perdido en la práctica un año de escolarización. Y los adultos jóvenes en busca del primer trabajo en un mercado laboral todavía moribundo pueden anticipar una reducción de sus ganancias futuras.Pero no todo es negativo. Pese a que la pandemia provocó en muchas ciudades una enorme desvalorización de los locales comerciales, también puede generar una inmensa ola de construcciones e inversiones en áreas suburbanas y en ciudades pequeñas y medianas deprimidas. En general, empresas que antes eran renuentes a permitir el teletrabajo hoy reconocen su practicidad y sus muchos beneficios. Y aunque no debemos hacernos falsas expectativas, tal vez la pandemia aliente a los gobiernos a buscar modos de proveer Internet de banda ancha universal y mejorar el acceso de los niños desfavorecidos a computadoras personales.La economía global está en una encrucijada. La tarea más importante para las autoridades es tratar de reducir la enorme incertidumbre subsistente y seguir dando ayuda de emergencia a las personas y sectores económicos más afectados. Pero es probable que la inseguridad generada por la COVID 19 siga afectando a la economía global incluso mucho después de haber superado lo peor”

    Carlos Montero:Y si el virus gana

    http://lacartadelabolsa.com/leer/articulo/y_si_el_virus_gana

    “ Una segunda ola del coronavirus está en camino. Cuando llegue, nos faltará la voluntad para enfrentarlo. A pesar de todos los sacrificios de los últimos meses, es probable que el virus gane, o tal vez sería más exacto decir que ya lo ha hecho”, así iniciaba Yascha Mounk, un interesante artículo en The Atlantic, hace unos días. Mounk alerta sobre la insensatez de reabrir la economía de EE.UU. Cuando la epidemia está lejos de controlarse, y lo que es más interesante, da las medidas que actualmente se están haciendo de manera equivocada, y que en el futuro se aducirán como explicaciones de por qué ha ganado el virus en el país más poderoso del planeta. Veamos esos motivos: En términos absolutos, Estados Unidos se ha visto más afectado que cualquier otro país. Alrededor de una cuarta parte de las muertes en todo el mundo se han registrado en estas costas. Y aunque el virus ya no crece a un ritmo exponencial, la amenaza que representa sigue siendo significativa: según un modelo de pronóstico de Morgan Stanley, el número de casos estadounidenses, si se mantienen las tendencias actuales, se duplicará aproximadamente en los próximos dos meses. Pero ni el impacto de las protestas masivas sobre la brutalidad policial, ni el efecto de la reciente reapertura de gran parte del país, incluidos los casinos en Las Vegas, se reflejan en las últimas cifras. Puede llevar al menos 10 días para que las personas desarrollen síntomas y busquen una prueba, y para que los resultados sean agregados y difundidos por las autoridades de salud pública. Aun así, la enfermedad comienza a retroceder lentamente de la atención del público. Después de meses de cobertura mediática dominante, el COVID-19 ha desaparecido en gran parte de las portadas de la mayoría de los periódicos nacionales. En encuestas recientes, el número de personas que están a favor de «reabrir la economía lo antes posible» en lugar de «quedarse en casa el tiempo que sea necesario» ha aumentado. Por lo tanto, tal vez no sea sorprendente que incluso los estados donde el número de nuevas infecciones se encuentra en su punto más alto continúen adelante con los planes para levantar muchas restricciones a las empresas y las reuniones masivas. Cuando la primera ola de COVID-19 amenazaba con abrumar al sistema médico, en marzo, el miedo y la incertidumbre del público eran mucho más intensos de lo que son ahora. Pero había la esperanza de que alguna bala mágica pudiera rescatarnos de los peores estragos de la enfermedad. En este momento, esas esperanzas parecen poco realistas. Después de meses de intensa investigación, todavía no existe un tratamiento efectivo para COVID-19. Una vacuna está, incluso si tenemos suerte, a muchos meses del despliegue. Debido a que el virus se está propagando especialmente rápido en partes del hemisferio sur, desde América Latina hasta África, el calor claramente no es impedimento para su diseminación. Quizás lo más importante, es que es difícil ahora imaginar que alguien pueda reunir la voluntad política para imponer un bloqueo a gran escala por segunda vez. Como descubrió una encuesta en Pensilvania, casi nueve de cada 10 republicanos confiaron en «la información que escuchan sobre coronavirus de expertos médicos» en abril. Ahora solo uno de cada tres lo hace. Con la opinión pública más polarizada que hace unos meses, y las elecciones presidenciales que se avecinan, cualquier intento de lidiar con el resurgimiento del virus probablemente sea aún más casual, polémico e ineficaz de lo que fue la primera vez.A medida que pase el tiempo, se escribirán muchos libros sobre por qué un país tan rico, poderoso y científicamente avanzado como Estados Unidos, fracasó tanto en hacer frente a una emergencia de salud pública que los expertos habían predicho durante muchos años. Como siempre es el caso, rápidamente surgirán explicaciones competitivas. Algunos se centrarán en la incompetencia de la administración Trump, mientras que otros llamarán la atención sobre la pérdida de capacidad estatal del país; algunos argumentarán que Estados Unidos es un caso atípico, mientras que otros pondrán su fracaso en el contexto de otros países, como Brasil y Rusia, a quienes también les está yendo mal. No tengo la intención de ofrecer un primer borrador de la historia. Estamos demasiado cerca de los eventos para juzgar, con la cabeza fría, qué factores son los más responsables de ponernos en nuestra situación trágica actual. Pero me gustaría ofrecer una lista parcial de individuos e instituciones que, por central o periférica que sea su contribución al resultado final, nos han ayudado a meternos en este lío:

    • Si el virus gana, es porque la Organización Mundial de la Salud minimizó la amenaza durante demasiado tiempo.
    • Si el virus gana, es porque Donald Trump estaba más interesado en ocultar las malas noticias que podrían dañar la economía que en salvar vidas estadounidenses.
    • Si el virus gana, es porque los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, creados para hacer frente a este tipo de emergencias, han demostrado ser demasiado burocráticos e incompetentes para hacer su trabajo.
    • Si el virus gana, es porque la Casa Blanca ni siquiera intentó establecer un régimen de prueba y rastreo a nivel federal.

    Aunque todavía no conocemos el efecto de los eventos más recientes en el curso de la pandemia, o lo que sucederá exactamente en las próximas semanas y meses, la lista de culpables probablemente será aún más larga”

    Si el virus gana, también puede ser porque Derek Chauvin mantuvo su rodilla sobre el cuello de George Floyd durante ocho minutos y 46 segundos mientras Floyd suplicaba por su vida, desencadenando protestas que, por más justos que sean, podrían provocar infecciones masivas.

    Si el virus gana, también puede deberse a que 1.200 expertos en salud pública ofuscaron el riesgo mortal de que estas protestas masivas representaran a los más vulnerables entre nosotros al declarar no solo (como sería razonable) que los apoyaron como ciudadanos, sino también (lo cual es muy inverosímil) que habían determinado, como científicos, que servirían activamente a «la salud pública nacional».

    Si el virus gana, también puede deberse a que muchos estados se movieron para reabrir antes de controlar el ritmo de las infecciones.

    Si el virus gana, también puede deberse a que la cámara de eco de los medios derechistas está comenzando a minimizar el riesgo que una segunda ola representa para los estadounidenses.

    Si el virus gana, entonces, es porque las élites, los expertos y las instituciones estadounidenses no han cumplido, y siguen sin cumplir, la grave responsabilidad con la que se les ha confiado de una manera demasiado innumerable para enumerar.

    José Manuel Sánchez: Así son los bastiones de Vox: zonas obreras del extrarradio donde la ultraderecha margina al PP. Electomanía publicaba el pasado 21 de agosto un nuevo electopanel de intención de voto en España. En el mismo se señala que no hay ningún cambio en la intención de voto que provoque cambios en las posiciones, pero sí pequeños detalles

