• Noticias maquetadas 11.10.2010

    El plan B

    Alfredo Pastor – Cátedra Iese-Banc Sabadell de Economías Emergentes  – 10/10/2010

    Nos pedirán, sobre todo, medidas de reducción del gasto, y no habrá más remedio que decretar alguna

    Las reuniones anuales del FMI y del Banco Mundial no han empezado bien para nosotros: las previsiones de crecimiento de la economía española para el año 2011 que acaba de hacer públicas el Fondo son muy inferiores a las que emplea el Gobierno para elaborar su programa de ajuste fiscal: según éstas, nuestro producto interior bruto crecerá, en el 2011, un 1,3 por ciento; según el Fondo, el crecimiento no pasará del 0,7. Casi la mitad, dirán algunos; seis décimas de diferencia, dirán otros. No perdamos tiempo en esa discusión: hasta mediados del 2012 no sabremos a ciencia cierta cuánto hemos crecido en el 2011, y para entonces nadie se acordará de lo que hoy se dice. Lo que ahora importa es saber que la reducción del déficit que nuestro Gobierno se ha comprometido a hacer no será posible con un crecimiento inferior al 1,3 por ciento, cifra que, en opinión del Fondo – una opinión sólida y a veces desinteresada-no estamos ni mucho menos seguros de alcanzar.

    Así las cosas, algunas ánimas bien intencionadas preguntan al Gobierno si tiene pensado algo para el caso de que sus previsiones no se cumplan; y le piden que, si lo tiene, lo diga, en ese formato que hoy se ha dado en llamar plan B.A mí me parece una impertinencia hacer en público esa petición al Gobierno, aunque admito haberme preguntado a menudo, a lo largo de estos dos últimos años, si nuestra política económica estaba inspirada por algo más que por el afán de desconcertar al ciudadano; pero no está de más que nos preguntemos qué habría que hacer si, a finales del primer trimestre del año que viene, intuyéramos que nuestra economía se iba a quedar corta: ¿cómo debería ser ese plan B?

    Ese plan debería ser de lo que hoy se llama «consolidación fiscal»: es decir, de reducción del déficit, o por menores gastos, o por mayores ingresos. Hay una alternativa: ya que el desequilibrio de nuestras cuentas se debe sobre todo al bajo crecimiento, estimulemos nuestra economía como sea, y el déficit ya se corregirá. Este es un camino que algunos proponen para Estados Unidos, y que sólo Alemania parece descartar de plano. Pero a España le está vedado: nuestros socios, que no podrían digerir un impago de nuestra deuda, nos lo impedirán; y, mientras tanto, el acceso a los mercados financieros cuyos recursos necesitamos se haría aún más difícil. Por otra parte, nos exigirán medidas tangibles: no bastarán las promesas.

    En pocas palabras: nos pedirán, sobre todo, medidas de reducción del gasto, y no habrá más remedio que decretar alguna. Las de siempre (inversión pública y sueldos de los funcionarios) ya están tomadas; muchas administraciones periféricas están en mala situación financiera, y quizá lo más que pueda pedírseles sea que no aumenten su deuda. Existe, sin embargo, un depósito potencial de recursos: las subvenciones.

    Nadie, en toda la Administración, será capaz de dar una lista exhaustiva del total de subvenciones; pero, no hace muchos años, una lista parcial, conseguida con mucho esfuerzo, cifraba el monto total en el equivalente de seis puntos porcentuales del PIB de entonces: la reducción del déficit que hoy se nos exige. Claro está que muchas de esas subvenciones están perfectamente justificadas; pero ¿alguien se atreverá a afirmar que lo están todas?

    Es difícil imaginar una política más ingrata que la de reducir las subvenciones: uno se crea muchos enemigos por poco dinero, y hay que tener un discernimiento casi sobrehumano para separar el grano de la paja; por otra parte, la reducción del capítulo de transferencias parece ser, según el informe del fondo ya citado, la forma más eficaz de reducir el déficit de forma permanente. Al mismo tiempo, esa política es un buen ejemplo del tipo de política económica que habrá que seguir, en la que la tenacidad contará más que los grandes gestos, que ya están todos hechos, y en la que los progresos se medirán en milímetros.

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    Seamos francos: nos vemos obligados a hacer un ajuste fiscal que no nos conviene, porque tendrá efectos negativos sobre el empleo y el crecimiento en el corto plazo; el ajuste se hace en las peores circunstancias que uno podría imaginar, ya que sus efectos no pueden ser compensados ni por estímulos monetarios – que no dependen de nosotros-ni por una devaluación – nuestros principales clientes usan nuestra misma moneda-ni por la euforia de nuestro entorno – ya que todos están en el imposible empeño de reducir sus déficits fiscales. Por consiguiente, habrá que mantener un difícil equilibrio: recortes excesivos pueden comprometer aún más el crecimiento; recortes insuficientes también, ya que los mercados, con su superior criterio, encarecerán el coste nuestra deuda. Es un ejercicio muy difícil, para cualquier gobierno.

    Hay que admitir lo que se está haciendo evidente: si la recesión por la que aún está pasando nuestra economía no es más profunda de lo que se pensaba hace un año, la recuperación de los demás países avanzados (en la que fiábamos parte de la nuestra) no lleva visos de producirse: por consiguiente, encaramos una etapa de bajo crecimiento más larga de lo que hubiéramos pensado (y mucho más larga de lo que hubiéramos deseado). A mi entender, el objetivo principal de la gestión macroeconómica no ha variado: es contribuir a la creación de un entorno favorable a la inversión privada. Este no es el único objetivo de la política económica, menos aún de la política; pero, en este momento, es el más importante para la marcha de la economía, de la que otros dependen .

    Los instrumentos más fáciles (unos tipos de interés bajos, mayor gasto público) ya no están en nuestras manos. Eso no quiere decir que el gobierno haya agotado su margen de acción, como he indicado más arriba; y no hay que olvidar que los poderes públicos (centrales, autonómicos y locales) contribuyen a crear ese entorno con sus actitudes. Por eso esperamos que el oportunismo (por racional que parezca) y la frivolidad sean las principales víctimas de la crisis.

     

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