• Noticias maquetadas 24.09.2010

    Federico Jiménez Losantos

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    Me ha emocionado mucho leer estos artículos, apuntes, ensayos o discursos breves de José Antonio Labordeta. Me emociona también tener la oportunidad de comentarlos. Labordeta –vamos a llamarlo así, sin desdoro del gran Miguel, su hermano y maestro- forma parte de una época inolvidable de mi vida y de la de cualquiera: la adolescencia, el paso de la niñez a ese terreno movedizo que algunos llaman edad adulta, otros madurez y otros, simplemente, la niñez perdida. Entre estos últimos suelen contarse los especímenes líricos, y por tanto, Labordeta. En este libro se ve, mejor que en cualquier otro desde «Las Sonatas», cómo una serie de imágenes, de vivencias infantiles se sobreponen a la realidad, por buena o mala que ésta sea, y cómo también esas vivencias primeras o primerizas no son ni buenas ni malas, simplemente Buy son. Pero lo son de tal modo, con tal fuerza, que sobreviven a la prueba del tiempo, de las ideas, de la política y hasta de la muerte misma.

    Siendo un escritor de temperamento elegíaco –lo épico de sus canciones es siempre elegíaco, con más o menos entusiasmo en la profecía, véanse el Canto a la libertad y Aragón-, Labordeta conserva siempre un reducto propio, minúsculo pero imantado, al que van a parar todas sus reflexiones sobre el tiempo. Está contado aquí, en las mejores páginas del libro, cuando nos habla del niño asomado a la ventana y viendo el incesante tráfago del Mercado, asombrado por la interminable multiplicidad de las cosas que los humanos son capaces de acarrear en la vida, cuando, generalmente, la vida le parece al poeta sólo la posibilidad de pensar su fin, de meditar sobre la muerte. Pero sobre este hecho de razón se alza la memoria cautiva de unos años sombríos y al tiempo soleados, de una tristeza en el aire purificada por los pulmones de un niño que todo lo cura con sus ojos abiertos.

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    Pasan los años, a veces pasan años sin vernos, pero sigo sabiendo de él y de sus cosas, y cuando a veces me pregunto: «¿pero por qué demonios dirá esto, firmará aquello, se meterá en esta candidatura política y se juntará con tan malas compañías?», finalmente vuelvo a ese niño que Labordeta guarda y exhibe siempre, el que mira al Mercado, el que va a Belchite, el que contempla los estragos de la guerra y el luminoso disparate de la literatura zaragozana –perdón, de la literatura que se hace en Zaragoza- durante la larga noche que siguió al Acontecimiento, al Hecho, a eso que Miguel Labordeta definió así: «eran siglos podridos reventando» y que en la noche nada epilírica, más bien tragilírica, del alcohol, los deseos (todos los deseos) prohibidos y los amaneceres yertos de esa generación de buenos, de excelentes poetas termina siempre por aparecer: la Guerra Civil. Cuando veo alguna cosa de José Antonio en política que no comprendo, recuerdo esos años bohemios, perseguidos y apremiados por un fantasma político, y digo: bueno, otra vez la Guerra. Entonces recuerdo –cito de memoria- otro verso, o dos versos: «… los viejos proletarios del barrio de San Pablo/han quedado en silencio. olanzapine depot cost Purchase Pills «, y hasta acabo alegrándome de mi primera consternación, porque eso significa que José Antonio sigue siendo, sigue estando, hasta donde uno puede ser y estar, donde lo conocí, hace de eso veintimuchos años. Saber que Labordeta sigue ahí es hoy para mí algo parecido a lo que le pasa a él con algunas calles, pueblos, plazas y rincones, que habiendo sido reales han pasado a mejor vida, a mejor realidad en la memoria.

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    Cuando conocí por primera vez a Labordeta tenía catorce años y cuando empecé a tratarlo, y más que tratarlo, a quererlo, a admirarlo, quince. Fue en el Instituto de Teruel, y luego en el recién fundado Colegio Menor «San Pablo» al que nos trasladamos en bloque todos los becarios del «General Pizarro», ávidos de la libertad y, por qué no decirlo, de la novedad que aquellos profesores jóvenes traían de golpe a nuestras vidas. En el Instituto reinaba Eduardo Valdivia; en el Colegio, su dueño y fundador benevolente, Florencio Navarrete; y en ámbitos más eclesiales, o entre eclesiales, editoriales y políticos, Eloy Fernández Clemente; pero los que realmente se llevan el gato al agua eran Labordeta y Pepe Sanchís Sinisterra, dos tipos absolutamente diferentes que resultaron complementarios. Había otros muchos profesores de entonces realmente maravillosos, desde Amparo Benaches, que me perdonaba las horribles láminas de dibujo que yo perpetraba para que no perdiera la beca o manchase mi expediente, hasta los de Religión o Política, que eran unos pedazos de pan, o Marie-Claude Grelier, de francés, a la que rendimos blanca devoción desde los doce años. Era aquel un centro absolutamente disparatado, donde coincidían en una misma cátedra, la de Química, una víctima del Gulag y un maoísta de Valencia. A mediados de los sesenta, Teruel era lo más progre de España, lo que pasa es que España no se daba cuenta. Y Teruel, tampoco.

    Con Labordeta y Sanchís como motores y agitadores, la verdad es que a los quince años hacíamos cosas que sólo se veían en las películas, por ejemplo, tomar el té en casa de los profesores –recuerdo la primera tarde y lo guapísima que estaba Juana-. También hacíamos teatro, y unas obras las dirigía Sanchís y otras Labordeta. El hoy famoso pintor Gonzalo Tena bordó un Shylock imponente en el teatro Marín, y yo me tuve que conformar con un papel pequeñito en «La zapatera prodigiosa», donde Mari Carmen Magallón, la chica que todo lo hacía bien, excepto darse cuenta de que yo existía, era la zapatera sandunguera. Con aquella obra llegamos a la final nacional de Teatro Juvenil, en Orense, que creo se llevó el grupo «Esperpento» dirigido por Alfonso Guerra. Naturalmente, con trampas, porque eran todos universitarios, o sea, viejísimos, y nosotros no pasábamos de los quince o dieciséis. Luego niegan algunos que la historia es maestra de la vida. ¡Y la vida de la historia!

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