    https://www.elplural.com/politica/espana/efecto-cayetana-refuerza-vox_246677102

    “La encuesta refleja cómo Vox ha subido unas décimas, en detrimento del PP. Una tendencia que no deja de aumentar desde que Vox irrumpiera en las elecciones andaluzas de 2018, en especial en el extrarradio de ciudades como Madrid, Málaga, Almería o Murcia.La batalla de Vox por irrumpir en barrios de extrarradio no es nueva. Mientras que el PP de Pablo Casado resiste especialmente en el Norte de la península, Vox hace lo propio con el sur.A medidas que bajamos de latitud, Vox empieza a irrumpir en barrios de extrarradio de capitales de provincia como Zaragoza o Salamanca, acentuándose en ciudades como Tarragona. Aunque estos repuntes en los que Vox saca ventaja al PP se convierten en insignificantes cuando los comparamos con los que podemos observar en los alrededores de Madrid, Toledo, Guadalajara y la frontera entre Almería y Murcia. Tanto en el mapa, como en las dos generales, predomina el verde de Vox.Parándonos en Andalucía, observamos un cambio significativo, pese a que la comunidad autónoma presidida por Juan Manuel Moreno Bonilla es, en palabras del director de Electomanía, José Salvador, un “océano rojo”, la batalla de la derecha se salda con la victoria de los de Abascal frente al PP. Este sorpasso se puede observar también en ciudades como Málaga, Valencia, Sevilla, Córdoba o Jerez.No obstante, en Andalucía existen grandes grupos de población que se han puesto por delante incluso del PSOE. Las poblaciones que rodean Málaga como Alhaurín de la Torre, además de ciudades costeras como Estepona, se han convertido en ciudades verdes, al ser Abascal la primera fuerza política.»En Madrid se ve muy claro», expone el director de Electomanía. «Madrid (ciudad) se lo lleva el PP; el extrarradio, el cinturón rojo del PSOE; y en el límite de la comunidad, en la zona de más urbanizaciones de la zona de Ávila, Toledo y Guadalajara es donde Vox se adelanta al PP», dice.No obstante el politólogo Daniel V. Guisado va más allá respecto a esta encuesta, explicando los motivos por los que Vox no deja de crecer en estas zonas. “El éxito de Vox el 10N no fue solamente en el sur de la Comunidad de Madrid, como se tiende a decir para hacer un símil con el tradicional «cinturón rojo», sino también en el este (llamado «Corredor del Henares»)”, explica. Y matiza: “Esto no se debió a que las clases trabajadoras apoyaran en masa al partido de Abascal”.El politólogo afirma que hay que buscar las respuestas al voto a Vox viendo qué votaban antes sus electores. “Si nos fijamos en los municipios donde arrasó, el triunfo de Vox vino acompañado, primero de un aumento de abstención y, segundo, de la caída de Ciudadanos”.“Son zonas dispersas y colindantes con Castilla-La Mancha, donde los PAU (Programas de Actuación Urbanística) abundan y donde Ciudadanos obtuvo victorias holgadas en las primeras elecciones del 2019”, señala. Según apunta Guisado, “las importantes clases medias empobrecidas, que se sienten desamparadas y olvidadas de la metrópolis madrileña, han pasado de Ciudadanos a Vox en cuestión de meses”.Por tanto, en vez de hablar de una subida de Vox estaríamos hablando de una “reordenación del bloque de la derecha”, en vista a que desde las últimas generales, no ha habido ningún cambio significativo entre bloques. “Pero no olvidemos que Vox ya obtuvo resultados espectaculares en estas mismas zonas el 28A. El declive del partido de Rivera le ha dado un impulso más, pero no a costa de caladeros de voto de la izquierda. En España, a diferencia de países como Italia o Francia, las tradicionales clases trabajadoras siguen votando, de media, más al PSOE que a cualquier otro partido”.La entrada de Vox en las zonas más trabajadoras sorprende, teniendo en cuenta que se trata de un partido que se caracteriza por su cercanía a las élites. En este sentido, Daniel V. Guisado señala que “los datos no indican que Vox se esté «lepenizando», pero sí acuden a centros industriales o zonas trabajadoras para polemizar y atraer el voto de PP y Ciudadanos. Sobre todo, con el tema de Cataluña”. “Muchas encuestas preelectorales mostraban cómo este asunto era muy relevante para los simpatizantes de Vox (recordemos que la sentencia salió pocos días antes)”, indica.La abstención puede ser uno de los motivos que situén a Vox tan alto en las encuestas. Según recuerda el politólogo, “en el sur y este de Madrid subió entre 3 y 6 puntos más que la media de la región. El PSOE obtuvo resultados muy similares en ambas elecciones, por eso Vox fue primera fuerza política en 61 de los 179 municipios, a pesar de que los socialistas obtuvieron porcentajes muy similares de voto”. 

    Marc Fortuño: La deuda global se dispara para luchar contra el coronavirus

    https://www.elblogsalmon.com/indicadores-y-estadisticas/deuda-global-se-dispara-para-luchar-coronavirus?utm_source=NEWSLETTER&utm_medium=DAILYNEWSLETTER&utm_content=POST&utm_campaign=13_Jul_2020+El%20Blog%20Salm%C3%B3n&utm_term=CLICK+ON+TITLE

    “Para poner un ejemplo concreto, la emisión de deuda pública bruta se disparo a nivel récord de más de 2,1 billones de dólares en el mes de marzo, lo que supone más del doble del promedio entre los años 2017 y 2019 que fue de 0,9 billones de dólares.La situación puede ser verdaderamente problemática para muchos países porque carecerían de apoyo de capital disponible para hacer frente a ese evento extraordinario, por lo tanto la expansión del virus tendría serías dificultades para ser controlado.Este desafío por parte de los gobiernos nos lleva a que la trayectoria de la deuda y los déficits está sujeta a una gran incertidumbre y podría subir en un escenario adverso si la actividad económica decepciona debido a un resurgimiento de las infecciones o si los pasivos contingentes de un gran apoyo de liquidez se materializan cuando las condiciones de financiación se hacen más estrictas.No podemos descartar en el futuro más inmediato una nueva expansión del virus que ponga en tensión a los presupuestos públicos de diferentes países y que presenten problemas para financiarse. Hablamos de una crisis de deuda en la que los países se ven atados por la incapacidad de pedir dinero para refinanciar los vencimientos y afrontar los gastos para el año en curso. De hecho, este escenario ya lo vimos en 2011 con la crisis de deuda soberana que arrastró a los países periféricos de la Eurozona, y empujó a pedir diferentes rescates para no entrar en el impago de la deuda”

    Sergio Parra: Las dos características que reúnen los expertos que más se equivocan

    https://www.xatakaciencia.com/psicologia/dos-caracteristicas-que-reunen-expertos-que-se-equivocan?utm_source=NEWSLETTER&utm_medium=DAILYNEWSLETTER&utm_content=POST&utm_campaign=25_Jul_2020+Xataka%20Ciencia&utm_term=CLICK+ON+TITLE

    Philip Tetlock, el miembro más joven de un comité de la Academia Nacional de las Ciencias de Estados Unidos, emprendió en 1984 una investigación sobre los conocimientos y el juicio de los expertos. Durante 20 años, estudió a expertos (generalmente asesores en cuestiones políticas y económicas): politólogos, economistas, abogados, diplomáticos, etc. Había desde periodistas hasta profesores universitarios. Más de la mitad eran doctores. El método de Tetlock para evaluar la calidad de las opiniones de estos expertos era pedirles que hicieran predicciones precisas y cuantificables (contestando entre unos y otros hasta un total de 27.450 preguntas) y luego esperar a ver si se cumplían. La cuestión es que rara vez se cumplían. Los expertos fallaban y su incapacidad de predecir el futuro era solo un síntoma más de su clamoroso fracaso a la hora de comprender plenamente las complejidades del presente.La lección que debemos aprender de la investigación de Tetlock es que no deberíamos creer que los expertos siempre están seguros de lo que deben hacer (aunque lo parezca). Que los expertos saben más que nosotros, pero no mucho más. Y que los expertos aún ignoran mucho más de lo que admiten (sobre todo en el ámbito de las ciencias sociales). Lo más interesante para saber si debemos fiarnos más o menos de un experto, según lo que descubrió Tetlock, es que los expertos que más se equivocan reunen una o dos de las siguientes características:

    A.-Aparecen en los medios de comun icación. Cuanto más tiempo aparecían disertando en televisión, por ejemplo, más incompetentes se mostraban.

    B.-Les cuesta cambiar de opinión. Popularmente, se considera que tener fama de cambiar de opinión te convierte en un “veleta”, en alguien que no tiene las cosas demasiado claras. Sin embargo, ocurre que es justo lo contrario: un experto fiable es el que admite sus errores y corrige el rumbo continuamente, en función de las nuevas circunstancias o los nuevos datos.

    En definitiva: para eso existen tan duras exigencias en la ciencia: porque al ciencia no confía en los expertos, ni tampoco en los científicos. Precisamente la ciencia fue diseñada para superar la falibilidad del ser humano, y los científicos también son seres humanos. Así que ‘ciencia’ y ‘científico’ no pueden ser cosas más distintas. Porque los científicos también son seres humanos y todos los humanos tenemos una ideología, o somos presas de sesgos, prejuicios o tontadas varias. Para eso existe la ciencia: para descartar las afirmaciones que no logren pasar su estricto método de verificación. La ciencia es la última línea de defensa de los defectos del pensamiento humano, también el de los expertos: la fe, el dogma, la revelación, la autoridad, el carisma, el misticismo, la adivinación, las visiones, las corazonadas o… la ideología política que apoyas con el fervor de un creyente

    Xavier Marcet: La crisis del Barça CF : Lecciones para las empresas

    https://www.sintetia.com/barca-lecciones-para-las-empresas/

    1.- La importancia de la consistencia. Las empresas son consistentes cuando saben imponerse a sus propios éxitos de un modo sostenido. La consistente es adaptarse. Lo inconsistente es exprimir inercias que fueron gloriosas en el pasado pero que no podían ser eternas.

    2 No adaptarse, no saber gestionar los éxitos que vienen del pasado con la adaptación a un mundo que cambia lleva al desastre. No tener tiempo para innovar y, sobre todo, no tener una organización preparada para innovar y adaptarse es letal a medio plazo.

