• UN LIBRO DE ENRIQUE KRAUZE SOBRE EL  MÉXICO DE LÓPEZ OBRADOR; OTRO DE FERNANDO EGUIDAZU  SOBRE LA BATALLA DEL CABO SAN VICENTE CON INGLATERRA;   OTRO DE JORDI CANAL  SOBRE EL PROCÉS CATALÁN   ;  OTRO DE JORGE  TRÍAS SOBRE LA CORRUPCIÓN EN EL PP  Y  OTRO DE SANCHEZ CUENCA SOBRE LA “PRESUNTA” SUPERIORIDAD MORAL DE LA IZQUIERDA POLÍTICA

    Enrique Krauze: En un libro de aparición reciente titulado El pueblo soy yo me propuse esclarecer las raíces históricas (digamos que el ADN) del caudillismo populista. Su proliferación parte de agravios de toda índole, reales y dolorosos: la desigualdad, la pobreza, la marginación, la impunidad, la inseguridad y, desde luego, la corrupción de los partidos políticos. A estas explicaciones he querido aunar otra, de índole cultural, que discurrió hace más de medio siglo el historiador estadounidense Richard M. Morse (1922-2001) en su libro El espejo de Próspero.

    https://www.nytimes.com/es/2018/05/27/opinion-krauze-caudillo-america-latina/?emc=edit_bn_20180628&nl=boletin&nlid=8622463020180628&te=1

    “Asistimos ahora a un nuevo ciclo, tal vez decisivo, del caudillismo populista. El carisma personal de López Obrador alcanza tonos mesiánicos, no solo en la gente que se le acerca como a un rey taumaturgo que cura y salva, sino en él mismo, que ha dicho: “El corazón de Jesús está conmigo”. Este aliento redentor, aunado a una oferta que recuerda al antiguo patrimonialismo del PRI, instaurará, con toda probabilidad, un régimen que —al margen de sus éxitos o fracasos en el ámbito económico y social— buscará ser la “la fuente de energía” y “el centro patrimonial”. En consecuencia, comenzará por dominar al Congreso para de allí modificar la Constitución, alterar a su favor la naturaleza del Poder Judicial, limitar o anular la autonomía de instituciones clave (financieras, electorales, de transparencia, de competitividad) y acotar la libertad de expresión. No está claro si las instituciones y las voces de la libertad resistirán el embate.Estados Unidos nunca ha ayudado al desarrollo de las democracias en México y América Latina; más bien las ha obstaculizado al apoyar tiranías oprobiosas. Pero alguna vez fue un faro al que los demócratas y liberales del continente podían voltear. No más. Ahora nuestro vecino del norte ha contraído un mal específicamente nuestro: hay un caudillo populista en la Casa Blanca. Así de poderoso es el paradigma.”

    Fernando Eguidazu : No es sólo que la Historia de España se conozca poco y mal. Es que ni siquiera se juzga de forma ecuánime. Las grandes hazañas navales de España frente  Inglaterra: La captura del doble convoy en el Cabo San Vicente

    https://www.revistadelibros.com/discusion/ajustando-cuentas-con-la-perfida-albion

