• Noticias maquetadas 23.10.2010

    Pills a fondo
    Juan Ramón Fernández Arribas

    Cuando el gas pesa, y mucho
    El gas natural, metano esencialmente, pesa menos que el aire. Aunque a algunas empresas les está resultando, últimamente, pesado como una losa de piedra. Incluso como una lápida de mármol, cubriendo la tumba de algún fenecido proyecto gasista. Se sigue con interés -algunos, con indisimulada preocupación- el conflicto desatado entre Gas Natural (GN) y la compañía argelina Sonatrach, suministrador clave del gas que España necesita. Conflicto surgido por los precios de compraventa de ese gas. El precio de compra que se aceptaría no ha sido exactamente igual al de venta inicialmente acordado. Feo asunto, lógicamente. Para unas relaciones fluidas, incluso amistosas, entre vendedor y comprador, es más que conveniente que ambos precios coincidan. No siendo así -éste sería el caso- se monta una monumental algarabía (nunca mejor dicho, dado el origen árabe de la palabra), terminando en los tribunales. Siendo inapelable el dictamen del arbitraje y, salvo encontrarse alguna triquiñuela procedimental que retrase (en la mejor hipótesis) su aplicación, el problema es grave. También muy caro.

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    De momento, GN deberá pagar a Sonatrach casi 1.500 millones de euros por revisiones retroactivas y no satisfechas del precio del gas comprado en los últimos cuatro años. En estos litigios todos pierden. Los accionistas de GN, particulares, institucionales y corporativos (Repsol tiene casi un tercio de sus acciones, un poco menos que Criteria CaixaCorp que, además, posee más del 11% de las acciones de Repsol). También pierden los clientes de GN, temiendo que tendrán que llenar la hucha de su distribuidor, vía subida tarifaria, para poder pagar la indemnización exigida por Sonatrach. Otro perdedor es la compañía argelina, al deteriorarse aún más, si ello fuere posible, sus relaciones comerciales con GN… Y no está el mercado internacional de gas nada brillante para los vendedores a corto plazo, incluso a medio. Pero los contratos son los contratos, y están para cumplirse. Si el entorno evoluciona, perjudicando sensiblemente a alguna parte, debe intentarse renegociar las condiciones, pero tras cumplir escrupulosamente lo acordado. Posiciones cerriles -o percibidas como cerriles, incluso arrogantes, por la otra parte- ayudan poco a solucionar los conflictos.

    Siendo simplistas, hay tres grandes mercados gasistas: Norteamérica (Estados Unidos, fundamentalmente), Asia y Europa transpirenaica. Otros interesantes, pero menos trascendentes, serían Sudamérica (Argentina y Brasil, principales consumidores)… Y la Península Ibérica. Nosotros -con Portugal- casi somos una isla. Prácticamente, un tómbolo más que una península, unidos por un istmo sutil. Casi desconectados energéticamente de nuestros socios europeos.

    Dichos tres grandes mercados gasistas se rigen por regímenes distintos de precios… Para un mismo producto. Estados Unidos, ya casi autosuficiente con su gas de esquistos (shale gas), va por libre, con precios spot ligados exclusivamente a oferta/demanda y al de la energía alternativa, basada aún en gran parte en el carbón propio, muy barato. Asia (Japón, Corea y Taiwan) compra gas con precio ligado, entre 75% y 100%, al del crudo. Nunca protestan cuando sus precios suben al aplicarse sus contratos. Europa continental depende del gas ruso, algo menos del noruego (a veces con restricciones, intentando mantener precios), del argelino (Italia, además de España) y, cada vez más, también del gas natural licuado (GNL), recibido por barco. El precio resultante es un mix entre contratos a largo, por tubería y algo de GNL, frecuentemente en base take or pay, indexados al precio decalado del crudo, más un creciente mercado ‘spot’ del GNL.

    Nosotros dependemos sustancialmente de Argelia (sobre todo por gasoducto) y del GNL. Éste se regasifica en nuestras plantas costeras. Ahora con bajo grado de utilización, ‘gracias’ a la enloquecida política gubernamental sobre renovables… más la caída de la actividad industrial y el consumo. Sobra gas. Los contratos a largo, particularmente cuando son «take or pay» y están indexados al crudo, pueden crear incómodas distorsiones para los compradores. La subida descontrolada del petróleo entre 2005 y 2008 afectó duramente, encareciéndose el gas. Adicionalmente, decalándose contractualmente su aplicación, pueden coincidir precios altos del gas ‘a largo’ con caídas del precio ‘spot’. Para desesperación de (algunos) compradores. Unos lo asumen y otros protestan, incluso rechazándolos. Probablemente, los nuevos contratos serán distintos y los existentes necesitarán una ‘reingeniería’, adaptándose a la realidad del mercado, con un mix entre indexación al crudo y precio spot.