    3- Las empresas cuando tienen dinero (que han ganado en base a sus eficiencias y sus equipos de alto rendimiento) muy a menudo hacen tonterías. Saben ganar dinero, pero no saben gastarlo. Entonces compran empresas sin ton ni son y no las saben incorporar.Igual que el Barça ha fichado con pésimos resultados en los últimos años con fiascos descomunales. Hacer tonterías es un síntoma de nuevo rico y esto que no se entendería en organizaciones de larga trayectoria, en cambio, es bastante frecuente, también en las empresas. A las empresas también las matan sus tonterías.

    4.- La pérdida de la humildad. El gran Barça de Guardiola lo hicieron gente que procedía de la Masía: Puyol, Xavi, Iniesta, Piqué, Busquets, Valdés, Pedro, Messi. Profesionales con determinados valores y la mayoría de ellos con la cabeza razonablemente amueblada. Pero con el tiempo la autocomplacencia fue más importante que la humildad. Ya no eran aspirantes. La humildad cimienta los equipos mucho mejor que la arrogancia. Las empresas necesitan un Puyol que ponga a cada uno en su sitio en el vestuario y que recuerde que, por encima de las individualidades, hay un propósito que las trasciende. Hay muchas empresas en las que sus equipos se tornaron en silos y sus directivos en vedettes corporativas. Mal camino. 

    5.- las organizaciones se vuelven mediocres. Junto con la pérdida de la humildad se pierde este plus de esfuerzo que da la velocidad en el campo de juego o la agilidad en la empresa. Sin esta punta de agilidad diferencial las organizaciones se vuelven mediocres. La diferencia está en los detalles y en el nivel de autoexigencia. Gente de primer nivel deja de dar los resultados de antaño por detalles. Ya sea con un entrenamiento menos o un pedido que no se pasa porque se hizo tarde y porque ya hay muchos pedidos.El esfuerzo inteligente y la autoexigencia es la base de detalles que devienen trascendentales. El esfuerzo y el hambre de ganar (o de vender). Sin hambre, la decadencia está servida.

    6.- La importancia de los equipos. Se da el caso de muchos altos directivos de empresa que pasan a ser incorporados como fichajes estelares por otras empresas. En pocos casos los resultados son los mismos. Porque sin dudar de su valía, los resultados conseguidos eran fruto del momento especial que vivía todo un equipo de gente a su alrededor. Revivir este momento especial en otro lado es muy difícil. Vean, por ejemplo, lo mucho que le ha costado triunfar a Guardiola. por seguir buscando ejemplos en el fútbol.Tener al mejor jugador de mundo, como es Messi, no garantiza la excelencia sino tiene alrededor un momento de equipo. Tener “Messis” lo que te garantiza en el Barça o en cualquier empresa es que la decadencia sea mucho más lenta y que su genialidad maquille la mediocridad emergente.

    7.- Abandonar la fórmula genuina acostumbra a llevar al desastre. Coca-Cola lo probó y lo pagó muy caro, aunque después supo aprender. El Barça abandonó su modelo basado en la cantera, en su famosa Masía. Es un modelo consistente si tiene líderes consistentes que sepan explicar que es una apuesta ganadora en ciclos largos, aunque implique crisis coyunturales. Es como en las empresas, cuando tienen una propiedad consolidada buscan trayectorias de rentabilidad a largo plazo y saben que habrá años malos pero que los ciclos serán buenos. Innovan porque quieren perdurar.Cuando en una empresa entra un fondo de inversión todo son resultados a corto plazo, lo cual acostumbra a acabar en desastre. Las bases de la empresa, de su modelo genuino de negocio se abandonan y todo es a corto plazo, del mismo modo que el Barça ha abandonado su modelo de Masía por un resultadismo miope.

    8.- Las disrupciones empresariales siempre empiezan por las periferias del negocio, en rincones donde cuesta hasta pasar la escoba. Hay un libro reciente de la gran Rita McGrath titulado Seeing around corners que explica cómo detectar los puntos de inflexión en los negocios antes que sucedan. Es decir, a dónde hay que mirar para que no nos pillen disrupciones que se nos lleven por delante como el Bayern arrasó inmisericorde al Barça de Messi.Cuando no haces caso de las señales, cuando te sientes por encima de todo, el estrépito de la crisis es innegociable.

    9.- Gestionar el talento en contextos de grandes éxitos empresariales o deportivos es muy complicado. Pero las organizaciones de talento son fluidas, cuando se vuelven estanques con poca renovación, declinan. El talento se demuestra con resultados por encima de la media siempre, en cada partido, en cada proyecto u operación corporativa, el talento no es hacer tres grandes partidos es dar resultados siempre.

    10.-Gestionar el talento enorgullecido de triunfos o el talento que no se adapta es gestionar pronto el no-talento. Las empresas son el resultado de la suma de talento, que nos hace competitivos, y buena gente, que hace que los equipos vivan momentos memorables humanamente hablando.Cuando en una institución hay más engreídos que buena gente todo se tuerce. El talento no es permanente. El gran Barça de Guardiola se construyó sobre las salidas de enormes jugadores: Ronaldinho, Deco o Samuel Etoo. No saber dar fluidez a los equipos y al talento es un gravísimo error que se paga muy caro.

    11.-  Las empresas en su éxito se expanden. Esta expansión necesita de una muy buena coordinación, y así, llenas de buenas intenciones crecen y se multiplican burocracias que tornan cualquier decisión sinuosa, compleja y llena de intereses que a veces poco tienen que ver con los clientes o con el propósito corporativo.Los grandes clubs acaban siendo burocracias tupidas y redundantes. Muchas grandes empresas también.Las burocracias se alejan de la centralidad de los clientes, son gente que piensa exclusivamente en que su parcela esté bien gestionada y esta y no los clientes es su preocupación prioritaria. Las burocracias acaban diluyendo el alma que hizo grande a las empresas o las instituciones, pero dicen que es sin querer.

    12.- Los liderazgos son determinantes. En el campo o en la trinchera comercial. En las juntas de los clubs o en los consejos de administración. Sin líderes consistentes es muy difícil crear organizaciones consistentes. Líderes con gran ambición corporativa (o deportiva) y con gran humildad personal. Líderes sin mal de altura Honestos. Accesibles. Que sirvan con el ejemplo, nada más”

    Enrique Feas: ¡Qué tiempos aquellos en los que el desafío a corto plazo más importante para la Unión Europea era el Brexit, y no una pandemia mortal acompañada de una grave recesión económica!

    http://blognewdeal.com/enrique-feas/por-cierto-y-el-brexit/

    “Pero el desafío del Brexit persiste y, tras la ruptura política del 1 de febrero de 2020, las negociaciones para fijar las condiciones de ruptura económica al final del período transitorio el 1 de enero de 2021 no van nada bien. Quedan menos de cinco meses para el Brexit económico, y es un buen momento para hacer un balance de situación, con diez elementos que conviene recordar

     

    En primer lugar, que el escenario hoy más probable es un Brexit económico sin acuerdo. Recordemos que el Acuerdo de Salida fue muy importante desde el punto de vista político, al lograr evitar una frontera física en Irlanda del Norte que podría haber arriesgado la paz entre las comunidades irlandesas, pero apenas tiene efectos desde el punto de vista económico. Es decir, sin Acuerdo de Relación Definitiva, el caos económico está garantizado.

    En segundo lugar, que en esta ocasión una prórroga de última hora está prácticamente descartada, y no sólo porque legalmente no se podría (habría que haberla solicitado antes del 1 de julio), sino sobre todo por las complejas implicaciones técnicas y presupuestarias que conllevaría (recordemos que en enero comienza un nuevo Marco Financiero Plurianual). Políticamente, además, sería muy complicado tanto para el gobierno británico (que parece querer esconder la crisis que generará el Brexit detrás de la causada por el coronavirus) como para muchos de los ya exhaustos Estados miembros.

    En tercer lugar, que un acuerdo de última hora, que tan sólo da tiempo a que sea básico (libre comercio sin aranceles ni cuotas, más uno o dos aspectos de servicios), sigue siendo posible, pero requiere la ratificación parlamentaria de todos los Estados miembros, de modo que no puede llegar en diciembre. Lo que tenga que pasar, pasará como muy tarde a finales de octubre.

    En cuarto lugar, que un acuerdo de libre comercio básico requiere dos condiciones imprescindibles: que el Reino Unido firme un acuerdo de pesca que dé acceso a sus caladeros y que se comprometa a mantener sus estándares laborales, medioambientales, fiscales y de ayudas de Estado en niveles similares a los de la UE, para evitar una competencia desleal. El Reino Unido, por el momento, se resiste a ello. Y que, más allá de ese tratado básico, cualquier acuerdo de servicios implicaría que el Reino Unido debería asumir legislación comunitaria y jurisdicción del Tribunal de Justicia Europea, algo que produce urticaria a los líderes del Brexit.