    “Los tiempos que corren no son especialmente buenos para el estudio de la Historia de España. O mejor, diríamos, para el conocimiento de la Historia de España. Si alguna vez lo fueron, en la actualidad la fragmentación educativa producto del modelo autonómico lo ha hecho más difícil. Me temo que nuestros niños estudian hoy Historia de Murcia, Aragón, Valencia o Cataluña más que Historia de España, y no acierto a ver el día en que tal situación vaya a corregirse.El resultado es una ignorancia preocupante. Hace algunos años, en casa de unos amigos en Mallorca, y conversando sobre una próxima excursión a la isla de Cabrera, se me ocurrió comentar que en ella estuvieron internados los prisioneros franceses de la batalla de Bailén. Ante la cara de desconcierto de los hijos de mis anfitriones –jovencitos pijos a los que se les supondría una esmerada educación–, no se me ocurrió cosa mejor que preguntarles con sorna si acaso no sabían qué batalla fue esa. Y, en efecto, no lo sabían. Nunca habían oído hablar de ella. Mi estupor fue tal que no atiné a seguir con el tema. No sé si aquellos jovenzuelos eran especialmente brutos o si ese es el nivel general de conocimientos históricos de nuestra juventud, aunque más bien tiendo a pensar lo segundo. Y la cosa es grave, porque difícilmente puede pedirse cohesión y sentido cívico a un pueblo que desconoce olímpicamente su pasado.España es una nación vieja, con una historia larga y que ha tenido, además, un pasado imperial excepcionalmente largo –nada menos que tres siglos−, mucho más que, por ejemplo, el glorificado Imperio Británico, que apenas alcanzó los cien años de historia1. Enfrentados a su pasado imperial, los británicos practican sin pudor el arte del ditirambo. Desde su más tierna infancia, los niños británicos reciben cumplida explicación de su gloriosa historia, de su larga sucesión de victorias, y de la forma en que, uno tras otro, sus enemigos han ido mordiendo el polvo. En otros países no encontramos tan acusado narcisismo, pero todos o casi todos, de una u otra forma, en mayor o menor medida, han procurado y procuran inculcar a sus nuevas generaciones una visión positiva, incluso admirable, del país en que les ha tocado nacer. Qué vamos a decir de Francia, siempre encantada de conocerse. O de los Estados Unidos del destino manifiesto, inventores de la democracia. Incluso la Rusia de Vladímir Putin se las ha arreglado para aunar, en sorprendente maridaje, las glorias imperiales de su pasado zarista con las del gigante soviético.En ese contexto, cabe pensar que España es una anomalía. No es sólo que la Historia de España se conozca poco y mal. Es que ni siquiera se juzga de forma ecuánime. Para una parte importante de los españoles, nuestra historia es más motivo de incomodidad, e incluso de sonrojo, que de orgullo. Parece que, para cierta izquierda española, la historia de España merece un juicio negativo: la Edad Media, una agresión injusta de unos reinos cristianos incultos y bárbaros contra un al-Andalus culto, refinado y tolerante. Los Reyes Católicos, los culpables de la expulsión de los judíos y de la Inquisición. La conquista de América, un genocidio. El Imperio español, una cosa cutre, inculta, intolerante y siniestra. Y así sucesivamente.Posiblemente, en esta autoflagelación de nuestra izquierda debiéramos ver una reacción comprensible ante la ramplona exaltación de las glorias imperiales españolas en tiempos de Franco: incluso el yugo y las flechas venían en el escudo de los Reyes Católicos, ya es mala suerte. Pero la explicación de nuestra baja autoestima viene de más atrás. Del desánimo provocado por el desastre de 1898 («La historia de España es una historia triste porque termina mal»; «Cerremos con siete llaves el sepulcro del Cid». ¿Recuerdan?). E incluso antes, de los aires franceses traídos por los Borbones en el siglo XVIII y del desprecio hacia nuestro país y su cultura (o mejor dicho, su incultura) expresado, y difundido, por Voltaire y la Ilustración, tontamente asumido por nosotros mismos.Entendámonos. No se trata de adoptar posturas chovinistas, ni de proponer visiones grandiosas de una España über alles. Eso parece cosa de ingleses y franceses, que tan bien se venden. Nuestra historia, como todas, tiene luces y sombras, episodios que son motivo de orgullo y otros de los que debemos arrepentirnos. Se trata entonces de asumir nuestro pasado como es. Aceptar sus partes negativas, sí, pero reconocer también las positivas. Porque, si en los años de la dictadura se prestó una atención exagerada a las segundas, parece que hoy son muchos los que tan solo ven las primeras. Personalmente, pienso que nuestras luces son claramente superiores a nuestras sombras, y me complace intuir que en los últimos tiempos está renaciendo un cierto patriotismo, cuyo exponente más ostensible es la reacción al desafío independentista catalán. E incluso antes de ese órdago, el espectacular éxito del libro de María Elvira Roca Barea podría interpretarse como una reacción de autoestima colectiva ante tanto derrotismo.Sirva esta larga diatriba como prólogo a unos comentarios sobre el tratamiento que nuestros libros de Historia han venido dando a determinados aspectos de la historia de España. Concretamente, a nuestra secular rivalidad con la Gran Bretaña. Rivalidad, por cierto, de insólita duración: prácticamente la misma que la del propio Imperio español. Y ello no es mera coincidencia, por cuanto tal rivalidad, explicitada en una lucha a muerte por el dominio de los mares, puede explicarse como el reiterado intento de Inglaterra por despojar a España de su imperio.De la educación durante el franquismo podrán decirse muchas cosas, pero no que fuese sospechosa de minimizar nuestras glorias imperiales. Mi generación creció sabiendo de memoria la historia de la Reconquista, del descubrimiento de América, del imperio de los Austrias donde no se ponía el sol, y de la Guerra de Independencia. En esa larga historia bélica, los malos eran el moro y el gabacho, y a ambos les daba España cumplida derrota. De milagro conservo el texto de Historia de España de mis años de bachillerato2, y recientemente decidí darle un repaso. En él se relata nuestra larga lucha contra el islam, que culminaba con la conquista de Granada (y, décadas después, la victoria de Lepanto), y nuestra no menos larga historia de rivalidad con Francia, plagada de victorias españolas (Pavía, San Quintín) que culminaba con la batalla de Bailén y la derrota y expulsión del invasor en la Guerra de Independencia.¿Y qué pasa con nuestras guerras con Inglaterra? Pues algo sorprendente. En mi libro del bachillerato, la historia de esta larga rivalidad se iniciaba con el desastre de la Armada Invencible, y se cerraba con la derrota de Trafalgar. Nada entre medias, y eso que el período no fue precisamente corto. Por decirlo de forma simple, parece que nuestros libros de texto (no ya los de ahora, sino incluso los del franquismo, como acabo de exponer), si bien narran nuestra secular rivalidad con moros y franceses en clave de victoria, asumen, en cambio, nuestra igualmente secular rivalidad con los ingleses en clave de derrota. Inglaterra nos ganó, y no hay más que hablar. Perdón por insistir en mi texto del bachillerato, pero esto es lo único que dice sobre la larga pugna naval entre España e Inglaterra a lo largo del siglo XVIII: «En el curso de la misma nuestra escuadra fue repetidamente batida». Línea y media: eso es todo.Si echamos un vistazo a los libros ingleses de Historia (y he leído unos cuantos), veremos que en ellos la crónica del siglo XVIII es la de una sucesión ininterrumpida de victorias navales, de flotas españolas capturadas, barcos españoles hundidos y ciudades españolas saqueadas. Y uno se pregunta cómo es posible que, siendo así las cosas, el Imperio español pudiera sobrevivir. Cómo es posible que una tal Inglaterra invicta no fuera capaz de arrebatar a España sus inmensos territorios americanos. Cómo es posible que, después de dos siglos de victorias ininterrumpidas, los británicos no lograran más magro botín que Jamaica, Belice, Guyana y un puñado de islas caribeñas. La respuesta es evidente: las cosas no fueron como nos las pintan. Los ingleses obtuvieron contundentes victorias, sí, pero también sufrieron aplastantes derrotas, sólo que estas últimas no las cuentan. Sus libros de Historia las omiten cuidadosamente. Y como los anglosajones dominan la historiografía mundial, tan mendaz visión de la Historia es la que parece haberse impuesto por doquier.Es comprensible este empeño en ocultar las derrotas. Algunas de ellas fueron realmente aplastantes, y puede hasta cierto punto entenderse que una nación tan arrogante y prepotente como la pérfida Albión procure esconderlas. Lo verdaderamente sorprendente es que nosotros también hayamos caído en la trampa, y que tampoco en nuestros libros de texto encontremos apenas referencia alguna a nuestras grandes victorias. Por supuesto, siempre podemos recurrir a la monumental (nueve tomos) Armada Española de Cesáreo Fernández Duro (Madrid, Rivadeneyra, 1895-1903), pero es esta una obra ya muy antigua y de difícil acceso para el gran público. E incluso tan magna obra dedica un espacio incomprensiblemente escaso a estos triunfos españoles sobre la marina inglesa, como luego veremos. También, es cierto, la Revista de Historia Naval ha dedicado artículos a todos los episodios recogidos en estas páginas, pero no es que esta revista sea precisamente un best-seller, de forma que los hechos descritos no han logrado trascender al gran público ni, ¡ay!, a los textos escolares.Decía antes que la larga lucha de España e Inglaterra por la hegemonía naval se inicia de alguna forma (es así en el imaginario colectivo) con el desastre de la Felicísima Armada, tontamente titulada, en nuestros días, en nuestros pagos, como «Armada Invencible» (los ingleses la llaman sencillamente «Spanish Armada»). Sobre este triste episodio se han escrito centenares de libros. No hay niño inglés (ni español) que no lo conozca, adornado, además, con