• Noticias maquetadas 13.09.2010

    NI SIQUIERA FORMACIÓN.

    Alfredo Pastor – Profesor del Iese  – 12/09/2010

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    Nuestra deficiente formación contribuye a aumentar el paro y dificulta la reabsorción de los parados . Empezamos el curso sin más perspectivas que las de una recuperación muy lenta. La digestión de nuestra burbuja inmobiliaria proseguirá sin el bicarbonato de los estímulos fiscales. La reciente rectificación sobre el endeudamiento de los ayuntamientos hubiera despertado las iras de Don Quijote («no hagas muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y cumplan», advertía éste a Sancho), y cierra aún más el campo de acción económica de nuestro gobierno: si no hay margen para poder gastar, porque no nos dejan los de fuera, tampoco lo hay para ahorrar, porque nos lo impiden los de dentro. Ya no queda más remedio que afrontar, por fin, las tareas que nos impone – y nos permite-nuestra mala situación.

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    La más difícil, y la más importante de ellas, atañe a la educación: el sistema básico (primaria y secundaria) es de los peores del mundo, lo que contribuye a aumentar el volumen del paro y a dificultar la reabsorción de los parados. La enseñanza superior, planteada como medio para acceder a un buen sueldo (única aspiración de la mayoría de nuestros alumnos), está teniendo un pésimo resultado: no hemos estimulado al alumno al estudio, no le hemos obligado allí donde el estudio era obligatorio; no hemos sabido gestionar sus expectativas, haciéndole ver cuáles eran sus capacidades, a dónde le llevaban sus estudios y cuáles eran sus perspectivas; no le hemos impartido aquellas enseñanzas que le hicieran más adaptable, y, por consiguiente, más susceptible de encontrar empleo en tiempos de tormenta.

    El resultado – lo indica un reciente informe de la OCDE-es que casi el 45 por ciento de nuestros licenciados están empleados en tareas que no correspondan a su titulación; en esta estadística ocupamos el primer lugar (la media de la OCDE no llega al 25 por ciento): un engaño para los alumnos, un despilfarro incalculable de recursos para nuestro país. Estamos lejos de alcanzar el ideal de la educación como formación profesional – que es, por lo visto, nuestro objetivo-y no nos acercaremos a él mientras padres, docentes y políticos sigan tratando exclusivamente del calendario escolar, la semana blanca, la educación para la ciudadanía y la lengua vehicular; asuntos que, por lo que uno lee y oye, ocupan toda su atención.

    Pero supongamos que hemos logrado convertir nuestro sistema educativo en una máquina perfecta de colocar a 2 nuestros hijos y sobrinos. Si no vamos más allá, las perspectivas que les ofreceremos serán muy limitadas: a quien le interese el dinero, lo dirigiremos hacia un MBA; a quien no, hacia una ONG; a quien se aburra, le recomendaremos alternar entre la práctica de algún deporte y los viajes exóticos de fin de semana. No esperaremos tener muchos nietos, porque los hijos tienen muy difícil encaje en ese programa. No queramos engañarnos: esto es lo que nos ofrece la educación concebida exclusivamente como formación profesional; y está muy bien, siempre que recordemos que esa formación profesional sólo es una pequeña parte de la verdadera educación.

    Si queremos ir más allá, habrá que volver a las raíces, y recordar que educar quiere decir hacer aflorar todo el potencial de cada uno, y no sólo en la dimensión laboral; que la educación da acceso, no sólo al mercado de trabajo, sino tambien – eso sí, a costa de un cierto esfuerzo-a bienes que, precisamente por ser inmateriales, están al abrigo del ciclo de los negocios.

    Todo esto tiene que ver con la economía. La educación, entendida en su acepción corriente – como formación profesional-no evitará las crisis: no olvidemos que quienes nos metieron en ella tenían estudios. Pero mitigará un poco sus efectos, porque habrá dotado a los alumnos de un bagaje que les permitirá adaptarse con mayor soltura a los cambios en las profesiones, y facilitará el trasvase de unos oficios a otros. En su acepción clásica – como camino de acceso al conocimiento-una mejor educación hará las crisis menos probables en la medida en que nos libere de la tiranía de la riqueza, de modo que los primeros de la clase no quieran ir a parar a la banca de inversión. Por último, y esto es quizá lo más importante, la educación clásica nos prepara mejor para el futuro que la formación profesional estricta.

    En efecto: el éxito – siempre muy limitado, como hemos visto del modelo de la formación profesional depende por completo de la continuidad del crecimiento, que asegura la progresión de los ingresos. Pero esa continuidad no está garantizada; puede que no sea deseable; puede incluso que no sea posible; y, si se esfuman las perspectivas de crecimiento – y, por consiguiente, de una creciente prosperidad-¿qué les quedará a quienes hayan creído en la formación profesional como educación? Cuando muchos se den cuenta de que el sueño americano, o el alemán, o el chino no es para ellos, ¿qué harán? Una auténtica educación, por el contrario, les habrá enseñado que un sueño es un sueño; que, si los caprichos son innumerables, las necesidades son pocas; que, como decía no hace mucho un economista chino, quizá sea mejor estar estancado a treinta mil dólares de renta per cápita que creciendo a cuatro mil. Estas enseñanzas deben formar.

     

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