    En quinto lugar, que un acuerdo de libre comercio básico sin aranceles ni cuotas sería muy positivo para el sector agroalimentario –para el que las cuotas y aranceles son muy relevantes–, pero distaría de ser óptimo para sectores industriales como el del automóvil, donde la ventaja de pertenecer a Europa no son tanto los aranceles (de por sí ya reducidos en el comercio con terceros países) sino la ausencia de fricciones en frontera; fricciones que persistirían aunque no hubiera aranceles, porque habría que aplicar complejas reglas de origen en aduana.

    En sexto lugar, que un acuerdo de libre comercio básico no facilitaría más que una mínima parte de los intercambios de bienes y servicios entre la Unión Europea y el Reino Unido. Sin acuerdo, o con un acuerdo sólo arancelario, el 1 de enero las empresas británicas de servicios perderían su licencia y dejarían de poder prestar servicios libremente en el resto de la Unión. Esto afectaría, entre otras, a empresas como las de transportes de mercancías, ferrocarriles o líneas aéreas, que deberán obtener nuevas licencias y cumplir los requisitos tanto británicos como europeos. Así, por ejemplo, IAG (dueño de Iberia) deberá reestructurar su capital para garantizar que su mayoría y el control efectivo de la empresa está en manos europeas (teniendo en cuenta que lo británico no se considerará ya europeo a esos efectos), o no podrá operar trayectos intracomunitarios. Asimismo, el flujo de personal entre empresas estaría sujeto a complejas reglas migratorias. De los infinitos problemas prácticos para los ciudadanos hablaremos otro día.

    En séptimo lugar, que, en caso de ausencia de acuerdo, la Comisión será todo lo flexible que pueda para evitar graves trastornos a las empresas, pero en ningún caso hará excepciones a las reglas del mercado único, por dos motivos: primero, porque no puede generar incentivos perversos y hacer ver que un país tercero puede tener un trato privilegiado que no tienen otros países; y segundo, porque, aunque quisiera, no podría, ya que el cumplimiento efectivo de la legislación europea no es una potestad arbitraria de la Comisión, sino un requisito exigible ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea por cualquier interesado, incluidas las empresas competidoras. En otoño, si el desacuerdo parece inevitable, la Comisión seguramente apruebe un nuevo plan de contingencia, que se limitará (como en el caso del que se aprobó cuando parecía que no iba a haber Acuerdo de Salida) a evitar temporalmente el caos inicial.

    En octavo lugar, que, incluso aunque haya acuerdo y se contemple algún ámbito de servicios, en ningún caso la Comisión Europea podrá conceder al Reino Unido un tratamiento de país tercero con derechos similares a los de un miembro del mercado único (como los países de la UE o los del Espacio Económico Europeo). Los regímenes de equivalencia, como el aplicable a los servicios financieros, los concede autónomamente la Comisión, pero distan de suponer derechos de operación similares al pasaporte europeo (salvo quizás para operaciones con derivados). El mercado único no es troceable.

    En noveno lugar, que el gobierno británico, como mucho, podrá hacer lo propio, es decir, facilitar inicialmente el flujo inicial de mercancías para contener el caos aduanero y garantizar el abastecimiento (reduciendo temporalmente los requisitos técnicos y sanitarios o difiriendo el pago –que no el devengo– de los aranceles), pero nada hace indicar que no va en serio. De hecho, está ya implantando nuevas infraestructuras de control aduanero en Dover.

    En décimo lugar, que la ausencia de acuerdo, siendo un problema muy grave, no es el único. Entre los conflictos que cabe anticipar en los próximos meses está el cumplimiento efectivo por parte del Reino Unido del Acuerdo de Salida firmado, que entre otras cosas implica el establecimiento de controles aduaneros en el mar de Irlanda para evitar el flujo ilegal de mercancías británicas y de terceros vía Irlanda del Norte (aprovechando la ausencia de frontera física con la UE). Este asunto, enormemente sensible para los unionistas, así como la previsible reacción de Escocia en caso de ausencia de acuerdo, nos recuerda una vez más que, aunque lo inmediato serán las consecuencias económicas, las implicaciones políticas del Brexit seguirán estando muy presentes durante bastantes años. Porque, a diferencia de lo que ocurre con la COVID, no cabe esperar vacuna a corto plazo contra los estragos del soberanismo”

    Bruno Pérez: El gabinete Sánchez se desentiende de la transparencia e ignora a su supervisor

    https://www.lainformacion.com/espana/gobierno-sanchez-se-desentiende-transparencia-ignora-supervisor/2813002/

    “Solo en 2019 el Gobierno de Pedro Sánchez recurrió ante los tribunales económico-administrativos dos veces más resoluciones desfavorables del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno que los gobiernos de Mariano Rajoy en los cuatro ejercicios anteriores. No es una casualidad estadística. En 2018, el Consejo emitió 351 resoluciones que de modo parcial o total instaban al Gobierno Central o a los organismos autónomos o entidades dependientes del mismo a proporcionar alguna información que éstos entendieron que no debía ser pública y Transparencia estimó que los solicitantes tenían derecho a conocer. De esa cifra total, se cumplieron 288 (el 82%) y se recurrieron ante los tribunales 18 (5% del total). En 2019, la cifra de resoluciones desfavorables aumentó un 17%, el porcentaje de que el Gobierno cumplió de forma automática cayó al 70% y la cifra de las que se recurrieron ante los tribunales se duplicó hasta las 43.Por ejemplo, la Administración Sánchez ha preferido acudir a los tribunales a proporcionar información que el Consejo de Transparencia – el organismo público que vela por la correcta aplicación de la legislación nacional sobre el asunto- consideraba que debía ser pública sobre las conversaciones de su Gobierno con la Santa Sede a propósito de la exhumación de los restos de Franco, sobre los medios de transporte utilizados por el presidente del Gobierno en sus desplazamientos, sobre los fallecimientos de internos en los Centros de Internamiento de Extranjeros, sobre su política de contratación de asesores o sobre los detalles de las actuaciones de organismos públicos como la CNMV o el ICAC en el proceso de intervención del Popular.No es una tendencia exclusiva del Gobierno de Pedro Sánchez. Entes y organismos públicos como Renfe, ADIF o RTVE han cogido por costumbre recurrir las resoluciones más incómodas del Consejo de Transparencia – singularmente aquellos que les obligan a detallar la identidad o las condiciones salariales de sus cuadros directivos, sus asesores nombrados a dedo o los presentadores estrella de su parrilla- a los tribunales contencioso-administrativos para ahorrarse el mal trago de revelar una información que hasta la fecha ha permanecido oculta y dilatar a golpe de recurso judicial cuanto más mejor el cumplimiento de los nuevos estándares de transparencia establecidos por ley en 2015, pero que en muchos lugares de las Administraciones Públicas aún se niegan a aplicar.Funcionarios de la Administración no ocultan sus sospechas de que, en muchos casos, el recurso a los tribunales se ha convertido en una estrategia para esquivar el cumplimiento de las resoluciones del Consejo de Transparencia ante la galopante falta de recursos que arrastra el organismo y que le obliga a seleccionar las causas en las que implicarse judicialmente. Entre 2015 y 2018, Transparencia ha tenido que invertir 200.000 euros de un presupuesto exiguo en la contratación de abogados para litigar con el Estado, ya que el convenio para la representación legal del organismo público suscrito con la Abogacía del Estado no cubre en buena lógica los litigios de Transparencia con el Estado, en los que la Abogacía ejerce la defensa de la Administración.En los últimos dos o tres años, y al calor del incremento de la litigiosidad con el Estado, a Transparencia no le ha quedado más remedio que sacar a concurso su representación legal en estas causas y este mismo año 2020 se han visto obligados a mejorar en un 50% la dotación económica de este contrato ante la evidencia de que la carga de trabajo asociada al mismo es cada vez más elevada.La presión financiera a la que la creciente litigiosidad con las Administraciones Públicas somete al Consejo de Transparencia se agrava porque desde hace tres años opera con el presupuesto cercenado de 2,2 millones de euros que le dejó la agitada negociación parlamentaria para sacar adelante los Presupuestos de 2018, que en su caso se saldó con un recorte presupuestario del 22% para el organismo. Cerca del 95% del mismo se lo llevan los costes de mantenimiento de una plantilla de apenas 22 personas, muy alejada de las necesidades reales de un organismo llamado a velar por la correcta aplicación de la regulación de transparencia en el amplio abanico de sujetos obligados por la norma: administraciones públicas, organismos autónomos, consorcios, partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales, perceptores de subvenciones públicas…El cuadro se completa con una situación de abandono institucional, que consiente, por ejemplo, que el organismo lleve sin presidente desde el año 2017, tras el triste fallecimiento de la que hasta la fecha ha sido la primera y única presidenta del organismo, Esther Arizmendi. Los últimos datos proporcionados por el Consejo de Buen Gobierno y Transparencia no permiten albergar esperanzas respecto a un cambio de perspectiva del Gobierno respecto al tema de la transparencia tras el acuerdo de coalición de gobierno entre PSOE y Unidas Podemos. En lo que va de año, el porcentaje de resoluciones desfavorables cumplidas por la Administración del Estado ha caído del 70% del año pasado al 66% y ya se han recurrido al contencioso-administrativo cuatro resoluciones, entre ellas una que pedía aclarar el sistema de contratación y pago de medicamentos y otra que pedía acceder a los criterios de la Abogacía del Estado para interponer recursos”

    Juan Francisco Martin Seco: Los presupuestos 2021  y la pantomima de Ciudadanos

    https://www.republica.com/contrapunto/2020/08/13/los-presupuestos-y-la-pantomima-de-ciudadanos/

    “Dicen que cuando un gobierno no sabe resolver un problema crea una comisión, que es la manera de dejarlo en vía muerta. Quizás podría afirmarse también que a veces lo que se crea es un ministerio o una secretaría de Estado. Zapatero fue experto en eso de inventar ministerios sin contenido: Vivienda, Igualdad, etc. Pedro Sánchez, no obstante, le ha ganado por la mano. Por si hubiera sido poca la multiplicación de carteras y de órganos administrativos establecidos al principio del segundo gobierno Frankenstein, ahora crea una secretaría de Estado. Tras su nefasta gestión de la pandemia y su vergonzoso lavado de manos en lo que ha denominado la “nueva normalidad”, como toda solución al empeoramiento progresivo de contagios que anuncia una nueva oleada crea una secretaría de Estado de Sanidad y se va de vacaciones. Habrá que preguntarse a qué se va a dedicar ahora el filósofo.

