• Noticias maquetadas 05.07.2010

    online Mandela y Zapatero
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    Pedro Schwartz

    Toda la atención de los españoles ha estado centrada en el campeonato del mundo de fútbol que está desarrollándose en Sudáfrica. Unos pocos en presencia pero muchos ¡millones! por la televisión vivimos no sólo el campeonato sino algo de la realidad de ese lejano país. Mi amigo Carlos Espinosa de los Monteros ha estado allí, con su teléfono móvil cuya señal de llamada es el himno del Real Madrid, y me comunica su esperanzadora impresión que le ha producido esa nueva sociedad multirracial. Con todas sus dificultades, los sudafricanos se mantienen en la vía de reconciliación que abrió Nelson Mandela.

    Entretanto, los españoles seguimos avanzando por la vía del enfrentamiento. El último episodio de este bronco caminar es la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña. El Tribunal ha tenido que ocuparse de un asunto que en realidad no correspondía a su jurisdicción y ha acabado llegando a una decisión que ha descontentado a todos. Aunque no lo acepten, los nacionalistas catalanes de todos los colores han querido modificar la Constitución en puntos esenciales, como el definir a Cataluña como una nación, o hacer inmunes los tribunales catalanes de toda apelación al Tribunal Supremo de España, o convertir la lengua catalana en lengua preeminente en el Principado.

    Incompatibilidad

    A mis inocentes ojos, todo esto parece incompatible con los artículos de la Constitución Española, que en su artículo 2 proclama la “indisoluble unidad de la Nación española”; en su artículo 3 define el castellano como “lengua oficial del Estado” (del que la Generalidad de Cataluña forma parte); y en su artículo 123 otorga al Tribunal Supremo “jurisdicción en toda España” determina que es “el órgano jurisdiccional superior en todos los órdenes”. Y podría yo señalar, como lo hace la sentencia del Constitucional otros puntos de inconstitucionalidad en el Estatuto catalán – y otros muchos.

    Por lo tanto, la única posibilidad abierta para la Generalidad era proponer una reforma de la Constitución, en la forma fijada por los artículos 87 y 168 de la Carta: propuesta de la Generalidad al Gobierno o a la Mesa del Congreso, mayorías reforzadas en el Senado y el Congreso, y en su caso referéndum nacional. Temían los nacionalistas catalanes que el pueblo español, en quien “reside la soberanía nacional”, no aprobara tales reformas y se acogieron a la ficción de que eran constitucionales esas reformas si las aprobaban las Cortes. José Luis Rodríguez Zapatero les apoyó en su intento: es notorio que, habiendo proclamado que aceptaría todo lo que decidiera el Parlamento de Cataluña, acordó con el señor Artur Mas, que el Gobierno socialista haría votar el Estatuto, con mínimas enmiendas consentidas en la Comisión Constitucional del Congreso.

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    No era ésta la primera de las decisiones del presidente Zapatero en ahondar las divisiones entre españoles –ni la última–. Especialmente conflictiva ha sido la de revivir la “memoria histórica” según la entienden algunos de los izquierdistas de hoy que querrían ganar ahora la guerra contra el bando nacional e infamar definitivamente el régimen del general Franco.

    Inaceptable

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    En mi opinión y aunque muchos puedan discrepar de mí, creo inobjetable que se dé digna sepultura a los ajusticiados después de la Guerra Civil cuyos cuerpos fueron enterrados en fosas comunes si , en el caso de ser ello posible, se recaba el acuerdo de las familias. Es sabido que este permiso no se obtuvo en el caso de García Lorca.

    Inaceptable del todo resulta, sin embargo, el intento del Gobierno de imputar las crueldades y asesinatos de la Guerra civil al bando de los llamados “nacionales”, así como de denunciar el esfuerzo de reconciliación del la Transición como un intento hipócrita de disimular los “crímenes del franquismo” porque había que inducir a los descendientes de los “rebeldes” a aceptar la democracia. Perdonen mis lectores tantas comillas pero las uso para desactivar la minas anti-persona con que los radicales de la izquierda han sembrado el terreno.

    Creo que el comportamiento de Nelson Mandela ofrece un instructivo contraste con el de Zapatero. Tras veintisiete años de cárcel después de conmutada la pena de horca, muchos de esos años en la durísima penitenciaría de Robben Island, consigue Mandela que el presidente F. W. de Clerk le libere, entable negociaciones y convoque elecciones libres que claramente iban a acabar con el poder de los boers. Al ser liberado, Mandela declara que no quiere mirar hacia atrás sino adelante.

    Ante el Tribunal Supremo de Pretoria, antes de comenzar sus largos años de cautiverio, Mandela había pronunciado las siguientes palabras. “Durante toda mi vida me he consagrado a la lucha a favor del pueblo africano. He luchado contra el dominio blanco. Y he luchado contra el dominio negro. He perseguido el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas puedan vivir juntas en armonía y con iguales oportunidades. Es un ideal para el que espero vivir y que espero conseguir. Pero si hace falta, es un ideal por el cual estoy dispuesto a morir.”

    Han visto ustedes la película Invictus, en la que se retrata el momento en que el presidente Mandela entrega la copa de campeones mundiales de rugby al capitán del equipo François Peinar, vestidos ambos con la misma camiseta simbólica hasta ese momento del apartheid deportivo y social que aquejaba a la sociedad sudafricana. Al presidente Zapatero lo más que se le ocurrirá, si España se proclama campeona mundial de fútbol, será decir que, gracias a sus desvelos, está amainando la crisis.

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