toda suerte de matices fantasiosos que realzan el valor de la victoria inglesa. Como la inventada bravata de Drake jugando a los bolos: «Tengo tiempo de sobra para terminar la partida y derrotar a los españoles».El fracaso de la Empresa de Inglaterra (como se denominó la expedición) fue un duro varapalo, sin duda alguna. En el lance se perdieron treinta y cinco buques de un total de ciento treinta y uno, y perecieron cerca de diez mil hombres de un total de alrededor de veintinueve mil, entre ellos la flor y nata de nuestros grandes marinos (Juan Martínez de Recalde, Miguel de Oquendo, Alonso de Leyva). Durante un tiempo, España quedó fuera de combate en el mar, aunque no esté de más recordar que los ingleses perdieron, por su parte, entre bajas y epidemias, unos nueve mil soldados.En años posteriores, los ingleses obtuvieron otras victorias. En 1596, una flota anglo-holandesa de ciento veintinueve buques con doce mil hombres, al mando del conde de Essex, asaltó Cádiz, causando enormes daños y capturando un cuantioso botín3. Y hubo otros triunfos menores, aparte de los saqueos y devastaciones de piratas y corsarios en el Caribe. Pero los reveses ingleses no fueron menos notables, y se iniciaron en 1589, tan solo unos meses después del desastre de la Invencible. En tal fecha los ingleses, aprovechando la indefensión española, lanzaron sobre nosotros una flota mayor aún que la nuestra del año anterior. La formaban unos ciento setenta buques con alrededor veintitrés mil hombres, bajo el mando de John Norris y Francis Drake. Su propósito era destruir los buques supervivientes de la Invencible surtos en los puertos del norte de la Península, tomar Lisboa, sublevar a Portugal contra Felipe II y luego, de paso, capturar la Flota de Indias. En suma, infligir a España un golpe demoledor en un momento en que esta se encontraba casi indefensa en la mar. Pero esta «Contra-Armada», como algunos historiadores la llaman, cosechó un estrepitoso fracaso.La primera derrota se produjo en La Coruña, que Drake había decidido atacar (ante los rumores de grandes tesoros) en lugar de Santander, que era el objetivo marcado por la reina, y donde estaban surtos buena parte de los buques de la Gran Armada. Este ataque fracasó. Los ingleses no consiguieron tomar la ciudad amurallada (en su defensa se lució María Pita), y cosecharon mil trescientas bajas. De allí se trasladaron a Lisboa, en cuyas cercanías desembarcaron un fuerte contingente de diez mil hombres. Pero este ataque fracasó igualmente. Las tropas desembarcadas fueron masacradas, los buques de Drake no supieron apoyarlas y, finalmente, la flota inglesa hubo de retirarse ignominiosamente, perseguida por las galeras de Martín de Padilla después de perder entre nueve mil y doce mil hombres (según las fuentes) y unos veintidós barcos. Fue una de las mayores derrotas en la historia naval de Inglaterra, si no la mayor. Y explica, por cierto, por qué el desastre de la Invencible no tuvo las consecuencias que lógicamente hubiera debido tener en términos de devastación de las costas españolas y saqueo, e incluso conquista, de las posesiones españolas en América, cosa que los textos ingleses se abstienen de explicar. De hecho, las consecuencias del desastre de la Contra-Armada fueron muy negativas para el poder naval inglés. Cierto que pudieron seguir armando expediciones contra los asentamientos españoles, pero el puesto que ocupaban como principal rival de España en los mares fue ocupado por los holandeses4. Habría que esperar a las guerras angloholandesas del período 1652-16745 para que la Marina británica se erigiera en potencia naval dominante.Poco o nada puede leerse del episodio de la Contra-Armada en los libros de historia ingleses, y es comprensible. Se entiende que les guste olvidarlo. Pero, para nuestro sonrojo, tampoco se ocupan de él los libros de texto españoles. Y eso se entiende menos. Sólo en fecha reciente hemos empezado a espabilar y podemos contar ya con alguna obra que cuente la historia. Tal es el caso del libro de Contra Armada, de Luis Gorochategui (Madrid, Ministerio de Defensa, 2011). Y hay algunos libros más, aunque ni de lejos con la proyección y trascendencia que el asunto merece.Tampoco se conocen en nuestro país otros fracasos ingleses6, como la desastrosa expedición de John Hawkins y Francis Drake al Caribe de 1595 (veintiocho buques con unos cuatro mil quinientos hombres, la más grande expedición enviada hasta entonces contra las posesiones españolas), en la que, tras fracasar sus ataques a Las Palmas, Puerto Rico y el istmo de Panamá, perecieron ambos, y de la que apenas regresaron ocho buques con sus tripulaciones diezmadas. O como el combate de la isla de Flores en las Azores (1591), en el que una flota inglesa al mando de Thomas Howard fue derrotada por la de Alonso de Bazán7. Sin olvidar la incursión de la flotilla de Carlos de Amézola sobre las costas inglesas de Cornualles, en las que saqueó y destruyó varios pueblos. No es que fuera una gran victoria, pero desmiente la leyenda de que las costas inglesas eran poco menos que inaccesibles y que los ingleses fueran los únicos capaces de hacer incursiones en tierra enemiga (y no fue este el único episodio de saqueo de las costas inglesas)8.Sobre todos estos episodios poco conocidos, y otros más igualmente ignorados, empezamos a contar ya con algunos libros que, sin grandes pretensiones académicas, van sacándolos a la luz para deshacer el mito de la invencibilidad inglesa y mostrar la realidad. El más divertido y gratificante, sin duda, es el de Álvaro van den Brule, titulado, sin complejos, Inglaterra derrotada. No es que destaque especialmente por su erudición histórica –es una obra de pura divulgación– ni por su valor literario, pero sí por su pasión, casi diríamos su vehemencia, que se manifiesta en el mismo título y que se evidencia a lo largo del texto, por su encomiable propósito de cantar unas cuantas verdades, desnudar las vergüenzas de los ingleses, apuntalar nuestra autoestima y dar a conocer a sus lectores unos cuantos episodios hasta ahora ocultados, o casi, de las guerras hispanoinglesas. Álvaro van den Brule es un historiador vocacional que, desde un periódico digital, viene contando y divulgando momentos y personajes de la Historia de España con loable pasión y empeño. Su libro es un chute de patriotismo que, en estos tiempos que corren, se hace notar.En esta misma línea de rescatar episodios incomprensiblemente olvidados se inscribe también la obra de Agustín Ramón Rodríguez González, también de título explícito, Victorias por mar de los españoles, a la que luego tendremos ocasión de referirnos. Y añadamos, siguiendo con la vena patriótico-reivindicativa, la de Jesús Rojo Pinilla, titulada nada menos que Cuando éramos invencibles. Hay otros libros a citar, como los de Mariano González-Arnao (Derrota y muerte de sir Francis Drake, Santiago de Compostela, Xunta de Galicia, 1995) y Agustín Ramón Rodríguez González (Mitos desvelados. Drake y la Invencible, Madrid, Sekotia, 2011), ambos de mayor enjundia histórica que los mencionados anteriormente, o el breve de Rubén Sáez Abad (La guerra anglo-española, 1585-1604, Madrid, Almena, 2016).El largo duelo entre la Inglaterra isabelina y la España de Felipe II terminó con el tratado de paz de Londres de 1604, ya desaparecidos ambos monarcas, y concluyó más o menos en tablas, en contra de la pretensión de los textos patrióticos ingleses de que vino a marcar el comienzo del declive español y el despegue del poder naval británico. Así, el siglo XVII vio nuevos enfrentamientos entre ambos países, de nuevo con vaivenes de fortuna. Si bien los ingleses se apuntaron tantos no despreciables, también se llevaron lo suyo. Como ejemplo de esto último, recordemos que, en 1625, una poderosa flota anglo-holandesa de ciento doce buques con diecisiete mil hombres, al mando de sir Edward Cecil, atacó Cádiz con el evidente propósito de repetir el éxito de Essex en 1596. Pero, en este caso, el resultado fue un desastre sin paliativos: la flota atacante fue rechazada, perdiendo sesenta y dos buques y más de siete mil hombres, es decir, la mitad de sus efectivos.No es mi intención hacer inventario de los numerosísimos enfrentamientos entre las marinas inglesa y española a lo largo de estos años. Se trata sólo de aclarar que hubo de todo: victorias y derrotas. Es cierto que el reinado del último Austria fue de gran debilidad militar por parte de España, tanto en la mar como en tierra (los años 1650 a 1700 fueron los del apogeo de la piratería en el Caribe), y que Inglaterra, luego de sus devastadoras guerras con Holanda, emergió en el siglo XVIII como la potencia naval dominante, pero ello no debe hacernos comulgar con la leyenda de una Gran Bretaña invicta. Y este último comentario es especialmente oportuno en lo que respecta a la historia del siglo XVIII. Quien se interese por la larga pugna entre España, Francia e Inglaterra por el dominio de los mares a lo largo de este siglo cuenta con abundante bibliografía. En lo que respecta a la marina española, hay unos cuantos libros sobre la política de rearme naval de los Borbones españoles y los planes de José Patiño, José Antonio de Gaztañeta y el marqués de la Ensenada9. Pero de nuevo nos encontramos con un hecho asombroso. Se expone en nuestros libros de texto el rumbo negativo de las guerras con Inglaterra (en buena parte resultantes de los compromisos debidos a los Pactos de Familia con Francia), y no faltan citas de, por ejemplo, los episodios desafortunados de la Guerra del Asiento, o «guerra de la oreja de Jenkins» (1739-1748), como los ataques a La Habana de 1739 y 1748 o la incursión del comodoro George Anson por el Pacífico (1740-1744). Pero nada se dice del episodio más importante de aquella guerra, que se saldó, precisamente, con una aplastante derrota británica. Me refiero al ataque a Cartagena de Indias de 1741.Es este un episodio de importancia difícil de exagerar. Con el objetivo de tomar la plaza y partir en dos el imperio español en América, los