• Noticias maquetadas 10.10.2010

    El triunfo de un hijo del sur

    El autor celebra el triunfo de Tomás Gómez y el fracaso del aparato federal en su intento de controlar y tutelar al PSM
    Afirma que el secretario general de los socialistas madrileños encarna con acierto un necesario discurso igualitarista

    Pasará mucho tiempo hasta que podamos enjuiciar con alguna claridad lo ocurrido en estas semanas en el socialismo madrileño. Por si puede ayudar al lector me gustaría hacer un poco de historia para situar la peripecia vivida por Tomás Gómez y poder así evaluar con algún rigor el resultado obtenido. Pienso que sólo así es posible dibujar los retos que va a tener que afrontar a partir de este momento.

    Comencemos con la historia, que remite a los avatares de la Federación socialista madrileña y a los momentos previos a la decisión de convocar primarias en Madrid. Son muchos los que han recordado los debates de los años 30, cuando Francisco largo Caballero y Julián Besteiro eran elegidos diputados por Madrid y el partido estaba desgarrado por las querellas entre caballeristas y prietistas en la primavera del 36. Incluso algunos han traído a colación las palabras de Salvador de Madariaga cuando afirmaba que la división de los socialistas fue una de las causas decisivas de la Guerra Civil.

    No cabe duda de que los aficionados a la historia volvemos una y otra vez sobre aquella división entre los partidarios de mantener la alianza con los republicanos de izquierda y los defensores de la bolchevización del Partido Socialista. Volver a esa historia es imprescindible para entender el significado de la República, de la democracia, del liberalismo y del destino trágico de la historia de España.

    Pero por duros que fueran los debates, por apasionadas que fueran las querellas entre unos y otros, hay que decir que la división que atravesó al Partido Socialista en toda España. No fue nunca un problema, como algunos parecen dar a entender, específicamente madrileño.

    Sí lo fue, sin embargo, lo ocurrido en la Transición a la democracia y a partir de las primeras elecciones del 15 de junio del 77. Es ya una verdad histórica, asumida en los relatos convencionales sobre la Transición, que la renovación del socialismo español la protagonizaron vascos como Redondo, Múgica o Rubial, andaluces como Felipe Gónzalez y Alfonso Guerra y exiliados como Carmen García Bloise. Todos ellos constituyeron una coalición victoriosa a partir del congreso de Suresnes en 1974. Una coalición que siempre miró con recelo a Madrid. En la capital estaban los hombres del Partido Socialista Popular como Enrique Tierno Galván, Raúl Morodo o Fernando Morán; estaban también los entonces jóvenes cuadros de Convergencia Socialista como Joaquín Leguina o Juan Barranco y políticos muy relevantes en la lucha antifranquista desde el Colegio de abogados (Pablo Castellano), el Colegio de doctores y licenciados (Luis Gómez Llorente) o desde el mundo universitario como Gregorio Peces-Barba, Francisco Bustelo, Elías Díaz y tantos otros.

    El esfuerzo de la dirección del PSOE, salida desde Suresnes, fue evitar que Madrid se convirtiera en un poder autónomo en la estructura del partido. Para llevar esto a cabo era imprescindible neutralizar a figuras antifranquistas que fueron enviadas a encabezar las listas del PSOE en distintas provincias. Fue el caso de Peces-Barba en Valladolid, Gómez Llorente en Asturias, Castellano en Caceres o Bustelo en Pontevedra. Era imprescindible controlar la Federación madrileña con secretarios generales que no tuvieran la personalidad de los anteriores.

    Esa maniobra de la dirección de Suresnes se ha reproducido en esta ocasión. Son muchas las cosas que diferencian a los políticos de la época de Felipe Gónzalez con los de la era de José Luis Rodríguez Zapatero; pero hay algo que los une: el procurar que Madrid nunca levante demasiado la voz, que nunca tenga una personalidad demasiado marcada, que no logre asentar un liderazgo.

    Este designio de las sucesivas ejecutivas federales se complica por el hecho de que, si en los años 70 se puede entender (no justificar) esa prevención por el miedo a que floreciera un liderazgo díscolo en Madrid, seguir hoy con esa inercia es extraordinariamente peligroso dado el desarrollo del Estado de las autonomías.

    Son muchos los liderazgos dentro del socialismo que se han consolidado a partir de la experiencia de los Gobiernos autonómicos. Todos tenemos en la cabeza la importancia de Rodríguez Ibarra en Extremadura, de Pasqual Maragall en Cataluña, de Chaves en Andalucia, de Bono en Castilla-La Mancha o de Areces en Asturias. Pero en Madrid, desde 1989, gobierna la derecha en el Ayuntamiento de la capital y desde 1995 en el Gobierno de la Comunidad. Son demasiados años sin un referente importante del socialismo madrileño.

