• Noticias maquetadas 09.06.2010

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    LAS RAZONES del descrédito político del Gobierno socialista, y en especial de su presidente, son numerosas pero todas acaban en su lastimosa percepción de lo real. En pocos ejemplos contemporáneos se cumple con tal severidad el diagnóstico que hizo Marx de la ideología como el velo alienante de lo real. El reproche sirve lo mismo para el proceso de reformas estatutarias, la negociación con ETA o la gestión de la crisis económica. Al descrédito, llamémosle técnico, se une ahora un descrédito moral: los ciudadanos observan con una perplejidad, en cualquier caso ya muy astillada, cómo el presidente prescinde de sus aporías ideológicas (aunque no, ciertamente de su instinto adánico, fundador) y anuncia una reforma laboral que durará décadas. Y lo hace sin haberse dirigido a la nación de ciudadanos que le ha dado dos veces la confianza parlamentaria; sin explicar el fundamento y la razón de sus antiguas percepciones y el porqué de la rectificación; sin dar una sola cifra que permita comprender sus voluminosos errores de cálculo; y sin insinuar lo que se esperaría de una calamidad humana similar: su decisión de acometer las urgentes e imprescindibles reformas que eviten la catástrofe y su posterior abandono de la política, ya convencido el presidente Zapatero que la realidad no le merece. Ese abandono, por cierto, no tendría nada de particular ni de dramático: hubo uno que se fue porque había contado hasta ocho; o sea que bien puede irse el otro porque se le hayan abierto al fin los ojos, un mecanismo menos sofisticado que el aritmético. En ausencia de estas explicaciones los ciudadanos descubren que el único motor de la permanencia del presidente, y también, para decirlo en crudo, de que no se le haya caído la cara de vergüenza, es el poder y su despiadada bicicleta, que si se para se cae. En el caso del presidente Zapatero este descubrimiento tiene su importancia, porque siempre se había presentado ante los electores como un hombre ideológico, ajeno al pragmatismo, al que costaba mucho imaginar pronunciando la sentencia inmortal de Marx (y van dos): «Estos son mis principios. Si no le gustan aquí tengo estos otros».

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    Esta altura de la columna (prodigioso artefacto gallego que sube mientras baja) parecería suficiente para otear el principal mal de España. Pero no. One More Thing, que dice el principal filósofo de nuestra era. La carrera del presidente tiene presto un recambio y por lo tanto no habrá de temer el descalabro español. Desande el escéptico la columna y allá en lo alto, donde pone «descrédito», habrá de encontrarse con el asombroso Mariano Rajoy Brey, aquel que nacido realista y honrado lector del Marca, ya practica la impostura del Principio Popular.

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