ingleses movilizaron la mayor flota de guerra que jamás había cruzado el Atlántico hasta entonces: ciento ochenta y seis barcos con un total de once mil soldados y doce mil quinientos marineros. De haber conseguido su propósito, es muy posible que una buena parte del imperio español en América hubiera caído en manos inglesas. Frente a esta descomunal fuerza, el defensor de la plaza, Blas de Lezo, no contaba sino con una exigua fuerza de unos tres mil hombres y seis navíos. Aparte, claro está, de unas importantes defensas y una clara estrategia. Cartagena estaba defendida por una estupenda geografía: para acceder por el sur a la bahía de la ciudad, una flota atacante tenía que rebasar otras dos bahías, bien fortificadas en sus respectivas entradas, mientras que el acceso por el norte estaba impedido por un terreno cenagoso. La enconada resistencia española en cada paso de acceso consiguió entorpecer y retrasar el avance inglés, dando tiempo a que las enfermedades tropicales hicieran estragos en la fuerza atacante10. No es cuestión aquí de describir con detalle la apasionante gesta de la defensa de Cartagena de Indias: invito al lector a que disfrute de ella en alguno de los libros que más abajo cito.El asalto a la plaza, que Edward Vernon suponía que sería cuestión de días, duró dos meses. En su transcurso, el vómito negro diezmó sus tropas. Y los ingleses, en su camino hacia la ciudad que pretendían tomar, se encontraron frente al fuerte de San Felipe de Barajas, en el que Blas de Lezo había concentrado sus fuerzas. El asalto al fuerte por parte de los británicos fue rechazado, y el contraataque español les puso en fuga, con unas pérdidas de mil quinientos hombres. Tan rotunda derrota, unida a las bajas anteriores, convencieron a Vernon de que el ataque había fracasado, y que no tenía ya ni las tropas ni el ánimo suficiente para seguir intentándolo. Los ingleses habían perdido varios buques y entre nueve mil y once mil hombres nada menos (las pérdidas españolas no pasaron de los seiscientos). El 8 de mayo, la flota inglesa abandonó la bahía de Cartagena11. Fue una de las mayores derrotas británicas de su historia. Para más ridículo, ante las optimistas noticias del almirante Vernon sobre una inminente caída de la plaza, los británicos habían acuñado monedas en las que un Blass [sic] de Lezo, de rodillas, entregaba las llaves de la ciudad a un triunfante Vernon. Monedas que, obviamente, hubo que retirar a toda prisa. Parece ser –así se afirma en algunas fuentes– que el humillado monarca inglés ordenó que la catástrofe no se mencionase nunca más, ni se recogiese en libro alguno, cosa que, en cualquier caso, los historiadores británicos habrían de cumplir escrupulosamente.Que los ingleses decidiesen echar tierra sobre aquella hiriente derrota puede entenderse, y a ciencia cierta que lo lograron. Es raro el libro de historia británico que, caso de citarla, le dedique más de unas pocas líneas o, a lo sumo, unos breves párrafos. Pero clama el cielo que lo mismo hayamos hecho nosotros. Incluso el propio Cesáreo Fernández Duro lo despacha en apenas cinco páginas12. En mi citado libro de bachillerato, la defensa de Cartagena de Indias ni se menciona. Y sólo en fecha recientísima Blas de Lezo ha tenido en Madrid la estatua que se merece13.Sobre este brillante hecho de armas el lector dispone hoy, por fin, de unos cuantos libros recientes, todos ellos de carácter marcadamente divulgativo (y buena falta que hace), como los de José Manuel Rodríguez (El almirante Blas de Lezo, el vasco que salvó al imperio español, Barcelona, Áltera, 2008), José Antonio Crespo-Francés (Blas de Lezo y la defensa heroica de Cartagena de Indias, San Sebastián de los Reyes, Actas, 2014), Gonzalo M. Quintero Saravia (Don Blas de Lezo, Madrid, Edaf, 2016), Pablo Victoria (El día que España derrotó a Inglaterra, Barcelona, Áltera, 2005) o Rubén Sáez Abad (La guerra del Asiento o de la oreja de Jenkins, 1739-1748, Madrid, Almena, 2010)14.A ese episodio siguieron otras dos guerras contra el inglés: la desastrosa de 1762-1764, en la que España sufrió dos catástrofes (la toma de La Habana en 1762 y la de Manila el mismo año), y la de 1779-1783, en la que se registraron triunfos y reveses para nuestra Armada, pero que se saldó en términos muy favorables a España. Y fue en el contexto de esta última guerra cuando se produjo otra victoria naval española de igual o mayor contundencia que la de Cartagena de Indias, y más inexplicablemente olvidada si cabe.Corría el año 1780 y el telón de fondo era la guerra de independencia de las colonias americanas, en apoyo de las cuales España y Francia habían declarado la guerra a Gran Bretaña. En agosto de ese año zarpó de Inglaterra un convoy de cincuenta y cinco buques que transportaban un enorme cargamento de armas, pertrechos y caudales con destino a los ejércitos británicos que combatían en América y en la India. El propósito de este doble convoy era dividirse a la altura de las Azores para dirigirse cada uno a su destino. El convoy partió de Portsmouth a principios de agosto. Hasta la altura de Galicia fue escoltado por la escuadra del Canal, pero más allá, y siguiendo las órdenes del Almirantazgo, que no se atrevía a desguarnecer las costas británicas, la protección del convoy quedó encomendada a una flotilla compuesta por sólo un navío y dos fragatas. Navegando lejos de la costa y de las rutas comerciales tradicionales, el convoy esperaba eludir el peligro. Pero los eficientes servicios de espionaje españoles pudieron averiguar la salida y posible ruta del convoy. Y con esta información, el conde de Floridablanca dio orden al almirante Luis de Córdova de partir con su escuadra para interceptarlo y capturarlo15.La escuadra española, reforzada por un escuadrón naval francés16, logró avistar el convoy en la madrugada del 9 de agosto a sesenta millas del Cabo de San Vicente. Los navíos de escolta de la invencible Royal Navy se dieron heroicamente a la fuga, lo que permitió a la escuadra española organizar la cacería de los mercantes. Algunos de ellos estaban fuertemente artillados, pero tampoco ofrecieron resistencia. En el curso del día, Córdova capturó cincuenta y dos buques, es decir, la práctica totalidad del convoy.El botín fue inmenso: aparte de los propios buques (bastantes de los cuales pasaron a integrarse en la Armada española) se capturaron ochenta mil mosquetes, doscientos noventa y cuatro cañones, tres mil barriles de pólvora, ropas y pertrechos para equipar doce regimientos, efectos navales y un millón de libras en oro, amén de casi tres mil prisioneros. En conjunto, el valor de lo capturado alcanzó los 1,6 millones de libras de la época, la mayor presa naval en toda la historia de cualquiera de los dos países, bastante mayor que las logradas por las tan jaleadas expediciones de Francis Drake al Caribe de 1585 y de George Anson al Pacífico de 1744. No creo ser mal pensado si supongo que, de haber sido las cosas al revés, convoy español y captor inglés, ahora tendríamos varias decenas de libros cantando el suceso.Cabe suponer que esta captura tendría consecuencias en la evolución de la guerra de independencia americana, al privar a las fuerzas británicas de pagas, armas y pertrechos. Cayó, desde luego, como una bomba en Londres, donde provocó una grave crisis financiera17. Asombra que un hecho de tal importancia esté prácticamente ausente de nuestros libros de historia, con la consecuencia de que sea totalmente desconocido en nuestro país, incluso entre personas que son buenas conocedoras de nuestra historia. Le dedican sendos capítulos Álvaro van den Brule y Agustín Ramón Rodríguez González en sus libros citados más arriba, este último con el atinado título de «un día aciago para la marina británica», y también se ocupa algo de él David Casado en La marina ilustrada (Madrid, Antígona/Ministerio de Defensa, 2009). Por su parte, Cesáreo Fernández Duro lo despacha en apenas una página18. Y poco más. No es mucho para tan notable suceso.Todos sabemos cómo terminó la pugna hispano-británica por el dominio oceánico: Trafalgar (1805) significó el final de la Armada española, que nunca más volvió a desempeñar un papel relevante en los mares. El imperio español desapareció (aunque no por la acción de nuestros enemigos) en los comienzos del siglo XIX, y España se adentró en un largo período de irrelevancia, aislamiento y guerras civiles. En cambio, Inglaterra, dueña ya absoluta de los mares, inició su escalada imperial («Rule Britannia, Britannia rule the waves»). Nuestro enfrentamiento secular con la pérfida Albión terminó, por tanto, en derrota, y ello puede explicar un sentimiento de frustración que nos lleve a orillar su estudio, sobre todo si tenemos una historia tan rica como la nuestra y podemos alardear de otros enemigos vencidos. Pero que ese largo duelo de más de dos siglos terminase mal no implica que debamos comulgar con ruedas de molino y abandonarnos a una historia mendaz construida por los británicos a mayor gloria suya en la que siempre, en todo tiempo y lugar, ganaban ellos.Si es comprensible que a los niños británicos les llenen la cabeza con las glorias de la derrota de la Spanish Armada y de la batalla de Trafalgar, parecería razonable que los nuestros conocieran al menos los tres episodios antes mencionados, en los que España infligió a los ingleses tres sonoras derrotas: la Contra-Armada, la defensa de Cartagena de Indias y la captura del doble convoy. Fueron tres victorias memorables que tuvieron importantes consecuencias: la primera privó a los ingleses de la ventaja estratégica conseguida con el fracaso de la Felicísima Armada; la segunda alejó para siempre el peligro de que los ingleses pudieran hacerse con nuestro imperio americano19; y la tercera contribuyó sin duda a la victoria de los norteamericanos en su guerra de independencia. Cualquier país que hubiera logrado tan sonoras victorias las habría celebrado profusamente, sin duda, en sus libros de texto y habría procurado que fueran sobradamente conocidas por las nuevas generaciones”

