• Noticias maquetadas 07.06.2010

    Secuelas del 11-S (1)

    Guantánamo, prisión de Obama

    El legado de Bush pervive en la cárcel, sin perspectivas próximas de cierre

    MARC BASSETS – Guantánamo Enviado especial

    Cuando en otoño del 2008 Barack Obama ganó las elecciones presidenciales, los detenidos de Guantánamo lo celebraron.

    Que ganase alguien «con sangre musulmana» y negro, y que encima quisiese cerrar la prisión donde llevaban años encerrados, era motivo de esperanza.

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    Lo recuerda ahora un intérprete que lleva más de cinco años en contacto con los detenidos, y que pide anonimato por temor a que los autoridades le denieguen el acceso.

    El 22 de enero del 2009, dos días después de jurar el cargo, Obama firmó un decreto presidencial que obligaba a cerrar «no más de un año después de la fecha de esta orden» el centro de detención de Guantánamo, símbolo de la vulneración de los derechos humanos durante la administración Bush.

    Una copia del decreto cuelga desde entonces de un tablón de anuncios en un patio de la prisión donde los detenidos se reúnen para jugar al futbolín y hacer gimnasia.

    Visible para los presos y los carceleros, el decreto es un recordatorio de la promesa incumplida del presidente. Durante la campaña electoral y al asumir el poder, Obama enarboló el cierre de Guantánamo como la prueba de que EE. UU. regresaba a la senda de la legalidad internacional.

    Casi seis meses después de la fecha anunciada del cierre, Guantánamo sigue funcionando con normalidad. Nada ha cambiado. Y los mandos del centro de detención, ubicado en la base naval de EE. UU. en el oriente de Cuba, están preparados, si es necesario, para mantenerla abierta durante años y décadas.

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    «Probablemente tendríamos que hacer pequeñas modificaciones», dice el almirante Thomas Copeman en su despacho de la base. Copeman se refiere a las mejoras de una infraestructura en gran parte provisional.

    «En lo que concierne al trato de los detenidos, no hubo cambios políticos con el cambio de administraciones. Simplemente no hubo ninguno», asegura en otro momento de la entrevista.

    «Respecto a Guantánamo, nada ha cambiado desde enero del 2009», corrobora Joseph Margulies, uno de los abogados más prominentes en EE. UU. en la defensa de los detenidos.

    En Guantánamo viven ahora 181 detenidos, la mayoría de ellos capturados tras los atentados del 11 de septiembre del 2001 contra Estados Unidos. De los 779 prisioneros que han pasado por el centro de detención debido a su supuesta relación con Al Qaeda o los talibanes, 530 fueron liberados o trasladados a otros países antes del 2009, durante la administración Bush. La Administración Obama ha trasladado a 59.

    Obama quiere llevar a una prisión de máxima seguridad en Illinois a los presos que deban ser juzgados ante un tribunal, y a los que afronten una detención indefinida. Pero el Congreso – dominado por los demócratas del presidente-bloquea la financiación para cerrar Guantánamo.

    Los mandos de la prisión se resisten a entrar en debates jurídicos. Pero insisten en dos argumentos. Primero, el trato de los prisioneros es óptimo: el Guantánamo del 2010 no es un gulag, ni un infierno. «Tratamos a todos nuestros detenidos con dignidad.

    En el lado estadounidense de la frontera, no hay un Guantánamo, sino dos, separados por un check point.A un lado de los controles militares, la base naval de Estados Unidos, abierta en 1903 tras un acuerdo con Cuba, que acababa de independizarse. Al otro, el archipiélago de campos de detención – arrendados a la base naval-en los que Estados Unidos tiene encerrados a 181 presos a los que cree implicados en los atentados del 11 de septiembre del 2001 o son un peligro para la seguridad nacional.

    Uno y otro lado tienen en común el calor pegajoso, las iguanas que asoman la cabeza tras los arbustos, la omnipresencia de símbolos nacionales: banderas, vehículos del ejército, uniformes militares. Uno y otro lado tienen en común, también, la sensación de claustrofobia. Guantánamo, la única base estadounidense en un país comunista, está aislada. A parte de ir al cine al aire libre, al McDonald´s, o a un chiringuito junto al mar, hay poco más que hacer. La opción de salir de la base los días de permiso no existe.

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    A la base sólo se puede acceder en avión. En una de las dos compañías civiles que recorren los 650 kilómetros desde Florida, el viaje dura más de cuatro horas: la avioneta de cuatro plazas debe esquivar el espacio aéreo cubano. Una vez en el aeropuerto, el visitante, escoltado por militares, cruza la bahía en transbordador hacia la zona habitada de la base.

    La oficina de prensa responsable del llamado Grupo de Trabajo Conjunto de Guantánamo (JTFG, en sus iniciales inglesas), que gestiona los campos de detenidos, organiza visitas para periodistas. Casi tres mil han visitado la prisión de Guantánamo desde su apertura, en el 2002; los mandos se jactan de que no hay prisión más escrutada que esta.

    Las visitas incluyen entrevistas con los mandos de la JTFG. Los militares siguen en todo momento a los periodistas, que no pueden fotografiar ni los rostros de los prisioneros – a los que está prohibido entrevistar-ni algunos edificios estratégicos. Al final de la jornada, revisan y censuran las fotografías y vídeos.

    Los periodistas tienen acceso a los campos de detención 4, 5 y 6, donde los presos se dividen según el comportamiento, todos a orillas del Caribe. «Seguro. Humano. Legal. Transparente», son las palabras que encabezan el folleto que la oficina de prensa reparte a los periodistas al llegar.

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    Hay, sin embargo, un campo de detenidos cuyo acceso está vedado a los visitantes, e incluso a los abogados de los detenidos. Excepto los altos mandos, los cerca de dos mil militares que trabajan en la prisión ignoran dónde se encuentra. Se trata del mitificado campo 7, una prisión de máxima seguridad escondida entre las colinas de Guantánamo.

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    En el campo 7 de encuentran algunos responsables del 11-S, entre ellos Jalid Sheij Mohamed, que ha confesado ser el cerebro de los atentados y está pendiente de juicio – no está claro si ante un tribunal civilomilitar-en territorio estadounidense.

    «Allí tenemos algunos detenidos de alto valor», dice, en alusión al campo 7, el general Timothy Lake, número dos de Guantánamo. «Para ellos las normas también son un cuidado y una custodia segura, humana, legal y transparente». La seguridad nacional justifica el secretismo, según los mandos. Sólo la Cruz Roja puede acceder a ese campo.

    No está claro si el campo 7 es el denominado campo no, una instalación secreta a la que el jurista Scott Horton se refiere en un reportaje publicado en febrero por la revista Harper´s.Horton, citando fuentes militares, sugiere que, en contra de la versión oficial, los suicidios de tres prisioneros en el 2006 no fueron tales, y que en la noche de su muerte los prisioneros pasaron por el citado campo secreto.

    Los mandos niegan la versión de Horton. Una respuesta frecuente cuando se les pregunta por los abusos pasados es – además de negarlos-que ellos no estaban aquí. Y es cierto que las rotaciones de las fuerzas armadas hacen que en Guantánamo la memoria histórica sea inexistente. Es difícil encontrar a alguien que lleve más de dos años destinado.

    En la prisión más famosa del mundo, los únicos con memoria histórica, los que han estado desde el principio hasta ahora, son los prisioneros.

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