    La mala sintonía entre Sonatrach y GN-Repsol en temas gasistas no es de ahora. En julio de 2007, la compañía argelina solicitó a la Cámara de Comercio Internacional de París su intermediación (arbitraje) para desbloquear el proyecto integrado de gas denominado Gassi-Touil. Era el mayor proyecto gasista jamás otorgado a un concesionario extranjero. En aquel caso, la asociación Repsol-GN. Su objetivo, desarrollar un gran campo de gas en el desierto argelino, transportarlo hasta la costa, procesarlo y transformarlo en GNL para exportarlo mediante metaneros. El consorcio español lo ganó en concurso internacional convocado por Sonatrach (2002), resuelto en diciembre de 2004. Compitiendo con grandes compañías petroleras, como la francesa Total o la británica BP, presentó la mejor oferta para Sonatrach (la más baja). Las cosas se complicaron progresivamente para Repsol-GN. Incluso agravándose al incendiarse un pozo que perforaban (15.09.06), falleciendo operarios argelinos. Los plazos de ejecución se iban dilatando y encareciéndose los costes. Era prácticamente imposible poder cumplir las condiciones de otorgamiento del proyecto. Presumiblemente, tampoco podrían lograrse las expectativas económicas del grupo español.

    No alcanzando las partes un acuerdo para reconducir el proyecto, Sonatrach decidió rescindir el contrato al grupo español (septiembre de 2007). Alegó su incumplimiento, incluyendo retrasos de al menos tres años sobre el plazo de ejecución comprometido. Repsol-GN, habiendo invertido ya unos 400 millones de dólares, reclamaron a Sonatrach 2.400 millones de dólares por la ruptura del contrato. Mientras, ésta les pedía a su vez 800 millones por daños y perjuicios provocados por el incumplimiento. La algarabía antes citada. Sometida la disputa al tribunal de arbitraje de Ginebra, resolvió que procedía la rescisión contractual sin haber lugar a indemnizaciones (triple por parte de Repsol-GN con relación a la demandada por Sonatrach), y quedándose la compañía argelina con las instalaciones ya realizadas. Demoledor.

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    Hubo quienes achacaron la disputa entre Sonatrach y Repsol-GN a razones políticas. También ahora, tras reclamar aquélla a GN esos 1.500 millones de euros por el desajuste de los precios de compraventa del gas argelino. Incluso relacionándolo con la política del Gobierno español en el tema del Sáhara. Curioso, pues, estando radicalmente enfrentadas las tesis argelina y marroquí, en dicho contenciosos, también se achacan nuestras -como mínimo- tensas relaciones con el reino alahuita a la postura española sobre el Sáhara. Un auténtico ‘triángulo de las Bermudas’ donde desaparecen los derechos de la población saharaui.

    El embajador argelino en Madrid ha puntualizado que los conflictos entre Sonatrach y (algunas) compañías españolas no tienen ningún componente político, no debiendo trascender al ámbito intergubernamental. Son conflictos empresariales y punto. Lo cierto es que, incluso, y aunque sin haberlo especificado el embajador, las relaciones empresariales Sonatrach-Repsol (a veces asociada con GN) en otros proyectos en Argelia, continúan sin ningún problema, al no existir ningún desacuerdo contractual. Mientras tanto, aquí se amenaza hasta con limitar las compras de gas argelino por Ley, modificándola al más puro estilo bolivariano. Que la decisión del tribunal de arbitraje va a lesionar los intereses económicos de algunas empresas españolas es cierto, pero es la ley del libre mercado. Sus clientes siempre tendrán, o deberían tener, otras alternativas de suministro con sus competidores, si así lo decidiesen. Ahora, estos se estarán frotando las manos, habiendo dos posibilidades: competir con GN con un mejor precio o, en este país de tarifas reguladas, que el Gobierno decidiera igualar todas por arriba… Y tendrían más beneficios. ¿Los perdedores? Como de costumbre, algunos, o incluso todos, los consumidores. Y es que no hay que confundir churras con merinas, empresas con gobiernos o, en vísperas de las elecciones autonómicas catalanas (qué casualidad), ‘ceps’ con ‘rovellóns’.

    Analista de energía y Consultor. Miembro del Consejo Asesor de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’

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