• Noticias maquetadas 24.06.2010

    En Líbano, un país en el que se prohíbe la asistencia de públicoa los estadios, la población se vuelca estos días en el Mundial

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    El fútbol como refugio

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    TOMÁS ALCOVERRO – Beirut. Corresponsal

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    Cada cuatro años hacen su agosto los vendedores de banderas en Beirut al llegar el Mundial de fútbol. La otra noche, jóvenes libaneses que cruzaban alborozados con sus automóviles el paseo marítimo ondeaban banderas españolas tras la victoria del equipo hispano en Johannesburgo. Hay profusión de banderas de muchos países, sobre todo de Brasil, de Alemania, de Italia, que son los que cuentan con mayor número de aficionados en esta población. Las banderas de Estados Unidos, en cambio, son muy raras. Un vendedor ambulante compró varios centenares y tuvo que ofrecerlas para que sus clientes se desquitasen prendiéndoles fuego. Fue la nota discordante a una celebración diaria con petardos, a veces disparos al aire, de los goles de los vencedores.

    Los partidos son difundidos por la popular televisión por cable Al Jezira. El Estado ha pagado 800.000 dólares para que el fútbol llegase en condiciones a todos los hogares abonados. Hoteles, restaurantes, bares, plazas y lugares públicos instalaron grandes pantallas para su retransmisión previa entrega de una cantidad fijada. En el estadio Fuad Cheab, en la localidad cristiana de Junie, al norte de Beirut, han dispuesto numerosos televisores de plasma sobre el césped. A su alrededor hay mesas, puestos ambulantes de bocadillos y bebidas. Son tan populares estos partidos que en algunas tiendas de lencería femenina se venden conjuntos con los colores de los equipos preferidos. Una vecina me contaba que todas sus amigas son entusiastas del equipo italiano, porque es el que cuenta con jugadores más guapos y maduros. Los niños visten camisetas con los nombres de los jugadores más conocidos. Hay comercios que rebajan los precios de algunos de sus artículos durante estas semanas de fiesta.

    La excitación provoca a veces pequeñas trifulcas, como cuando la otra noche un grupo de aficionados del equipo brasileño arrebató a un muchacho su bandera alemana y le prendió fuego en el concurrido paseo marítimo de la ciudad. Pero como aquí no se abusa o simplemente no se bebe alcohol no hay escenas callejeras de violencia.

    El Mundial en el que solo ha podido participar un país árabe, Argelia, es una gran evasión, una válvula de escape de los miedos e incertidumbres estivales de los libaneses, que siempre viven bajo especulaciones de amenazas bélicas. Hace cuatro años, tras la explosión festiva del Mundial de Alemania, vino la guerra de Israel y la organización chií de Hezbollah. Y en otro verano anterior, el de 1982 , el Mundial coincidió con la invasión del ejercito hebreo y el bombardeo del oeste de Beirut, en su ofensiva contra los guerrilleros palestinos, a los que derrotaron y expulsaron de la capital. Recuerdo que en las pausas de los combates, los fedayines, tras las barricadas, veían las retransmisiones de los partidos de fútbol en pequeños aparatos de televisión alimentados por baterías eléctricas. Un cineasta libanés esta produciendo un filme sobre el campo de refugiados palestinos de Ain el Helue durante los partidos del Mundial. Allí también llega el fútbol.

    Sin embargo, el su práctica agoniza en Líbano. Por eso ahora la gente es feliz, baila, canta, se entusiasma con la victoría de equipos que no son los suyos. Desde ya hace tiempo las autoridades prohibieron la asistencia de público en los encuentros de los equipos locales, los Ansar, Nehme, Hekmeh. Tratan de evitar que los campos de fútbol, de modestas dimensiones, se conviertan en campos de Agramante entre cristianos y musulmanes, suníes y chiíes, sin olvidar a los drusos, donde se enfrenten a mano armada por un quítame allá esas pajas. Hace un par de años, los suníes del Ansar y los chiíes del Nehme estuvieron a punto de provocar un zafarrancho de combate con disparos de fusiles ametralladores y de otras armas de fuego.

    Las encarnizadas luchas confesionales de esta república de 17 comunidades de diferente base religiosa inflamaban a sus enfebrecidos partidarios exponiendo a arrastrar a las calles a sus vecindarios. Si no fuese por las ayudas que reciben de sus jefes políticos, los Hariri, Jumblat, Gragea, los clubs libaneses no podrían sobrevivir. Apenas las televisiones locales retransmiten sus encuentros. Así que no queda otra que aporvechar la ocasión en un país donde este deporte es tan popular como en todos los países árabes, desde el Magreb al Machrek , desde Argelia a Sudán. Estos días pueden verse en las calles de Beirut todas las banderas del mundo. Excepto la libanesa.

    Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa

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