     

     

    Rafael Nuñez reseña el libro de Jordi Cana, l Con permiso de Kafka. El proceso independentista en Cataluña

    https://www.revistadelibros.com/articulos/kafka-en-cataluna

    “«El proceso resulta aparentemente incomprensible y una inagotable fuente de sorpresas e incredulidad. […] A pesar de estar viviendo en un Estado de derecho, en paz y con todas las leyes en vigor, el proceso se desencadena fatalmente». ¿Estamos hablando de Cataluña y el proceso catalán? ¡No, por favor, no sean suspicaces! Jordi Canal está haciendo una breve glosa de una de las obras maestras de Franz Kafka titulada como ustedes saben ‒¡también es coincidencia!‒ El proceso. Escrita entre agosto de 1914 y enero de 1915, en un mundo que literalmente se desmoronaba –los inicios de la Gran Guerra‒, permaneció inédita hasta la muerte del autor, siendo publicada póstumamente en 1925. Todos hemos sufrido y sentido la angustia de Josef K, no tanto por lo que le pasa como por no entender cabalmente todo aquello que está pasándole. Tanto es así que la dimensión trágica de la obra queda relegada a un segundo plano por la incomprensión y la incredulidad y se convierte en un fresco tragicómico. Llega un momento en el que no podemos reprimir una risa nerviosa. Según indican algunas fuentes, las personas que asistieron a una primera lectura del texto por parte del autor se rieron bastante. No me extraña. Hasta a los acontecimientos más siniestros les exigimos una cierta lógica. Y si no, no podemos evitar reírnos.«Los viejos consensos y puentes han sido dinamitados, y el mundo real y las verdades han desaparecido para dejar paso a otro mundo virtual y soñado y a las posverdades. Las palabras –votar, decidir, democracia‒ ya no significan lo mismo que antes. Lo racional ha perdido definitivamente la batalla frente a las emociones». ¿Seguimos hablando de Kafka o hemos recalado casi imperceptiblemente en Orwell? Ni una cosa ni otra. Estamos hablando, ahora sí, de Cataluña en el año 2016, 2017 y 2018. Un lugar de la Europa más desarrollada, una comunidad en la que rige plenamente (¿todavía?) el Estado de derecho, donde reinaba la paz y el imperio de la ley, con las más amplias libertades ciudadanas y una prosperidad envidiable hasta para los estándares occidentales. En las páginas iniciales de su obra, Jordi Canal juega con esa analogía, procés/proceso kafkiano, que desemboca en la paradoja o contraposición: conflicto visceral/orden racional. En el fondo, lo que late en esas correspondencias es una profunda inquietud –por más que vivamos en un mundo de orden, «nunca podemos saber lo que ocurrirá mañana»‒, ya convertida desgraciadamente en constatación: «Ahora sabemos que cosas que nunca creíamos que pasarían, pasan».Hablar de Cataluña hoy día es, naturalmente, hablar del procés, un tema sobre el que ya se ha dicho casi todo, sin que la inflación de discursos, artículos, análisis y libros haya contribuido aparentemente –por lo menos, a las alturas en que escribo‒ a una canalización racional del enfrentamiento ni, por supuesto, a un acercamiento de posturas que permita dar una salida civilizada a la colisión en forma de pactos o acuerdos mínimos. Más bien sucede todo lo contrario: un enconamiento de las posiciones que hace completamente inútiles los argumentos racionales porque las posiciones están decididas de antemano. Cualquier actor en esta farsa está ya señalado antes incluso de abrir la boca o escribir una palabra. Mientras no se logre romper este círculo vicioso –y no se atisba hoy por hoy esa ruptura‒, la solución pacífica será poco menos que quimérica. Ello nos aboca a otro escenario que, en principio, nadie quiere contemplar, pero que la fuerza de los hechos puede convertir en inexorable, como ha pasado tantas veces en la historia. No ayuda en nada ejercer de agorero o ponerse catastrofista, pero no podemos cerrar los ojos. Dice Canal: «En estos momentos no conocemos, lógicamente, el desenlace. No obstante, acabe como acabe, si pensamos en los efectos que ha tenido y tendrá todavía sobre la sociedad catalana y la española en general, podemos afirmar ya, sin tapujos, que el proceso terminará mal. Muy mal» (p. 23).Jordi Canal ‒un historiador de larga trayectoria, sobradamente conocido por sus estudios sobre el carlismo y el nacionalismo catalán‒ se ha planteado aquí no tanto una historia académica o aséptica como un ensayo interpretativo potenciado por la fuerza de su experiencia personal, es decir, su condición de espectador privilegiado de los acontecimientos. Asume por ello con naturalidad la irrupción del yo en un análisis que no por ello renuncia a la mirada objetiva: «No pienso […] que el uso de la primera persona y la presencia del yo en el relato supongan una merma de la objetividad» (p. 26). Su ensayo no aporta apenas novedades de enfoque o contenido ‒¿quién podría ser original a estas alturas sobre este tema?‒ pero, a cambio, construye un análisis tan completo, ordenado, claro y preciso de lo ya sabido que el resultado es uno de los mejores volúmenes que se ha publicado en los últimos meses sobre el nacionalismo catalán (no sólo el procés). Ha estructurado el libro en tres grandes bloques: el primero, «Tiempos de nacionalismo», trata de los orígenes y desarrollo del catalanismo a lo largo del siglo XX. Es el más histórico de todos en el sentido convencional. El segundo, «Anatomía del procés» disecciona los acontecimientos recientes, ya en el pospujolismo, cuando sus sucesores en el gobierno de la Generalitat abren la «caja de Pandora». El tercero, «Historias, símbolos y colores de la patria», se detiene en el relato nacionalista del pasado y en la construcción cultural de la catalanidad. Esto es, los grandes símbolos que la definen, desde la bandera a la Diada, pasando por canciones, fiestas, danzas, celebraciones e himnos. Cinco breves notas componen el epílogo. El lector puede colegir de esa sucinta exposición que Canal toca tantos asuntos que una mera relación de ellos haría interminable este artículo. Me limitaré, pues, a señalar aquellas cuestiones que, por un motivo u otro, me parecen más significativas para reflejar el contenido del libro.Para Canal, la principal falacia interpretativa del nacionalismo catalán es su «obsesión» –cito textualmente‒ por leer el pasado «siempre en una clave absolutamente presentista». El historiador no puede por menos de decir «¡Protesto!» «La Generalitat de Cataluña de 2017 o de 2018 nada tiene que ver, excepto el nombre, con la institución homónima anterior a 1714. Es hija o nieta, esencialmente, de la de 1931» (pp. 34-35). Segunda gran estafa: el nacionalismo catalán presenta a Cataluña como nación y a España sólo como Estado, regateándole su condición nacional. Como ya se sabe cuál es la concepción del mundo de un nacionalista, la anterior contraposición permite distinguir «lo natural» (nación catalana) frente a la artificialidad impuesta (Estado español). Tercera tergiversación de la historia: en contra de la reinterpretación histórica actual, el catalanismo fue durante buena parte de la época contemporánea, como movimiento cultural y a veces hasta como movimiento político, absolutamente compatible con España (con la inserción de Cataluña en el conjunto español). Complementariamente, «el nacionalismo español tuvo en Cataluña, en la primera mitad del siglo XIX, una de sus principales bases» (p. 58). Recuerda, por último, Canal, en línea con los historiadores y estudiosos del nacionalismo, que todo «nacionalismo es una construcción, y la nación, una construcción de los nacionalistas». En contra de lo que pretenden ahora los nacionalistas, antes del siglo XX no existía «ninguna nación llamada Cataluña». Hubo que construirla. Y el «proceso de nacionalización se hizo contra la nación española» (pp. 63-64).Esa fue la gran tarea de Jordi Pujol y del pujolismo (Canal tiene el pudor de no insistir en la otra actividad paralela del president, el saqueo de las arcas públicas para su beneficio familiar y el partido). Se trataba, por decirlo en términos caros a Pujol y que, por su difusión y éxito, retratan toda una forma de ejercer la política, de «fer país». En esa tarea, los aspectos educacionales y culturales devienen en prioritarios. Pero el control de la enseñanza y el férreo dominio de todos los medios de comunicación no habrían cosechado tanto éxito de no haber mediado la instauración y difusión de una neolengua absolutamente eficaz para los anhelos nacionalistas. El concepto de «normalización» es aquí fundamental. La imposición del catalán y el desplazamiento del castellano se ejecutaban con puño de hierro en guante de seda, en «beneficio de todos», por impulsos democráticos, para integrar y no segregar, etc. Canal reconoce que la izquierda teóricamente no nacionalista colaboró activamente, hasta el punto de que terminó haciendo suyo el empeño con celo digno de mejor causa. Mientras, la derecha callaba de forma vergonzante, temerosa de que toda defensa del castellano pudiera ser tachada de franquista, facha o fascista. Canal no sólo reconoce el éxito de la política pujolista, sino que con un fair play que respeto pero que no suscribo, eleva al patriarca a la condición de estadista (el único, junto con Tarradellas, dice, que ha dado la autonomía catalana).Desde Carlton J. H. Hayes, se ha dicho muchas veces que el nacionalismo es una religión. Canal menciona y cita a Hayes no sólo para caracterizar el nacionalismo, sino para sacar las consecuencias pertinentes: el nacionalismo, como toda religión, es social, necesita ritos públicos y aspira y promete la salvación de la comunidad elegida. Como buena parte de los movimientos religiosos, es sumamente sectario, absolutamente intolerante con otras creencias y con toda crítica que cuestione sus objetivos y métodos. Desde el punto de vista individual o psicológico, el nacionalismo no atañe sólo a la voluntad, sino que implica al intelecto, la imaginación y las emociones. En términos más concretos, el procés supone para mucha gente un modo de vida y, sobre todo, algo que da sentido a sus vidas. Por eso, tanto a escala individual como colectiva, son imprescindibles «inmensas performances, imponentes actos litúrgicos o procesiones monstruo y desbordantes». La crisis del comienzo del milenio, con «una inusual coincidencia de elementos» (políticos, económicos, sociales y culturales) perfilará «el escenario de fondo del proceso independentista»: la tormenta perfecta. No me detendré en los nombres propios y avatares concretos, suficientemente conocidos y que, en cualquier caso, forman parte básicamente de la crónica periodística. Sí destacaré, en cambio, algunos elementos del análisis de fondo del movimiento independentista.La profunda nacionalización a la que ha sido sometida la sociedad catalana en diversas etapas