• Noticias maquetadas 01.07.2010

    Fútbol, nación, sociedad francesas

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    Michel Wieviorka

    Aprimera vista, no hay nada más internacional y global que el fútbol, en especial durante el Mundial. En el fútbol concurren todos los ingredientes de la globalización: el dinero como ídolo, la publicidad, los medios de comunicación y la comunicación instantánea, etcétera. El fútbol es también la nación y su identidad, así como la sociedad que estas incluyen, como acabamos de ver en Francia. En este país, el fracaso de la selección nacional se ha convertido, de hecho, en un desafío a la nación, un pavor de dimensión moral, que va mucho más allá de lo que merecería el acontecimiento. En el ámbito del deporte, ¿no debería ser lo esencial el acto de participar, como quería Pierre de Coubertin, el inventor de los Juegos Olímpicos modernos?

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    El mundo ha seguido con asombro la forma en que Francia ha vivido a modo de psicodrama la eliminación de su selección, uno de cuyos integrantes insultó gravemente a su entrenador, proporcionando así la portada al gran periódico deportivo francés L´Équipe y acercándose en tal ocasión al estilo de los diarios populares ingleses. El episodio y sus consecuencias (huelga de jugadores, negativa a entrenarse, declaraciones delirantes del entrenador, de varios ministros, intervención del jefe del Estado, etcétera) han ocupado el centro de la escena mediática y política, movilizando a todo tipo de actores: políticos, intelectuales, periodistas no especializados, etcétera. No han faltado, por otra parte, las explicaciones. Todas han insistido en las dimensiones organizativas del drama cuestionando al entrenador y a la Federación Francesa de Fútbol, así como apuntando a una crisis interna del fútbol francés al nivel de la alta competición. Sin embargo, la cuestión esencial radicaba en otra parte: se hallaba en los excesos, en las pasiones que delatan los problemas que rebasan el solo ámbito del fútbol.

    Estos problemas implican a la nación, el Estado y la sociedad. Los franceses se interrogan sobre su identidad nacional; son los ciudadanos más preocupados por la globalización en Europa. Se preguntan también cómo su país podrá mantener su lugar en el mundo en el futuro: en este caso, el fracaso deportivo agrava sus preocupaciones y viene a subrayar que allí donde Francia dominaba el mundo hace doce años (ganó el Mundial en 1998), en la actualidad ha perdido rango y categoría. El drama, en este caso, suelda a la población y al poder; en cuanto a la infausta selección francesa – incluido el entrenador-,se ha convertido en el chivo expiatorio que recibe las declaraciones e invectivas cargadas de un desafortunado chovinismo.

    Se cuestiona al propio Estado. De acuerdo con esta interpretación, no habría hecho nada hasta ahora para poner coto a las desviaciones del dinero entendido como ídolo – de lo que el fútbol francés constituiría un ejemplo con sus exageradas remuneraciones, del orden de varios millones de euros por un jugador de valía-.El fracaso de la selección llega en el mismo momento en que una serie de escándalos debilitan al jefe del Estado y a su gobierno: alojamiento asociado al cargo utilizado de forma abusiva por algunos ministros, encargos sin gran sustancia o contenido espléndidamente pagados a una ex ministra, condena por racismo del ministro del Interior, hipotética intervención del ministro encargado de delicadas negociaciones sobre las pensiones, ex ministro del Presupuesto y tesorero de la UMP en relación con un caso de determinado trato fiscal, etcétera. La eliminación de Francia en Sudáfrica se produce en un clima de descomposición del poder, especulación e incluso corrupción.

    Factor que se prolonga bajo una perspectiva más polémica. Por un lado, se desata el pensamiento reaccionario, más o menos racista, desde Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, al ensayista Alain Finkielkraut, que observa en el comportamiento de la selección francesa el espejo de los problemas de la sociedad y, específicamente, las cuestiones relacionadas con las llamadas banlieues relativas a la diversidad y la inmigración. Esta mentalidad aprovecha para tomarse la revancha con relación a lo sucedido en 1998, cuando un equipo «negro-blanco-hijo de africano» de la selección francesa se alzó con el triunfo, gratificando a la conciencia nacional con una victoria obtenida por jugadores procedentes de la diversidad. Por otro lado, se dice que en lugar de observar a las clases inferiores, convertidas en nuevas clases peligrosas, es preferible considerar las élites superiores, especialmente las que llevan las riendas del Estado. ¿No empleó el propio presidente de la República vocabulario grosero al intercambiar unas palabras con un manifestante al principio de su mandato? En este sentido, una configuración del tipo «clase contra clase» opone la evocación de las clases trabajadoras y de los círculos gobernantes: el fútbol, en este caso, permite expresar una tendencia presente y activa desde el principio de la crisis, según la cual tanto la izquierda como la derecha radicalizan sus discursos y posturas, mientras que antes solía oírse decir que sus diferencias recíprocas se difuminaban.

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    Se comprende mejor, ante tal panorama, que el fracaso de la selección francesa haya provocado un alud de pasiones: ha venido a recordar a los franceses que su país ya no es, tal vez, lo que era; que su Estado se ve erosionado por dinámicas propias de un proceso de descomposición y que su sociedad está dividida, siendo así que, en otros tiempos, el éxito les había aportado gratificaciones simbólicas susceptibles de ayudar a olvidar o minimizar sus problemas nacionales y sociales.

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    M. WIEVIORKA, sociólogo, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales

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