    Pedro Sánchez va a reponer fuerzas para lo que de verdad le interesa de cara al futuro, aprobar unos presupuestos. Casi al final del artículo de la semana pasada insinuaba yo, sin dar más detalles, que la aprobación de los presupuestos tenía más que ver con la representación que con la gobernanza, lo que sin duda extrañaría a muchos de los lectores. Y es que entre los muchos tópicos que anidan en la vida política española se encuentra la creencia generalizada de que los Presupuestos Generales del Estado tienen una gran trascendencia, ya que fijan y cifran la política económica y social del gobierno de turno. Se piensa que sin ellos no se puede gobernar; y puede ser que tengan razón, no se puede gobernar bien, pero sí chapuceramente.

    Los que hemos trabajado dilatadamente en el área del gasto público tendemos a relativizar y a desmitificar la realidad presupuestaria. Recuerdo que cuando yo me dedicaba a esos menesteres, el abogado del Estado que venía encargándose año tras año de coordinar la elaboración de la ley de presupuestos, tuvo un rasgo de humor y definió, ya entonces, el presupuesto como un solo crédito y ampliable. No era ninguna exageración, indicaba con ello la enorme flexibilidad que existía en la normativa presupuestaria. Una vez aprobado, el gobierno podía hacer todo tipo de modificaciones entre partidas y, además, muchos de los créditos eran ampliables. Es más, siempre cabía el recurso al decreto ley y a los créditos extraordinarios.

    Tras su aprobación, el margen de maniobra del Ejecutivo era y sigue siendo amplísimo. Me viene a la memoria que en aquellos tiempos (tiempos ya lejanos) en los que todos los años se discutía en las Cortes el presupuesto, todos los diputados hacían esfuerzos para que los proyectos de infraestructuras de sus respectivas provincias figurasen explícitamente en las partidas de inversión, con la finalidad de poder vender electoralmente más tarde tal hazaña en sus territorios. Recuerdo también -con cierta rechifla – que, después, en la fase de ejecución el gobierno lo cambiaba todo, haciendo baldíos tales esfuerzos; aunque no del todo, porque la venta del producto estaba ya hecha.

    Aquellos que piensan que los presupuestos son un instrumento para controlar al Ejecutivo se equivocan. Sobre todo, después de haberse impuesto la utilización desmedida de los decretos leyes que, si bien en teoría están condicionados a ser utilizados en situaciones extraordinarias y de urgente necesidad, la permisiva actuación del Tribunal Constitucional ha dado lugar a que todos los gobiernos los hayan usado abusivamente. Abuso que se ha convertido en crónico, habitual y llevado al extremo por Pedro Sánchez, aprobando por esa vía las cosas más surrealistas.

    Hay que considerar además que una gran parte de los presupuestos está afectada de gran permanencia y sus partidas se consolidan de un ejercicio a otro. Tan solo una fracción de cuantía reducida en relación con el resto es la que goza de discrecionalidad y no se encuentra supeditada a compromisos anteriores. De manera que el gobierno -manejando esa proporción que comparativamente no es llamativa, pero sí lo suficientemente grande- puede actuar con total desahogo y a sus anchas, concediendo y negando mercedes.

    La realidad habla por sí misma. Pedro Sánchez lleva más de dos años gestionando unas cuentas que no son suyas. Es más, que criticó duramente desde la oposición y que se negó a apoyar. En ningún caso, sin embargo, las ha sentido como un corsé, y me atrevería a mantener que se ha encontrado tan cómodo con ellas como si fuesen las propias. Los problemas que haya podido tener obedecen a su propia incompetencia, a la levedad de su gobierno y a no contar con una mayoría consistente, pero no a unos presupuestos que ha modificado a su conveniencia sin ningún impedimento. Si disolvió las Cortes durante el primer Gobierno Frankenstein no fue porque no le aprobasen unos nuevos presupuestos (solo fue el pretexto), sino porque esperaba mejores resultados en las urnas. La prueba es que tras las elecciones en ningún caso se planteó la urgencia de elaborar unas nuevas cuentas públicas para el año 2020.

    La necesidad que siente ahora de aprobarlas para 2021 no surge del ámbito de la gestión, sino del de la representación, del que dirán, de la creencia generalizada entre la población de que un gobierno debe tener sus propios presupuestos y, sobre todo, de la necesidad de presentar a la Unión Europea un documento que cuente con la mayor aquiescencia posible de las fuerzas políticas. Pero que nadie se llame a engaño, todos estos motivos no son suficientemente sólidos como para obligarle a convocar elecciones, en el caso de que no lograse su aprobación. Solo el convencimiento de que podría obtener mejores resultados en unos nuevos comicios le llevaría a disolver el Parlamento.

    Esto deberían tenerlo muy en cuenta el resto de las formaciones políticas. En especial Ciudadanos, que pretende justificar la nueva actitud colaboracionista que ha adoptado su dirección con la excusa de que así doblega al Gobierno, y lo desliga de los que considera socios indeseables. Deberían haber aprendido ya que las promesas de Pedro Sánchez carecen totalmente de valor y que, aunque pretendan convencernos de otra cosa, lo único que han obtenido hasta ahora es que les hayan tomado el pelo y representar el deshonroso papel de tontos útiles. ¿Dónde está ese plan B que, según ellos, habían conseguido arrancar a Sánchez? ¿No será ese desmadre en el que nos movemos ahora y al que han bautizado como “nueva normalidad”?

    A la nueva dirección de Ciudadanos y a sus asesores no les debería caber la menor duda de que lo que firmen respecto a los presupuestos será papel mojado tan pronto como estos se hayan aprobado, y que Pedro Sánchez se sentirá en total libertad para actuar a sus anchas y sin cortapisas. En cierto sentido lo ha dicho ya él mismo, al afirmar sin ningún pudor que será él quien reparta los fondos europeos. Recursos que, conviene recordar, serán en su mayoría préstamos que repercutirán de una u otra manera en las cuentas públicas, y que, como he escrito en varias ocasiones, me temo que van a dedicarse a intentar salvar a empresas privadas. Digo a intentar, porque no es seguro que lo consigan. El final puede consistir en enterrar dinero público en empresas zombis que antes o después terminen quebrando.

    Por otra parte, la dirección de Ciudadanos tampoco tendría que hacerse líos mentales para calmar su mala conciencia e intentar convencernos de que ellos negocian exclusivamente con el PSOE. No deben equivocarse. Pactar en estos momentos con el sanchismo es hacerlo con el lote completo. No solamente con Podemos, de los que Ciudadanos no quiere ni oír hablar, sino también con el PNV y con los privilegios del País Vasco que tantas veces han criticado; con Bildu, con quienes Pedro Sánchez se ha coaligado en Navarra y negocia en el Parlamento español; con los golpistas catalanes, tan en las antípodas de todo lo que ha representado Ciudadanos desde su fundación; incluso con los partidos regionalistas cuyo objetivo, por muy ortodoxos que sean, reside exclusivamente, al igual que en el caso de los nacionalistas, en conseguir privilegios para sus respectivos territorios, distorsionando el equitativo equilibrio regional.