desde 1980 (¡casi cuatro décadas: como el período franquista!) ha dado como su resultado más tangible que el independentismo, minoritario en el catalanismo a lo largo de todo el siglo XX, se haya convertido en hegemónico. Dice Canal que «por encima de todo, me parece fundamental tener en cuenta que los jóvenes catalanes […] han sido educados en la escuela autonomista». Suele entenderse mal este análisis y propicia que siempre salga alguien subrayando los límites del adoctrinamiento, como nos pasó a quienes sufrimos en tiempos de la dictadura la Formación del Espíritu Nacional, que tan escasamente caló en nuestras conciencias, si es que no produjo un efecto opuesto. Canal subraya que no está hablando «exactamente de adoctrinamiento, aunque algo haya de ello, sino de integración activa en un universo hipernacionalizado que se cuela en los libros de texto, en las actividades lectivas y en los juegos». Se conforma un nacionalismo cotidiano, alimentado con elementos tan triviales como efectivos: «pancartas, carteles, lazos, pintadas o trabajos manuales», todo un universo machaconamente nacionalista y nacionalizador fuera del cual no hay vida posible.A todo ello hay que añadir el papel que desempeñan los medios de comunicación, asunto sobre el que no me voy a extender por ser suficientemente conocido. La degradación –no sólo política, sino incluso moral, con el enaltecimiento del terrorismo‒ de TV3 y Catalunya Ràdio, por citar referencias incuestionables, no ha constituido hasta el momento razón suficiente para que se les llame, como mínimo, al respeto del orden constitucional, ya que no a la pluralidad de informaciones y contenidos. La vida cotidiana de cientos de miles de catalanes transcurre en un espacio en el que el nacionalismo es tan «natural» como el aire que se respira. «Uno de los grandes éxitos» de este proceso, enfatiza Canal, es «la aceptación como evidentes, por parte de numerosos catalanes, de cosas que distan mucho de serlo». Análisis, argumentos o simples creencias convertidas en eslóganes dogmáticos: el famoso «España nos roba», pero también «la culpa es de Madrid», «Cataluña es más moderna», «España no nos quiere», «derecho a decidir», «democracia es votar» y muchas otras del mismo estilo (p. 222). Las redes sociales han posibilitado un campo amplísimo para señalar al discrepante de esas verdades establecidas: desde la descalificación a la denuncia, pasando, naturalmente, por el insulto y la intimidación.Cuando Canal escribe su análisis (finales de 2017 y comienzos del presente año), aún puede decir que «la famosa no violencia del proceso catalán es cierta solamente a medias». Detecta «poca violencia física, pero muchísima simbólica o moral». Denuncia que las ocupaciones de los espacios públicos no han sido precisamente amables, que existen vetos y listas negras, que los piquetes no se andan con remilgos. Como resultado de esas presiones se ha instalado el miedo en una parte de la sociedad catalana (adivinen cuál). Para una parte importante de la población, es vital no significarse para no perder el trabajo, o para que sus vecinos no les humillen, o para que sus hijos no sean marginados en las escuelas. Tienen que callar o disimular y, aun así, no suele ser suficiente, porque el fanatismo mal tolera a los tibios o discretos. Canal escribe en unos momentos en los que estas tendencias están ya arraigadas pero se mantienen en un tono relativamente contenido para no deslucir la propaganda idílica de un proceso democrático, pacífico, ejemplar. Sin embargo, a estas alturas ya puede establecerse ‒desgraciadamente con un escaso margen de error‒ que el proceso de batasunización de la política y la sociedad catalanas es imparable. Las consecuencias son imprevisibles, pero siempre serán nefastas. A este respecto, se echa en falta que partidos e instituciones se pronuncien con claridad y determinación. Pues no se subraya que la capacidad de resistencia de los constitucionalistas es, por fuerza, limitada, aunque sólo sea por razones temporales. Si ya es imposible exigirle a un ciudadano que se comporte como un héroe, más inviable aún es pedirle que lo sea a tiempo completo, de manera indefinida y arrastrando al peligro a su familia. Para el ciudadano común, para la vida cotidiana, no se activan los mecanismos más elementales del Estado de derecho, los que permiten vivir en paz, libertad y seguridad. De seguir así, la contienda estará inexorablemente perdida. Será únicamente cuestión de tiempo. Y ellos lo saben.El tercer bloque del libro es una disección magistral de la reescritura nacionalista de la historia, la reelaboración sectaria de las tradiciones y el uso partidista de todo tipo de símbolos culturales para componer una sostenida «apelación a las emociones» que genere un universo nacional de «identidad, pertenencia y cohesión» de «los propios» (catalanes) frente a «los otros» (españoles), caracterizados en el mejor de los casos por su incomprensión y, más habitualmente, por su hostilidad. Como dije en el caso de los acontecimientos políticos concretos, tampoco puedo detenerme en este ámbito, que requeriría un amplio apartado expositivo. Y para quienes echen de menos una crítica de los mecanismos que ha puesto en marcha el gobierno de la nación y el Estado de derecho para responder a este desafío que algunos llaman «golpe de Estado posmoderno», les recuerdo que el libro de Jordi Canal se centra en el nacionalismo catalán y el proceso independentista, no en lo que en algunos hemos diagnosticado como crisis del régimen constitucional de 1978.Aun así, es inevitable que el libro termine con unas consideraciones que no afectan tan solo a uno de los contendientes, el nacionalismo catalán, sino que se amplían al marco español. Haré en este punto una confesión personal que me ha supuesto en los últimos meses muchas desavenencias con amigos, colegas y contertulios en general: frente al mayoritario «lo peor ha pasado» –en referencia a la crisis de octubre de 2017‒, siempre he sostenido que ello sería, en todo caso, cierto si preferimos el diagnóstico de un cáncer avanzado y con metástasis a un infarto agudo de miocardio. Es verdad que con el infarto –la declaración unilateral de independencia‒ se nos va el paciente, pero no es menos cierto que la perspectiva de un independentismo que se ha echado al monte no proporciona precisamente una perspectiva tranquilizadora. Magra satisfacción me produce también por ello que el autor coincida con mi apreciación personal: tras las elecciones del 21-D, escribe, «muchas cosas han seguido igual o incluso han empeorado en Cataluña» (p. 377). Cita Canal todo el catálogo de desafíos independentistas, alude a la vulneración de la legalidad vigente (añado que poco menos que impune en muchos ámbitos, como el orden público) y destaca, en especial, el esfuerzo que ya a estas alturas puede darse por conseguido (¡una victoria más!) de internacionalizar el conflicto. Sostuve, por mi parte, desde el principio que dicha internacionalización –ante la que el Estado no impulsó, por decirlo suavemente, todos los mecanismos que estaban a su disposición‒ era a largo plazo, junto con la judicialización de la política, uno de los mayores peligros de esta crisis. Creo que, a estas alturas, ya nadie puede ponerlo en duda. Con todo ello el independentismo va extendiendo su relato, como ahora se dice, allende las fronteras, a la par que siembra un victimismo siempre rentable en última instancia. Mientras, mantiene o intensifica el control del espacio público (¿dónde quedó la primavera constitucionalista?), alardea de su hegemonía en el ámbito educativo y reta al Estado desde el dominio absoluto de los grandes medios (televisión, radio y prensa). ¡Y todo ello con el artículo 155 de la Constitución activado! ¿Para qué ha servido?Suele usarse con frecuencia el término aceleración para caracterizar la marcha de los acontecimientos en este mundo que vivimos y, muy en especial, para singularizar la dinámica política. Casi convertido en tópico, este planteamiento del ritmo vertiginoso de la vida pública es difícilmente cuestionable ante situaciones como las aquí descritas. Cuando habíamos aceptado, por la fuerza de los hechos, que en cuestión de semanas las cosas podían mutar hasta extremos a priori difícilmente concebibles, hete aquí que la susodicha aceleración nos arroja a un panorama decambios progresivamente más bruscos y radicales. Unas transformaciones que, como todo el mundo sabe, no han dejado títere con cabeza o, por decirlo en términos más concretos, han afectados a los tres niveles posibles del conflicto: primero, al propio campo del independentismo, con un reordenamiento de líderes como consecuencia de las actuaciones judiciales; segundo, a las relaciones entre la Comunidad Autónoma y el Gobierno de la nación, con la constitución de un nuevo Govern y el levantamiento del artículo 155; y, en tercer lugar, la caída del gabinete de Mariano Rajoy y su sustitución –mediante moción de censura‒ por una alternativa de heterogénea composición, en la que no cabe ignorar el peso de los partidos independentistas. Sea como fuere la ulterior evolución de los acontecimientos, el conflicto dista mucho de presentar un cariz tranquilizador o meramente encarrilado.Canal escribe cuando la opinión pública no sabía nada aún de Quim Torra y de su ideario (?) político, pero eso a la larga resulta casi irrelevante. Pues su análisis sigue teniendo la misma vigencia ahora que hace seis meses: «La aventura independentista ha llegado tan lejos como consecuencia de los silencios, la infravaloración o la incredulidad de aquellos que podían haber reaccionado mucho antes, desde el Gobierno de Mariano Rajoy a la Unión Europea, pasando por las oposiciones, los intelectuales o los empresarios». Y añade un matiz esencial desde mi punto de vista: «Los proyectos alternativos mínimamente convincentes e ilusionantes han brillado por su ausencia». En efecto: «¡Es la política, estúpidos!», es la política lo que ha fallado o, mejor dicho, lo que ha faltado clamorosamente. Y así nos va. Y así están las cosas, en ese impasse kafkiano en el que nadie atisba solución alguna, pues el presente no puede ser más inestable, ya no podemos volver al pasado y el futuro se adivina tenebroso. En los compases finales de su magnífica obra, Canal vuelve a remitirse a Kafka y al señor K, cuando dice que «lo único que puedo hacer es mantener el sentido común hasta el final». El autor se agarra a ese clavo ardiendo y califica ese llamamiento al sentido común de «programa auténticamente revolucionario» en estos tiempos. No quiero ponerlo en duda, pero no deja de ser una apelación retórica. Y el hecho de que el mero sentido común sea inviable nos muestra el punto al que hemos llegado. Patético. Kafka en Cataluña, ciertamente”