    Es en este contexto histórico donde tiene un enorme mérito la peripecia de Tomás Gómez. Una vez más se ha pretendido volver a controlar, a neutralizar, a tutelar a la vieja Federación Socialista Madrileña (me gusta más ese nombre que el actual de PSM). Se ha pretendido realizar esa operación desde el aparato federal. Sólo gracias a que el actual secretario general ha sabido resistir la presión, ha aguantado el envite y ha asumido las consecuencias de una derrota que muchos veían previsible hemos evitado lo peor. Arriesgándolo todo, estando dispuesto a dar por concluida su vida política, ha sido capaz de devolver un sentido de orgullo, de autoestima, de dignidad a los socialistas madrileños.

    Y lo ha hecho teniendo que dirimir la pugna sin ningún debate entre candidatos. Era muy difícil ganar sin que se produjera ese debate. Votar por lo que dicen las encuestas, por la imagen personal, por la simpatía, hace que sea difícil dirimir las razones de los votantes. Algunos sociólogos llegaron a hablar de la necesidad de actuar racionalmente. Pero las preguntas que nos planteábamos muchos eran obvias: ¿de qué razón hablamos?; ¿se trataba simplemente de ganar elecciones?; ¿ a qué precio?; ¿ con qué programa?

    Creo que, sin haber podido realizar debates, una opción distinta conformaba a ambas plataformas. Para los partidarios de Trinidad Jiménez lo importante era presentar una candidata capaz de movilizar a las clases medias, disputar el espacio del centro y agregar a distintos sectores partidarios de un radicalismo cívico. En esa apuesta eran plenamente zapateristas porque recogían lo mejor del legado de Zapatero en la defensa del matrimonio homosexual o de una política de integración que no tuviera miedo a la diversidad, y recogiera los distintos acentos de una comunidad plural.

    El discurso de tomás gómez era distinto. Creo que fue calando porque recogía la dignidad del hombre que supo decir que no, pero no sólo por eso. Supo poner encima de la mesa un problema al que todo socialista es o debe ser sensible. Cuando fue introduciendo en su discurso la necesidad de que alguien del sur ganara las primarias y disputara la presidencia de la comunidad de Madrid. Cuando subrayó con orgullo lo conseguido por un hijo de la clase trabajadora, logró ganar para su causa a muchos militantes de la periferia, pero también a muchos miembros de las clases medias profesionales que piensan que ya era hora de volver a hablar de igualdad. Sin libertad no hay democracia, y sin democracia no hay socialismo, pero es imposible lograr algo que se acerque al socialismo sin combatir día a día la desigualdad.

    Y es aquí donde está el reto de futuro. El reto de recoger lo mejor del radicalismo cívico que ha representado muy acertadamente Trinidad Jiménez y el discurso igualitarista que ha encarnado en su persona, en su biografía y en su relato Tomás Gómez.

    Aunar esas dos sensibilidades es lo decisivo en una comunidad que ofrece muchas posibilidades para ello. Esperanza Aguirre ha sabido dar la batalla en el campo de los valores, ha sabido defender con fuerza a los neoliberales en economía, apoyar a los sectores neoconservadores en cuestiones de moral, y defender con vigor su interpretación de la historia de España.

    La izquierda madrileña espera un liderazgo que sepa difundir una interpretación alternativa de la historia de España, sostener una concepción incluyente de la laicidad y conectar con unas bases sociales que tienen miedo al paro, y ven con pavor cómo se resquebrajan los sueños igualitaristas. Esas bases, sin embargo, han vivido con asombro, y con alegría, que uno de los suyos vaya a disputar la presidencia de la Comunidad de Madrid.

    Tardaremos en asimilar el mensaje de lo ocurrido el 3 de octubre de 2010. Y tardaremos porque es algo nuevo. Alguien del sur se enorgullece de su pasado, reivindica su biografía y quiere disputar la hegemonía a la élite económica y social. Estamos ante un hecho nuevo que inquieta a los poderes económicos tradicionales y que desconcierta a las clases medias socialistas que pensaban que los conflictos de clase eran cosa del pasado. Nunca fue así y ahora con la crisis económica todavía menos. Un hijo del sur ha triunfado y algo nuevo se abre en la vida política madrileña y española.

     

     

    Antonio García Santesmases es catedrático de Filosofía Política de la Uned.

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