    Ciudadanos tiene una cierta tendencia al catarismo. Siempre se han considerado los puros, pero en política eso no funciona. Cuando constituyó gobiernos autonómicos con el PP le repugnaba tener que negociar con Vox y pretendía convencernos de que no lo hacía, a pesar de que los votos de esta formación eran totalmente necesarios; montaba una espléndida pantomima, y mantenía la tesis de que ellos dialogaban únicamente con el PP, y de que el pacto de este partido con Vox no les afectaba.Ahora defienden que pactan únicamente con el PSOE. Pero es que este partido tiene tan solo 120 diputados, y Pedro Sánchez lleva macuto, y muy voluminoso, todo el que ha sido necesario para alcanzar la Moncloa. Pactar con él, les guste o no, es hacerlo con el lote completo, con el gobierno Frankenstein en pleno, desde Bildu y el PNV hasta los golpistas catalanes”

     

     

    Mauricio Fernández: Los alquimistas de la Moncloa

    https://www.lainformacion.com/opinion/mauricio-fernandez/los-alquimistas-de-la-moncloa/6562624/

    “Hace tan solo dos meses el Gobierno de España se preparaba para asombrar al mundo. Los alquimistas del Palacio de la Moncloa habían conseguido destilar un adictivo y combativo placebo al que etiquetaron como progresista, ecologista y feminista. Eran los días en los que el flamante Gobierno de coalición con Pablo Iglesias estaba enredado en el dócil diálogo con los independentistas catalanes y la persecución de todos los heteropatriarcados planetarios. El ambicioso «proyecto de progreso» tenía también planes inmediatos para liquidar la reforma laboral, la ley mordaza, regular la eutanasia, tipificar la exaltación del franquismo y perseguir hasta la tumba y más allá al famoso torturador Billy el Niño. Pero una torpe visita nocturna del ministro Ábalos al aeropuerto de Barajas para entrevistarse con la vicepresidenta de Venezuela rompió el hechizo de los primeros días de encantamiento y puso de manifiesto los límites de la estrategia del afamado químico de la Moncloa de tapar con propaganda cualquier crisis política, como ocurriría semanas después con la pandemia del Covid-19.El coronavirus era todavía en esas fechas en España una cosa exótica, lejana, china, de un país que según la caricatura occidental escupe permanentemente en el suelo y come murciélagos. Solo los ciudadanos más aprensivos observaban con terror lo que estaba pasando en la provincia de Wuhan. El Gobierno también miraba para otro lado, delegando la comunicación en el doctor Fernando Simón, director del Centro de Coordinación y Emergencias Sanitarias, quien todavía el 23 de febrero decía que «en España ni hay virus, ni se está transmitiendo la enfermedad». Mientras tanto, las tertulias eran una fiesta de tertulianos que se arrogaban la responsabilidad de pedir calma y tranquilidad a la población, mientras ‘prestigiosos’ periodistas del masaje gubernamental y otros contagiados por el entusiasmo o la necesidad de agradar, competían en despreciar al virus, que según decían mataba menos que la gripe común y que en todo caso solo afectaba a los ancianos.El 24 de febrero en Italia ya había 7 muertos y cuatro días después la cifra de fallecidos llegaba a los 21. Pero en España la prioridad del Gobierno estaba centrada en la reunión de la Mesa Política con el independentismo catalán que se celebró finalmente en el Palacio de la Moncloa el 26 de febrero. Uno de los participantes era el ministro de Sanidad, la cuota catalana, un hombre dicen que decente de la cantera del PSC, pero que solo había sido alcalde de su pueblo y que únicamente conocía la sanidad como usuario.Ya solo faltaban unos días para que explotara el pánico, pero la semana del 2 al 8 de marzo, fue la de los cuchillos morados entre los dos socios de gobierno, que se disputaban la primogenitura de la lucha feminista. Podemos quería aprobar como fuera una Ley de Libertad Sexual antes del 8-M, la famosa norma del «si es sí», aunque el texto fuera un bodrio, mientras la vicepresidenta Carmen Calvo se hacía entrevistar por la jefa de prensa del PSOE, para animar a las mujeres a que participaran en la manifestación del 8 de marzo, con un argumento infalible y premonitorio: «Les diría que les va la vida». La frase se popularizó a posteriori, porque esa semana pegó más el estribillo de «sola y borracha quiero llegar a casa». También el doctor Simón dio otro paso firme para la inmortalidad de las hemerotecas no poniendo objeciones para acudir a la manifestación. Ese domingo España seguía oficialmente en «fase de contención», pero ya tenía 17 muertos contabilizados y 589 contagiados, 159 más que el día anterior, mientras Madrid con 8 muertos y 202 contagiados tomaba el liderazgo de la catástrofe.La resaca del lunes 9 de marzo fue muy triste y empezaron los episodios de pánico. Por la tarde los contagiados superaban los 1.200 y ya había 28 muertos. La Comunidad de Madrid ordenó cerrar todos los centros educativos arrastrando a todo el país a hacer lo mismo, pero Pedro Sánchez aún esperó unos días para anunciar el estado de alarma, que entraría en vigor en la noche del sábado 14 cuando ya habían fallecido cerca de 200 personas. Sin mascarillas, sin guantes, sin respiradores suficientes, sin test, con los hospitales amenazados de saturación, el confinamiento obligatorio era la única herramienta útil para frenar una pandemia que 15 días después alcanzaría los 10.000 muertos, con picos diarios de hasta 950 fallecidos, convirtiendo rápidamente a España en el país con más letalidad del mundo por millón de habitantes. Era como si los españoles revivieran una de aquellas viejas películas del Oeste en las que las heridas de bala se curaban sin anestesia, bebiendo whisky y mordiendo un trapo.Fueron días aciagos. Faltaba de todo. Las imágenes de las monjitas cosiendo mascarillas o de las enfermeras improvisando sus propias batas con bolsas de plástico parecían más propias de la autarquía y de las estrecheces de la España de la posguerra, cuando el motor de gasógeno trataba de suplir la escasez de petróleo. Sin embargo, había algo que no estaba improvisado. El Gobierno sí tenía un plan de propaganda que los pícaros de la Moncloa pusieron en marcha el primer día del estado de alarma. Lo primero fue una campaña de publicidad institucional: «Este virus, lo paramos juntos», divulgada masivamente por los medios de comunicación, intentando socializar la responsabilidad como si el Gobierno fuera uno más en la gestión de la pandemia y todo dependiera de la unidad. También entró en escena un Comité Técnico, presidido por el doctor Simón e integrado por los máximos responsables del Ejército, la Policía y la Guardia Civil, además de una directora de Transportes. Hasta el pasado sábado 25 de marzo siguieron compareciendo diariamente en rueda de prensa, dándose la paradoja de que las noticias sobre el número de contagiados o muertos, muchos días se despachaban en unos minutos, mientras los uniformados se explayaban sobre todas las modalidades de timos o el número de detenidos y multados por saltarse el confinamiento, llegando al absurdo de relatar como noticias relevantes que habían recuperado 30 kilos de naranjas robadas o que una pareja había sido sorprendida amándose dentro de un coche en Algeciras. Pero cumplían una función: ocultar o diluir la información sobre la tragedia sanitaria que estaba atravesando el país. Las naranjas o la entrega de comida a un anciano en un pueblo aislado servían para no hablar o hacerlo menos, por ejemplo del famoso «triaje», la selección de pacientes que hacían los médicos en los hospitales ante la falta de equipos sanitarios en función de las probabilidades que tuvieran de sobrevivir. Además, las preguntas enviadas a un chat por los periodistas eran seleccionadas por el secretario de Estado, quien les formulaba las cuestiones en muchos casos mutilando las preguntas o adaptándolas a las estrategias comunicativas del Gobierno.La rueda de prensa de los uniformados era sin embargo la primera de la jornada. Después seguían un carrusel de comparecencias de ministros, casi siempre en parejas, que soltaban un sermón, leían algo parecido a un pésame a los familiares de los muertos, repetían sus arengas y solo a veces daban alguna noticia. Con el Parlamento cerrado y la oposición marginada de los medios, durante muchos días el Gobierno fue la única voz del país, consiguiendo el objetivo buscado: marcar la agenda mediática y bombardear durante horas a las audiencias de televisión con sus consignas. Las preguntas a los ministros y al presidente del Gobierno también eran formuladas por el secretario de Estado, quien se metió tanto en su papel que incluía vídeos en las ruedas de prensa como si estuviera presentando un telediario en directo. Hasta el lunes 6 de abril -tres semanas después de decretarse el estado de alarma- los periodistas no pudieron preguntar directamente al Gobierno. Pero para recuperar ese elemental derecho constitucional fue necesario un denuncia por escrito y una rebelión contra el secretario de Estado, quien se resistió todo lo que pudo intentando enfrentar a los periodistas habituales de las ruedas de prensa de la Moncloa con los periféricos y otros medios marginal es como la radio de un pueblo de Toledo de 160 habitantes -‘La Buena Onda’- que se convirtió en omnipresente y se le concedió la misma presencia que a medios con audiencias millonarias.Para el presidente del Gobierno se reservaron los sábados. Era normal que compareciera en horarios de máxima audiencia, coincidiendo con los telediarios del mediodía o de la noche. Pero sus guionistas nunca acertaron. Nunca resultaron digeribles los burdos plagios de Churchill y Kennedy. Más que un líder carismático, Pedro Sánchez parecía un burócrata que leía un texto fabricado de retales cosido por los asesores de su gabinete, en el que mezclaba el consumo de internet con la apelación al sufrimiento y la resistencia. Ni mostraba ninguna empatía hacia los familiares de los fallecidos, ni admitía haberse equivocado en nada. Al contrario, presumía de que España había tomado decisiones antes que otros países europeos, al tiempo que exigía apoyo incondicional a la Unión Europea y a la propia oposición española.Esa ha sido precisamente la estrategia gubernamental de comunicación para enfrentarse a la crisis. No reconocer ni un solo error, exigirle a la oposición que apoye incondicionalmente y aplace la crítica, tapar a los miles de fallecidos, no responder a las preguntas imprescindibles, ocultar la falta de material sanitario para luchar contra el virus y sobre todo buscar un buen enemigo al que echarle la culpa, tanto en casa como en el mundo. Por ahí iba la pregunta de José Feliz Tezanos en el CIS sobre el control de los medios, pero también la orden del jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, el general José Manuel Santiago, para identificar bulos que generen «desafección a las instituciones del Gobierno». Fue lo que ayer mismo resumió Sánchez al final de su arenga televisiva: «los aliados del virus son el bulo, la división y el odio». O sea todos los que no acepten someterse sumisamente al relato exculpatorio y propagandístico de los alquimistas de Moncloa”