    Elisa de la Nuez comenta el libro de Jorge Trias Sagnier, “El baile de la corrupción”

    https://hayderecho.com/2018/07/21/recomendaciones-de-lectura-veraniega-el-baile-de-la-corrupcion-de-jorge-trias/

    sta tarde el PP tendrá un nuevo líder o lideresa. Por eso no es mal momento para recordar que nuestro colaborador Jorge Trías Sagnier ha publicado recientemente el libro “El baile de la corrupción”  en la editorial Penguin Random House donde narra en primera persona la historia de los papeles de Bárcenas. Jorge Trías, ex diputado del PP, se encontró en el ojo del huracán por su relación con Antonio Pedreiro, el primer instructor del caso Gürtel,  que le pidió ayuda para atajar las maniobras procesales del PP, y también por su relación con personajes como Luis Bárcenas, Luis Fraga y con otros importantes miembros del PP, en particular Mariano Rajoy.El libro se lee de un tirón no solo por su estilo directo y claro si no porque la historia, contada con mucha honestidad, es increíble.  Quizás lo más llamativo de todo -como también destaca el autor- es que la corrupción institucional del PP que se extendía a muchas de las Administraciones que controlaba no le importaba nada a ninguno de sus dirigentes. Literalmente Rajoy se fumaba un puro. Lo que les importaba es que no les salpicasen a ellos los escándalos de corrupción y a ser posible que les salpicasen a sus rivales políticos (del propio partido).  Efectivamente, estamos ante un baile de políticos  sin principios dispuestos a usar con mucho desparpajo sus terminales judiciales y mediáticas para protegerse. Lo de preocuparse por erradicar la corrupción o, más modestamente, por los intereses generales ni está ni se le espera. En este sentido el libro es demoledor.El libro tiene también el mérito de poner orden  -incluso cronológico- en el relato de unos hechos no por conocidos menos escandalosos, especialmente leídos de principio a fin, que es algo que no permite la lectura de la prensa diaria siempre pendiente del último caso de corrupción.  Es sabido que la memoria del elector es muy corta. La impresión que produce la lectura de las andanzas del PP en esta época es tremenda. Que un partido -y un ex Presidente del Gobierno- con una losa como ésta se haya podido mantener tantos años en el poder revela las profundas carencias que todavía tenemos como sociedad y las de nuestros representantes políticos, incluidos los de una oposición que durante años fue incapaz de ponerse de acuerdo para regenerar la vida política española. Claro está que alguno de los viejos partidos -muy destacadamente los nacionalistas- han compartido prácticas similares a las que se aquí se relatan.Por último, Jorge Trías cuenta también su calvario personal como denunciante de una trama de corrupción en el  todopoderoso partido del gobierno y las consecuencias bien conocidas -y muchas veces denunciadas en este blog- tanto profesionales como incluso personales que sufren quienes se atreven a dar ese paso.  Aprovechemos para recordar que el Proyecto de ley para proteger a los denunciantes de la corrupción sigue estancado en el Congreso. El nuevo Gobierno tiene una oportunidad de oro para impulsarlo y demostrar así que hay voluntad política para dejar atrás, de una vez por todas, el baile de la corrupción. En fin, una lectura para meditar y volver a la vuelta del verano con renovados bríos para intentar dejar atrás de una vez por todas la vieja política que tan bien describe en esta obra Jorge Trías.Y ojalá que el que más interés tenga en hacerlo sea el nuevo o la nueva dirigente del PP”

    Maite Larrauri reseña el libro de Ignacio Sánchez-Cuenca La superioridad moral de la izquierda

    http://www.fronterad.com/index.php?q=17208

     

