• Noticias maquetadas 17.05.2010

    RAFAEL J. ÁLVAREZ / Madrid

    Sanidad autoriza la donación en vivo a receptores desconocidos

    La ONT va a permitir que dos personas den sus riñones a otras que no conocen, la primera experiencia del ‘buen samaritano’

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    El Ministerio de Sanidad está a punto de autorizar la donación en vivo a receptores desconocidos. Se trata de dos personas que van a ceder uno de sus riñones a dos enfermos con los que no tienen ningún tipo de vínculo. Será la primera vez en la historia médica de España en la que un adulto dona un órgano a otra persona a la que no le une ni consanguineidad, familiariedad, amistad o conocimiento alguno. Y, por supuesto, gratis. O sea, el estreno patrio de la figura que la ciencia del trasplante conoce como el buen samaritano.

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    El donante anónimo, ese benefactor a ciegas, es algo relativamente frecuente en Holanda o Gran Bretaña, pero inédito en España. Ahora, tras muchos años de estudio y una vez comprobada la eficacia de las medicaciones antirechazo, Sanidad va a acometer ese avance aprovechando que, aunque la legislación española no lo autoriza expresamente, tampoco lo prohíbe.

    La Organización Nacional de Trasplantes (ONT) ultima los pasos para otorgar el permiso a dos personas que hace un tiempo ofrecieron sus riñones a cualquier otra que los necesitara. Casi con toda seguridad, la vía libre será inminente, por lo que es muy probable que los dos trasplantes se produzcan antes de que acabe este año.

    La autorización supondrá el final de un proceso que ha tenido muchos más candidatos, ciudadanos que han contactado con la ONT para poner a disposición del bisturí alguno de sus órganos, pero que no han pasado los filtros de este organismo dependiente de Sanidad. Y es que los requisitos para convertirse en buen samaritano son extensos y duros.

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    Donar un riñón o un pedazo de hígado por puro altruismo no es suficiente. La Organización Nacional de Trasplantes somete a esos candidatos a un análisis físico que demuestre su buena salud y la ausencia de patologías anteriores cuya evolución pueda afectar al órgano a donar. La otra prueba parece menos obvia, pero suena a imprescindible: un examen psicológico. «Queremos saber si esa persona no atraviesa una circunstancia que le haya llevado a un altruismo pasajero. También hay que asegurarse de que no se trata de alguien desequilibrado. Hay que constatar que el donante conoce bien lo que va a hacer y sus consecuencias, que es libre al decidir, que no se va a arrepentir y, algo muy importante, que no va a conocer de ningún modo a su receptor». Habla Rafael Matesanz, director de la ONT, ese colectivo que ha ayudado a poner a España en la cabeza de la clasificación mundial de tasas de donación.

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    Una de las obsesiones de la ONT en la gestión del fenómeno del buen samaritano es que donante y receptor no lleguen a conocerse jamás. ¿Por qué? Matesanz: «Porque hay que garantizar que ese altruismo es para siempre. Entre un donante y un receptor hay buena sintonía, pero también puede establecerse una relación de dominación y sumisión. Al principio todo es muy bonito, pero con el tiempo, ¿quién garantiza que un donante no le recuerde a un receptor lo que hizo por él y le pida algo a cambio? Puede ser dinero, favores o cualquier otra cosa. Y esa posibilidad hay que desterrarla absolutamente».

    La ONT no suelta dato alguno sobre los dos donantes, «la confidencialidad siempre es imprescindible, pero esta vez, más», aduce Matesanz. Sólo se sabe que son dos adultos y que cada uno cede un riñón.

    Para dar este paso, Sanidad ha consultado con expertos en bioética y con juristas. La Ley de Trasplantes de 1979 no impide la figura del buen samaritano, simplemente porque no la imaginó. «Hace 30 años, la donación en vivos sólo era posible en familiares consanguíneos. No existía aún medicación antirrechazo para otros casos y la ley, que es una buena ley, no contempló otra posibilidad. El buen samaritano es legal porque no es ilegal», argumenta Matesanz.

    El jefe de la ONT sabe mucho de candidatos altruistas, gente que regala sus entrañas para salvar las de otros. «Hace unos años, llegó una carta de un señor que ofrecía una parte de su hígado. Le quitamos la idea de la cabeza, porque es una operación que, en adultos, tiene riesgo. La donación de un riñón tiene un tres por 1.000 de mortalidad. La de hígado, un 1%. Y, aunque no es un porcentaje alarmante, hay que estar muy seguro para acometerla».

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