    Natalia Zuazo: Datos, dinero y poder

    https://www.perfil.com/noticias/domingo/datos-dinero-y-poder.phtml

    En 2007, la mitad del tráfico de internet se distribuía entre cientos de miles de sitios dispersos por el mundo. Siete años después, en 2014, esa misma cifra ya se había concentrado en 35 empresas. Sin embargo, el podio todavía estaba repartido, tal como venía sucediendo desde el gran despegue del cambio tecnológico en la década de los 70. Microsoft repartía su poder con IBM, Cisco o Hewlett-Packard. Google convivió con Yahoo!, con el buscador Altavista y con AOL. Antes de Facebook, MySpace tuvo su reinado. Antes de que Amazon tuviera una de las acciones más valiosas de la bolsa, eBay se quedaba con una buena parte de los ingresos del comercio electrónico. El Club de los Cinco ni siquiera estaba a salvo de que alguna startup, con un desarrollo innovador, le quitara su reinado. No obstante, en los últimos años, el negocio de la tecnología ubicó a esos cinco gigantes en un podio. Y nosotros –que les confiamos nuestro tiempo, nuestras costumbres y nuestros datos a estas empresas– contribuimos. Hoy ostentan un poder tan grande y concentrado que ponen en juego no solo el equilibrio del mercado, sino también las libertades y los derechos de las personas en cada rincón del mundo. La leyenda cuenta que el Club de los Cinco alguna vez fue un grupito de nerds que conectaban cables y escribían líneas de código en un garaje. En 1975, Bill Gates y Paul Allen trabajaron día y noche du­rante ocho semanas en el programa para la computadora personal Altair, que daría inicio a Microsoft y haría que Gates dejara la Universidad de Harvard a los 19 años para dedicarse a su nueva empresa en Seattle. En 1998, Larry Page y Sergei Brin desertaron de su posgrado en computación en Stanford para fundar Google en una cochera alquilada de Menlo Park, California, luego de publicar un artículo en el que senta­ban las bases de PageRank, el algoritmo que hoy ordena cada resultado de la web. En 2004, Mark Zuckerberg creó Facemash en su habitación de Harvard, el prototipo de Facebook, para conectar a los estudiantes de la universidad. Todos ellos hoy integran una superclase de millonarios que desde la torre de sus corporaciones miran al resto del mundo (incluso al del poder de los gobernantes, jueces y fiscales) con la calma de los inven­cibles. Desde sus aviones privados o sus oficinas con juegos, mascotas y pantallas donde exhiben su filantropía por los pobres, saben que con un minuto de sus acciones en la bolsa pueden pagar el bufete de abogados más caro de Nueva York o al financista que les resuelva en instantes un giro millonario a un paraíso fiscal. Lo curioso de esta historia es que el Club de los Cinco llegó a la cima sin violencia. No necesitó utilizar la fuerza, como otras superclases de la historia. Su dominio, en cambio, creció controlando piezas tan pe­queñas como datos y códigos. Luego, consolidó su feudo en los teléfonos móviles, internet, las “nubes” de servidores, el comercio electrónico y los algoritmos, y los llevó a otros territorios. Hoy las grandes plataformas tecnológicas son a su vez los monopo­lios que dominan el mundo. Unos pocos jugadores controlan gran parte de la actividad en cada sector. Google lidera las búsquedas, la publicidad y el aprendizaje automatizado. Facebook controla gran parte del merca­do de las noticias y la información. Amazon, el comercio en gran parte de Occidente, y está avanzando en producir y distribuir también sus propios productos. Uber no solo quiere intermediar y ganar dinero con cada viaje posible, sino que también busca convertirse en la empresa que transporte los bienes del futuro, incluso sin necesidad de conductores, a través de vehículos autónomos. De la tecnología al resto de nuestras vidas, estas empresas están comenzando a conquistar otras grandes industrias, como el transporte, el entretenimiento, las ventas minoristas a gran escala, la salud y las finanzas. En remera y con un ejército de relacionistas públicos difundiendo sus comunicados de prensa donde se declaran a favor del desarrollo de los más necesitados, hoy los Cinco Grandes dominan el mundo como antes lo hicieron las grandes potencias con Africa y Asia. La diferencia es que en nuestra era de tecno-imperialismo su superclase nos domina de una forma más eficiente. En vez de construir palacios y grandes murallas, se instala en oficinas abiertas llenas de luz en Silicon Valley. En vez de desplegar un ejército, suma poder con cada “me gusta”. En vez de trasladar sacerdotes y predicadores, se nutre del capitalismo del like –en palabras del filósofo surcoreano Byung-Chul Han–, la religión más poderosa de una época en la que nos creemos libres mientras cedemos voluntariamente cada dato de nuestra vida. Cien años después, vivimos un nuevo colonialismo. Frente al mapa de Africa colgado sobre el pizarrón, en los recreos de la escuela me preguntaba cómo podía ser que las líneas que separaban a los países fueran tan rectas. ¿Cómo podía ser tan perfecta la frontera diagonal entre Argelia y Níger? ¿Cómo formaban una cruz absoluta las perpendiculares que cortaban como una torta a Libia, Egipto y Sudán? ¿Cómo habían rediseñado un continente que sorteaba ríos y las civilizaciones antiguas y lo habían unido bajo la identidad de sus conquistadores? Entre 1876 y 1915, un puñado de potencias europeas se repartió el continente negro y el asiático. Reino Unido, Francia, Alema­nia, Italia, Bélgica, Países Bajos, Estados Unidos y Japón no dejaron ningún Estado independiente por fuera de Europa y América. Entre esos años, un cuarto del mundo quedó en manos de media docena de países. El avance fue exponencial: mientras que en 1800 las potencias occiden­tales poseían el 35% de la superficie terrestre, en 1914 contro­laban ya el 80%, donde vivía el 50% de la humanidad. Gracias a sus ventajas tecnológicas y a un aumento de su pro­ducción de bienes que necesitaban más consumidores, la conquista de nuevos territorios profundizó el antiguo colonialismo hacia un imperialismo que volvió a dejar de un lado a los fuertes y del otro a los débiles. Los “avanzados”, dueños de los flamantes motores de combustión interna, de grandes reservas de petróleo y de los ferroca­rriles, necesitaban de los “atrasados” poseedores de materias primas. El caucho del Congo tropical, el estaño de Asia, el cobre de Zaire y el oro y los diamantes de Sudáfrica se volvieron vitales para abastecer a las industrias del norte y su nuevo consumo de masas. A medida que avanzaban, también descubrían que esos mismos países podían ser compradores de sus alimentos. “¿Qué ocurriría si cada uno de los 300 millones de seres que viven en China compraran tan solo una caja de clavos?”, se preguntaban los comer­ciantes británicos de la época.“¿Qué ocurriría si cada habitante del planeta que todavía no tiene internet la tuviera y pudiera acceder a mi red social?”, fue la pregunta idéntica que en nuestra época se hizo Mark Zuckerberg, uno de los socios del Club de los Cinco, al lanzar el proyecto Internet.org (o Free Basics), que ofrece internet “gratuita” en países pobres a cambio de una conexión limitada donde está incluida su empresa Facebook. El reparto convirtió a las grandes potencias en monopolios que domi­naron durante décadas. Lo hicieron gracias a una ventaja tecnológica: habían llegado primero a nuevas industrias y avances militares. Pero también porque necesitaban más consumidores por fuera de sus territorios, donde la primera etapa de la Revolución Industrial producía más de lo que allí se necesitaba. La diplomacia y las conferencias internacionales luego resolverían las disputas. Las contiendas por los territorios, cada vez más duras, fueron más tarde uno de los factores del inicio de la Primera Guerra Mundial. Pero eso sucedía puertas adentro. Frente al mundo, cada imperio glorificaba sus dominios en los “pabellones coloniales” de las exposi­ciones internacionales, donde los hombres blancos mostraban su poder frente a sus súbditos, a los que exhibían en su exotismo, e incluso en su inferioridad, y a los que había que educar en los valores occidentales. En la Conferencia Geográfica Africana de 1876, en Bruselas, el empe­rador Leopoldo II de Bélgica dijo en su discurso: “Llevar la civilización a la única parte del globo donde aún no ha penetrado y desvanecer las tinieblas que todavía envuelven a poblaciones enteras es, me atrevería a decirlo, una Cruzada digna de esta Era del Progreso”. Desde la lite­ratura, escritores como Rudyard Kipling, nacido en el seno de la India imperial, se encargaron de dar apoyo e incluso de poetizar a la empresa expansionista, con narraciones donde las tribus nativas eran casi animales salvajes (“mitad demonios, mitad niños”) que el hombre blanco debía educar, sobreponiéndose al cansancio que significaba llevar esperanza a la “ignorancia salvaje”. Durante el dominio