    “Las tesis y las demostraciones que encierra este libro giran en torno a la práctica política, práctica en la que, no nos olvidemos, las mujeres somos unas recién llegadas. Nombro algunas de esas tesis: que la política tiene raíces morales que pueden ser trascendentes, que la izquierda tiene valores superiores porque el comunismo es una proyección política del imperativo categórico kantiano, que la no superioridad moral de la derecha la hace, sin embargo, intelectualmente superior.La trascendencia de la moral, su anterioridad como principio, está en el origen de la política democrática que se nutre de los discursos de la Ilustración, el momento de la autoconciencia de la libertad. Los filósofos y pensadores ilustrados establecieron sus razones para criticar las desigualdades humanas y la falta de libertad, la necesidad de los humanos de tomar sobre sí la tarea de realizar un mundo que se pareciera más a ellos mismos, a lo mejor de ellos mismos, que se alejara del autoritarismo, de la ignorancia, de los dogmas. Y todo ello, como un viento potente, insufló los movimientos revolucionarios que se generaron en América, en Europa. Ahí nace la izquierda, y de ahí nace su sentimiento de superioridad, de esa razón, de esa verdad que se propone encarnar.Ni qué decir tiene que los pensadores ilustrados fueron varones, con algunas mujeres en torno, con algunas suficientemente fuertes y decididas como para elevar su voz y decir la suya. A veces aspiraron a poco, otras lograron poco, otras fueron acalladas, reprimidas, incomprendidas, olvidadas. Por encima de todo eso, flotó, y aún flota, la opinión, que el propio Sanchez-Cuenca sostiene, de que el discurso ilustrado es universal, o sea válido para todos, hombres y mujeres, de este o de aquel continente, de esta o de aquella raza.Sánchez-Cuenca apela a una línea de continuidad de la grandeza moral: la regla de oro de la empatía, ya presente en el cristianismo (“No le hagas a los demás lo que no quieras que hagan contigo”) alcanza su formulación filosófica en el imperativo categórico kantiano (“Actúa según una máxima que puedas desear al mismo tiempo que se convierta en ley universal” o “Actúa de tal manera que tomes la humanidad como un fin y nunca como un medio”). Formulación perfecta, si no fuera porque el punto débil está en aquello a lo que se refiere con la palabra “humanidad”. El propio Kant aborda esta cuestión en su famoso escrito ¿Qué es la Ilustración? Comienza su artículo denunciando la cobardía y la ignorancia en la que se encuentran sumidos los humanos: se comportan como menores de edad. Pero esa situación no es necesaria, dice Kant, los humanos pueden atreverse a pensar por sí mismos, no son menores de edad por naturaleza aunque se comporten como tales y por eso pueden salir de esa condición; ahora bien, eso mismo no sucede con las mujeres porque ellas son menores de edad (“la totalidad del bello sexo”, dice Kant, supongo que para dorarnos la píldora) y por eso siempre necesitarán tutores de su desvalimiento intelectual y vital.Así pues la humanidad que puede liberarse, que puede avanzar, que puede tomar las riendas de su propio destino porque es capaz de pensar por sí misma, organizando la vida social y política de modo más racional y humano, es la humanidad adulta, a la que accederán los menores de edad varones, pero de la que están de entrada canceladas las mujeres porque ellas siempre serán menores de edad.Se me puede decir que el discurso universalista kantiano puede ampliarse a las mujeres, negando el supuesto de minoría de edad, como las mujeres han demostrado poder hacerlo a lo largo de los últimos cien años, y todo seguiría siendo válido, la Ilustración seguiría siendo un ideal hermoso, nos incluimos en él y seguimos adelante. Y sin embargo tengo mis dudas.Ya Hannah Arendt, una mujer filósofa, puso en tela de juicio que el imperativo categórico kantiano sirviera como vacuna contra la ignominia, al denunciar que muchos filósofos e intelectuales alemanes, la mayoría de los cuales pertenecían a la escuela kantiana, inventaron sofisticadas teorías para justificar el nazismo. Les bastó negar humanidad a una parte de la humanidad, a saber: a los judíos, homosexuales y gitanos.También Gramsci puso un contra-ejemplo aplastante: el varón que maltrata, golpea, asesina a una mujer por adúltera actúa de tal manera que desea al mismo tiempo que la máxima que encierra su acción se convierta en ley universal, a saber: que todo varón debe actuar para dejar a salvo su dignidad de varón, castigando a la mujer que la mancilla. Y, en efecto, los varones la han convertido durante demasiado tiempo en ley universal, esa ley no escrita que todavía hoy insufla a veces las sentencias de los jueces. En este caso, el desmentido del imperativo kantiano aún se hace más contundentemente porque las mujeres no somos una parte de la humanidad, somos una cualidad de la humanidad. La humanidad se presenta como varón y como mujer. Un judío, un negro, un homosexual, un africano es antes que nada varón o mujer (y si no lo tiene claro, se planteará cuál es su identidad de género, y si no quiere identidad de género, negará la dicotomía varón/mujer, pero siguen siendo esos los dos sexos básicos de la humanidad).Sánchez-Cuenca habla del libro negro del comunismo, en el que estarían consignadas todas las barbaridades que se han hecho en nombre del comunismo. No se podría escribir un libro negro del machismo porque sería el libro del mundo, la Historia. Por eso creo que la superioridad moral que cree la izquierda poseer se redimensionaría con sólo pensar en lo que durante estos dos últimos siglos han hecho y han justificado los varones socialistas y comunistas en cuanto a su relación con las mujeres. Y eso es bueno, es muy bueno, porque si seguimos el razonamiento de Sánchez-Cuenca la causa de la inferioridad intelectual de la izquierda se encuentra en sus excesos de ideologización, y si tomamos el punto de vista de Íñigo Errejón, en su prólogo a este libro, la derrota de la izquierda hay que atribuirla a la creencia de que existe una verdad moral anterior a la política.La ideología, dice el autor, es una especie de guía para la acción. Sin duda, en abstracto, que unos valores morales indiquen qué se debe hacer y cómo se debe hacer nos parece una cosa valiosa. El problema es que esta guía ofrece sus líneas y propuestas de acción como un paquete de propuestas, solidarias unas con otras. Si analizamos el conjunto de esas propuestas no encontraremos argumentos válidos para sostener que necesariamente tienen que ir juntas. ¿Por qué –se pregunta Sánchez-Cuenca– una persona de izquierdas tiene que estar a favor del aborto y de los impuestos progresivos? Su respuesta se basa en las ventajas que tiene para el individuo poder orientarse y organizarse en el mundo, y eso lo facilita la adhesión a una ideología. Aunque no emplea la palabra pertenencia creo que está describiendo este fenómeno: la seguridad, la fuerza, la tranquilidad de  pertenecer a un colectivo ideológico, de poder decir nosotros. La filósofa Simone Weil sostenía que las ideologías eran doctrinas, dogmas, como los de una iglesia y por eso se atrevía a llamar a los partidos políticos “pequeñas iglesias profanas”. Esa apreciación está en sintonía con lo que Sánchez-Cuenca expone, a saber, que cuanto más ideologizada está la persona, más segura de su percepción del mundo se vuelve, más intolerante se muestra con los que están fuera de su “iglesia”, y es más incapaz de recibir información que no sea la que confirma sus prejuicios (y para ello, internet es un instrumento diabólico).Pues bien, la solidez de los principios morales en los que se asienta la ideología de izquierdas, la superioridad moral de la que se creen investidas las personas de esa ideología, la razón que siempre piensan que les asiste, tiene como resultado la debilidad intelectual que se muestra en no investigar situaciones ni soluciones a los problemas por fuera de lo que ya saben y consideran verdadero. La derecha, por el contrario, menos interesada en trascender este mundo y luchar por otro mejor, no corre el peligro de ideologización extrema y se vuelve más pragmática, más partidaria de poner en funcionamiento, por ejemplo, institutos de ideas e innovaciones, think tanks, encargados de estudiar los procesos económicos. La izquierda acaba por saber poco de economía y no consigue transmitir a los votantes la seguridad de que sabrá gobernar los asuntos importantes.Sánchez-Cuenca ofrece una solución: considera que la socialdemocracia se encuentra a mitad de camino entre la trascendencia moral de la izquierda que desea superar los límites de lo existente y la actitud de la derecha que se conforma con gestionar lo que hay, haciendo una política de la inmanencia. No lo voy a discutir, sino que quiero hacer pensar en algo más o en algo distinto. El mundo plural del feminismo es transversal porque revisa justamente esos paquetes cerrados que las ideologías elaboran. Una feminista estará a favor del aborto, pero puede disentir en cuanto a los impuestos progresivos. Lo que el último 8 de marzo hizo visible fue justamente eso. La pluralidad del feminismo es una garantía de que no incurrirá en el defecto que hace fracasar a la izquierda, el de sentirse en posesión de la verdad. Pero lo quiero decir con las palabras de Errejón, que elabora a su modo los tres ejes por los que tiene que discurrir una política ganadora que no renuncia a cambiar el mundo.Uno, hay que enamorarse de la trascendencia, entendiendo por trascendencia la capacidad de imaginar un mundo que justamente trasciende los límites de este. Pero es fundamental que sepamos pensar un mundo que también se parezca a las mujeres, por supuesto que a lo mejor de nosotras mismas, y no sólo a los hombres. Porque nosotras somos otra cualidad de lo humano.Dos, no hay que creer que existen principios morales generales cuya posesión determina una situación de superioridad. La Historia y la experiencia de las mujeres nos ha hecho a las feministas muy escépticas con los grandes principios, ninguna iglesia ha tomado en consideración la libertad y la felicidad de las mujeres, tampoco las “iglesias profanas” de izquierdas.Y tres, la verdad no pertenece al mundo de las ideas sino al de las realidades políticas, las verdades terrenales. Una de esas verdades terrenales que nos puede hacer sentirnos orgullosas es que la revolución feminista no ha dejado tras de sí ni un sólo muerto, quizá justamente porque nunca ha tenido en mente una idea abstracta. El libro se declara como ensayo. Un ensayo es un ejercicio del pensamiento. Nada puede gustarme más que esa idea de experimento, de prueba, que está encerrada en esa palabra. Escribir con libertad –lo decía Foucault y lo pueden decir todos aquellos que lo hacen– es una actividad crítica del pensamiento, para ver si es posible pensar de otra manera, pensar otra cosa. En eso estamos”

     

     

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