• Noticias maquetadas 28.05.2010

    RUBÉN AMÓN / París Corresponsal

    «Puede suceder que la crisis no tenga fin»

    online Alain Touraine-sociólogo (Hermanville-sur-mer, 1925) recibió ayer con «satisfacción y serenidad» la concesión del Príncipe de Asturias en la categoría de Comunicación y Humanidades. Satisfacción porque el premio demuestra su peso en la cultura hispanoamericana. Y serenidad porque «a los 84 años, no es razonable decir que pueda cambiar una carrera».

    La suya se ha emparentado con la del sociólogo anglopolaco Zygmunt Bauman en el tribunal asturiano. Forman parte de la misma generación y a ambos se les atribuye el mérito de «haber sido creadores de instrumentos conceptuales singularmente valiosos para entender el cambiante y acelerado mundo en el que vivimos», al decir del jurado, quien también considera que «ambos representan la más brillante tradición intelectual del pensamiento europeo».

    Le sorprende a Touraine que la categoría del premio sea la de Comunicación y Humanidades. Habría visto más razonable el ámbito de las Ciencias Sociales, pero su punto de vista no es tanto un reproche como un actitud tolerante respecto a la multidisciplinaridad.

    «Al fin y al cabo, las Ciencias Sociales y la Historia, que son mis ámbitos predilectos, se han introducido en las Humanidades y han contribuido a transformarlas», explica Touraine antes de iniciar la entrevista con EL MUNDO.

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    Pregunta.- Decía usted que el premio prueba su prestigio en la cultura hispanoamericana.

    Respuesta.- Es verdad. Soy consciente del prestigio que tiene el Príncipe de Asturias como tal, pero además le concedo un valor simbólico. En el sentido de que España, Italia y América Latina han sido los escenarios donde más reputación, crédito y divulgación han tenido mis libros. España me ha reconocido más que cuanto pueda haberlo hecho Francia.

    P.- ¿Y por qué esta paradoja?

    R.- Más allá de que me hayan interesado algunos movimientos sociales en Chile, como la caída de Allende, y otros países latinoamericanos, pienso que en Francia se me ha reprochado, de algún modo, haberme abstenido de participar en las llamadas corrientes dominantes. No formé parte ni de la vía postmarxista ni del estructuralismo. A mí me ha interesado el sujeto. Me ha preocupado la acción, es decir, la capacidad del sujeto y de la sociedad para intervenir en los avatares de la Historia, existan o no condiciones deterministas.

    P.- Y le ha interesado también la experiencia. No ha sido usted un sociólogo de despacho.

    R.- La teoría es importante, y yo he teorizado mucho, pero nunca me ha gustado el aislamiento. Todo lo contrario. Si de algún mérito puede hablarse en mi obra, es de haberme dejado involucrar en los procesos de los que luego he hablado. Me refiero al caso de Mayo del 68 y al movimiento de Solidaridad en Polonia. La sociología tiene que estudiarse desde dentro, desde las entrañas. Hay una parte de vivencia. Por ejemplo, me interesa mucho ahora el movimiento social que se ha desencadenado en Irán como protesta al régimen de Ahmadineyad. Son los jóvenes quienes lo protagonizan.

    P.- Usted sostiene que hay que trazar puentes con Irán en lugar de remarcar diferencias y que Europa debe acercarse al islam, rebatiendo por completo la idea del choque de civilizaciones que tanta fama ha dado a Samuel Huntington.

    R.- Hay que tener en cuenta que el planeta no debe interpretarse como una extensión de Europa Occidental. Por eso, estamos obligados a establecer relaciones con el mundo musulmán y centrarnos primero en aquellos países donde existe una fuerte consciencia del Estado. El caso más evidente es el de Turquía, pero también hay que apreciar el proceso de mutación iraní. En mi opinión, la clave está en elaborar relaciones que no tengan el marchamo de conquista ni que pretendan imponer un modelo político y cultural gregario de la obediencia europea. Es interesante descubrir los puntos comunes y las diferencias entre los dos mundos. No, no hay una guerra de civilizaciones. La globalización no puede concebirse exclusivamente desde un enfoque económico.

    P.- Mucho menos ahora que la crisis económica ha convertido la globalización en una suerte de tren de alta velocidad para el contagio de la epidemia. Es una idea que usted aborda en su próximo ensayo, ¿Después de la crisis?

    R.- Va a aparecer en septiembre y es el resultado, otra vez, de la teoría y de la experiencia. No puedo negar la influencia que han tenido los ensayos de Stiglitz, pero a mí me ha interesado más el desmantelamiento de la sociedad. Mejor dicho: la desaparición de la sociedad. Porque la sociedad ya no existe, se ha desarticulado, desvertebrado. No puede mencionarse como si fuera una casa con paredes, puertas, ventanas y tejados.

    P.- Zygmunt Bauman habla precisamente de la sociedad líquida para aludir a una especie de licuación de la sociedad. ¿Se conocían ustedes? ¿Qué le parece la idea de compartir el premio con el sociólogo polaco?

    R.- Nos conocemos. Hasta el extremo de que hemos compartido recientemente un congreso en Estambul. Venimos de mundos distintos. Bauman procede de una sociología postmoderna, pero es cierto que ha teorizado sobre el estado líquido de la sociedad. Mi punto de vista es mucho más radical. Una de las razones, si no la principal, nos las ha enseñado la propia crisis económica, precisamente porque la crisis ha establecido una separación definitiva entre la economía y la sociedad, o su remedo. La actividad productiva, la realidad financiera y la globalización económica se han desvinculado completamente de las reglas, de las normas, de los principios del peso institucional que hasta ahora vertebraba la sociedad.

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    P.- Un divorcio que, además, usted dice que tiene como escenario la falta de presencia del Estado.

    R.- La economía administrada, característica de la posguerra, ha desaparecido casi completamente y se considera como un obstáculo al desarrollo económico. El crecimiento económico viene, en parte, gracias a la tecnología y, en parte, a la motivación. Por tanto, lo económico hay que volverlo a relacionar con factores sociales de creatividad.

    P.- ¿Por qué se interroga en el título de su próxima obra sobre qué vendrá tras la crisis?

    R.- Creo que se advierten dos caminos. Una posibilidad es que la crisis no tenga fin, o que una crisis sea la antesala de la siguiente. De crisis en crisis, llegaríamos a la total destrucción y a la catástrofe. Quede claro que este punto de vista no debe considerarse apocalíptico. No lo digo en absoluto en plan Casandra, sino que lo veo razonable. La otra posibilidad sería la reconstrucción de la sociedad, pero no a partir de su definición tradicional, sino otorgando el eje al sujeto. Considero que la prioridad de ahora es defender, fomentar y recrear la democracia, es decir, anteponiendo la idea del ciudadano, que todos tengamos como meta principal crear ciudadanos, con más capacidad de intervenir en la vida pública.

    P.- El sujeto, el individuo, es el centro de su legado.

    R.- He de decir que, en cierto modo, fui un pionero en este tipo de pensamiento. La decisión de alejarme de las corrientes dominantes me situó en un escenario desértico. Yo he sido como un cowboy en el far west. Empecé a trabajar en la precariedad, sin apenas puntos de apoyo. La globalización es una amenaza al individuo porque lo obvia, igual que sucede con sus diferencias y su identidad.

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