colonial reinaba el consenso: el camino del progreso era civilizar al resto del mundo desde Occidente, con su tec­nología y sus costumbres. Fue después de la Primera Guerra Mundial cuando se comenzó a cuestionar el horror humano y la desigualdad que había significado la etapa imperial. Solo Joseph Conrad –ucraniano nacionalizado inglés– se atrevió a revelar la oscuridad de las aventuras expansionistas mientras sucedían, tras vivir en primera persona la expe­riencia como marinero en una misión al Congo africano. En El corazón de las tinieblas, publicado en 1902, narró la brutalidad de las prácticas y la degradación de los hombres que las potencias enviaban a las colonias y que terminaban enloquecidos por una naturaleza que los abrumaba y las atrocidades que practicaban con los nativos. “Los hombres que vienen aquí deberían carecer de entrañas”, escribía en alusión a las palabras que había escuchado de boca de un general europeo. Del otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, la acumulación capitalista también avanzaba con su propio mito: el del “sueño america­no”. Con el dominio de la industria de la navegación, los ferrocarriles, el petróleo, el acero, la nueva energía eléctrica, los flamantes automó­viles, el crecimiento de las finanzas y los bancos, América también veía nacer un selecto club de nuevos supermillonarios. Cornelius Vanderbilt, John D. Rockefeller, Andrew Carnegie, J.P. Morgan y Henry Ford estaban transformando a Estados Unidos en un país moderno. Como recompensa, desde la segunda mitad del siglo XIX y hasta la primera mitad del XX acumularon tanta riqueza que todavía hoy se en­cuentran en la lista de las mayores fortunas de la historia. En esa misma nómina, actualizada anualmente por la revista Forbes, la mayoría de sus integrantes provienen de la era imperial y la Revolución Industrial. Desde entonces solo lograron sumarse al ranking algunos miembros del actual Club de los Cinco. Los protagonistas de esta “nueva revolu­ción” (que ellos llaman “la cuarta revolución”, la del “conocimiento”) tienen como líder a Bill Gates, el dueño de Microsoft, quien además ostenta el puesto de hombre más rico del mundo. Las similitudes entre las dos etapas son impactantes. En la edad del imperio, un puñado de naciones occidentales se repartió el control del mundo hasta dominar al 50% de la población. En nuestra época, el Club de los Cinco controla la mitad de nuestras acciones diarias. En ambos casos, la tecnología jugó un papel decisivo. La dife­rencia es que, en la era imperial, Europa y Estados Unidos controla­ban territorios y acopiaban oro. Hoy, la superclase tecno-dominante controla el oro de nuestra época: los datos. Cuantos más tienen, más poder concentran. Mientras que en la era imperial las potencias intentaron imponer una educación occidental en sus colonias y no lo lograron masivamente, en nuestra era el Club de los Cinco todavía domina con un consenso casi absoluto. En Africa y Asia, la gran masa de la población apenas mo­dificó su forma de vida: la “occidentalización” tuvo límites. Sin embargo, actualmente no hay habitante del mundo que no sueñe con un iPhone. Aún más, los grandes de la tecnología no solo dominan en sus productos, sino que también ganan dinero cada vez que pagamos con nuestros datos. Todos de alguna forma terminamos sometidos a ellos. Lo que permanece de una época a otra es la desigualdad. La dife­rencia entre unos pocos que tienen mucho y unos muchos que tienen muy poco es el denominador común. Hoy, ocho grandes millonarios concentran la misma riqueza que la mitad de la población del mundo. De esa cúpula, cuatro son dueños de empresas tecnológicas: Bill Gates de Microsoft, Jeff Bezos de Amazon, Mark Zuckerberg de Facebook y Larry Ellison de Oracle. Muy cerca de ellos están Larry Page y Sergei Brin de Google, Steve Ballmer de Microsoft, Jack Ma de Alibaba y Laurene Powell Jobs, viuda de Steve Jobs y heredera de Apple. “La tecnología no hace más que mejorarnos la vida”, leemos como mantra de la publicidad tecnooptimista. Es cierto: gracias a ella hacemos cosas como ir al supermercado desde la computadora, llevamos en la mochila una colección infinita de libros en un lector digital o tenemos del otro lado de la cámara a nuestro abuelo que vive lejos. También la tecnología aplicada a la salud mejoró la esperanza de vida de gran parte del planeta: en 2015 una persona vivía un promedio de 71 años, cinco años más que en 2000, el mayor salto desde 1960. Se mejoraron los niveles de supervivencia infantil, el control de enfermedades como la malaria, se amplió el acceso a las vacunas y descendió la tasa de muerte por enfermedades como el cáncer. Sin embargo, hay un problema que no mejoró sino que, por el con­trario, se profundizó: la desigualdad. Allí reside el gran dilema de nuestro tiempo: si la tecnología no sirve para que más personas vivan de un modo digno, entonces algo está fallando. Pero esto está empezando a cambiar. En los últimos años, distintas voces provenientes especialmente de Europa y de algunos centros académicos y grupos de activistas en todos los continentes han comenzando a alertar y tomar acciones respecto del gran poder concentrado de las compañías tecnológicas y su impacto en la desigualdad. El control de los datos por parte de Google, la poca transparencia de Facebook sobre el manejo de las noticias, los conflictos laborales y urbanísticos de Uber y el impacto comercial de gigantes como Amazon encendieron las primeras alarmas serias. El movimiento, no obstante, to­davía es lento y tiene grandes obstáculos. Internet: del progreso a la amenaza Desde los 90, cuando internet comenzó a expandirse masivamente en Estados Unidos y luego por el mundo, la acompañaron las metáforas del progreso. En esos años, Al Gore, vicepresidente de la administración de Bill Clinton, había bautizado a la red como una “autopista de la información”, una “supercarretera” que había que ayudar a desarrollar desde los gobiernos del mundo porque, a su vez, iba a llevar al progreso de los ciudadanos. La asociación era lineal: a mayor infraestructura, más co­nexiones, más comunicación, más libertad, más crecimiento económico. Casi veinte años después, esa idea no solo se repite sino que además es acompañada por la supuesta “democratización” que ofrecen las tec­nologías. “Utilizar el comercio electrónico es muy democratizador del lado del comprador y del vendedor”, dijo Marcos Galperín, el fundador de la empresa argentina MercadoLibre, a la periodista Martina Rúa. “La nube se está convirtiendo en el gran democratizador de los servicios de virtualización, big data e inteligencia artificial para todas las empresas”, según Larry Ellison, fundador de Oracle. “Con su plataforma Discover, Snapchat crea una relación más accesible entre marcas y consumidores, abrazando la democratización del mercado y la economía”, declaró Jeff Fromm, columnista de Forbes. Junto con la idea de la relación directa entre tecnología y democra­cia, hay otra que se repite: la “inevitabilidad” del progreso tecnológico. Su abanderado, el fundador de la revista Wired, Kevin Kelly, sostiene que “la tecnología es el acelerador de la humanidad” y que “a largo plazo, la tecnología la deciden los optimistas”. En su libro Lo inevitable, Kelly clasifica las tendencias del futuro y nos avisa que, queramos o no, van a ocurrir. “No significa que sea un destino, pero sí que vamos en ese camino”, que al final es una gran matrix global donde todos estaremos conectados (y monitoreados). Pero él, optimista, está convencido de que nos hace un favor: tenemos que saber que esto va a ocurrir –dice– para ver cómo hacemos para enfrentarlo. Leer a Kelly sin contexto (sin pensar en la historia, la economía y la política) casi nos hace agradecerle por iluminarnos hacia el patíbulo. Pero también puede hacernos reaccionar en el sentido contrario: ¿qué pasa si entendemos esta era de tanta concentración tecnológica como una de las caras de la desigualdad? Nos dijeron que internet nos daría más libertad, pero estamos cada vez más controlados. La red promete convertirnos a todos en empren­dedores exitosos, pero hay ocho personas en el mundo que tienen la misma cantidad de riqueza que la mitad de la humanidad. Todavía hay un 57% del mundo sin conexión. (…) En este neoimperialismo tecnológico que hoy domina nuestra vida hay tres fuerzas que se combinan. La primera es económica, con plataformas tecnológicas que se ali­mentan de un capital financiero, que genera cada vez más desigualdad. La segunda es cultural, en forma de la fe del tecnooptimismo. La tercera es política, y sostiene que el Estado ya no tiene nada que hacer para definir nuestro futuro tecnológico, sino que de eso se tiene que encargar una nueva “clase”, los emprendedores, con su propio talento innovador, en un mundo que se guía por la meritocracia.”

     

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