• Noticias maquetadas 20.09.2010

    OPINIÓN

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    Defensa de la competencia y libro electrónico

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    julio Pascual y Vicente. Director de Competencia, Ashurst |

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    Actualizado viernes 17/09/2010 18:11 horas

    El fenómeno del libro electrónico promete revolucionar el modelo vigente de difusión de la ciencia y la literatura de manera no menos espectacular a la que supuso la sustitución de los rollos escritos a mano por los libros impresos y encuadernados. El cambio de soporte del libro que estamos empezando a vislumbrar ahora puede dar al traste con las empresas editoriales convencionales como dio al traste la generalización del uso de la imprenta con la profesión de amanuense.

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    En el negocio editorial pueden distinguirse tres funciones diferenciadas: relación con los autores, hechura del libro y venta del mismo. De estas funciones, las dos últimas son las que representan la parte más importante del precio de un libro. Pues bien, de las tres, sólo la de relación con el autor, la de menor importancia económica, es la que va a permanecer al no diferenciarse si el libro es en papel o es electrónico. Las otras dos, sin embargo, se llevan a cabo de modos completamente diferentes en el negocio editorial de libros de papel y en el negocio de libros electrónicos. ¿Cuál es el corolario?

    El corolario es que únicamente se salvarán las editoriales de libro escrito que sean capaces de reconvertirse, cambiando de manera radical su forma de ver el negocio y de organizarlo. Particularmente la venta del libro, que implica unos costes porcentualmente muy altos respecto del precio del libro, es un negocio completamente diferente si lo que se venden son libros de papel o libros electrónicos.

    Conscientes de lo que se les viene encima, algunas grandes editoriales internacionales están aproximándose a los que ven como sus naturales socios en la nueva singladura, que son los especialistas en la nueva forma de producción y en la nueva forma de venta. Así, se ha hecho público que editoriales como Macmillan, Simon & Schuster, Hachette, HarperCollins y Penguin, están intentando llegar a acuerdos con Apple y Amazon para poder ofrecer libros electrónicos a unos precios tan bajos que no podrían ser igualados por las editoriales competidoras.

    Y en esas estamos cuando el fiscal general del Estado de Conneticut (USA) ha abierto una investigación sobre tal concertación de voluntades empresariales con la justificación de que ese trato para reducir los precios de los libros electrónicos podría impedir que sus rivales ofrecieran unos precios igualmente atractivos. El señor Blumenthal, que es el nombre del fiscal antes indicado, parece que ha enviado cartas a Amazon y a Appel pidiendo reunirse con los responsables para tratar el asunto, según la noticia de una agencia internacional difundida hace unos días.

    Lo que acabo de relatar seguramente ha evocado en el lector ese juego llamado «el mundo al revés» que aprendimos todos en la infancia. Pensará el lector que es como si un fiscal hubiera escudriñado, a principios del siglo pasado, un acuerdo entre operadores de diligencias y fabricantes de coches para poder ofrecer a los viajeros unos transportes más rápidos y baratos, inalcanzables para los transportistas de entonces empeñados en seguir empleando diligencias.

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    La agencia no decía más en su noticia, pero quizá la suspicacia del señor Blumenthal, activada por algún denunciante como aquél cojo que gritaba ¡No corráis que es peor!, sea fruto de una reflexión como la siguiente: Si estos importantes editores llegan a un acuerdo para poder abaratar tanto los precios de los libros, van a desaparecer todos los demás editores y, cuando eso suceda, volverán a ponerse de acuerdo pero esta vez para subir los precios.

    A estas alturas de la vida ha visto uno lo suficiente para ya no asombrarse de casi nada. No conozco al señor Blumenthal, pero si fuera mi amigo le diría: No te opongas a ese acuerdo, apláudelo y, eso sí, advierte a esos señores que el acuerdo debe quedar abierto a que se incorporen al mismo cualesquiera otros editores que deseen hacerlo.

    Cuento todo esto para que los editores españoles, a los que veo un poco lentos en esto del libro electrónico, tomen conciencia del nivel al que se encuentra el debate. Pueden pensar que seguirán siendo editores, pero estoy seguro de que sólo continuarán en la profesión los que sepan ver que para continuar dedicándose a los libros tienen que cambiar de negocio.

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