• Noticias maquetadas 11.05.2010

    POLÉMICA POR EL USO DEL ‘HIYAB’ / JOSÉ MARÍA RUIZ SOROA

    ‘Catolaicismo’ y tolerancia

    Han leído bien, amigos lectores, he escrito catolaicismo en el título de este artículo. Y lo he hecho porque creo que es una fórmula verbal que expresa con enorme plasticidad el riesgo que corre nuestra sociedad de confundir los principios del laicismo o secularismo del Estado (constitucionales), con sus propios sentimientos y miedos como concreta y particular cultura que es. Y todo ello a cuento de ese velo o pañuelo islámico que una alumna ha pretendido utilizar en el espacio y tiempo de la escuela pública, y que ha motivado su exclusión del centro donde estudiaba.

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    Es altamente significativo, a este respecto, el hecho de que esa sociedad española que considera una práctica aceptable la del crucifijo en la pared del aula (como muestran las encuestas al respecto) reaccione tan preocupada ante el pañuelo religioso en la cabeza de la alumna. Esta diferente percepción ante dos hechos muy emparentados está diciendo a las claras que no estamos tanto ante un problema de principios como ante uno difuso de sentimiento de agresión y miedo.

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    La sociedad española se siente insegura y, hasta cierto punto, agredida en su identidad cultural cuando una alumna de origen islámico exhibe públicamente un signo que ella considera religioso. E invoca el laicismo como defensa ante esta obscura amenaza, porque sabe que hoy en día no se puede ya invocar la exclusión del diferente. Pero mucho me temo que el laicismo es sólo una excusa, y la defensa del casticismo es la verdad oculta. Que el nuestro es un catolaicismo, de igual manera que, como se ha escrito autorizadamente, «en Francia la laicidad es puro nacionalismo francés con un disfraz».

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    El laicismo es una exigencia aplicable al Estado como institución secular, como ámbito público y común, pero no es una exigencia que pueda extenderse a la sociedad civil ni a los ciudadanos. La sociedad civil no es laica ni religiosa, es plural. Y el valor esencial y dominante para con el pluralismo es el de la tolerancia. Tolerancia para con el diferente y, sobre todo, para con aquel diferente cuyas prácticas o pensamientos percibimos como ofensivas, desagradables o intolerables; la tolerancia con los que son como nosotros no es tolerancia, es la ley de las mayorías sociales conformistas. Nosotros vemos en el pañuelo o en el velo un signo de fanatismo, de fundamentalismo, de sumisión machista, de intolerancia en suma. Ni sé ni me importa saber si esa es una interpretación correcta, porque lo relevante es que el ciudadano que quiere ponérselo ve en él un signo de su religión y, precisamente por ello, tiene derecho a portarlo en todos los ámbitos de su vida, privados o públicos (una distinción que, por otra parte, es probablemente inaprensible para quienes proceden de sociedades que no han hecho la gran separación característica de Occidente). Si nos tomamos en serio el derecho a la libertad religiosa veremos que, en su aspecto positivo, implica que el Estado democrático acepta que existen en su seno ciudadanos dotados de sentido religioso («metafísicos», dice Habermas) que pueden legítimamente exhibirlo y demostrarlo, guste o no a la mayoría. Igual que en su sentido negativo implica que el Estado mismo no puede estar contaminado por símbolo o sentimiento alguno de esa clase.

    Queda el argumento seudolaicista aparentemente más neutral: el derecho del centro escolar a establecer un reglamento en materia de vestimenta y signos corporales. Si el colegio público madrileño tiene regulado que los alumnos no podrán portar ningún tocado, igual que no podrán acudir al centro en ropa interior, o en bañador, o disfrazados, ¿debe hacerse excepción a esta regla general por mor de la religión confesa de algún alumno? Pero, ¿no son iguales las reglas para todos? Si ella puede llevar un pañuelo, ¿por qué razón otro alumno no podría ir en calzoncillos o disfrazado de rey mago? Personas por cuyo criterio tengo enorme aprecio, como el profesor García Amado, han argumentado desde este punto de vista: si admitimos excepciones a las reglas escolares, las excepciones deberían ser para todos, no sólo para quienes aducen motivos religiosos. Pues de lo contrario estamos privilegiando a las religiones sobre la libertad individual, la de quien por ejemplo quiere ir vestido de Superman porque ése es su capricho.

    Pues bien, tampoco este argumento me convence, ni me resulta conforme a lo que significa el reconocimiento del derecho a la libertad religiosa por un Estado democrático. Este reconocimiento conlleva que el Estado reconoce la especial fuerza y valor que la religión puede suponer para algunos de sus ciudadanos, reconoce en definitiva que la motivación de índole religiosa de sus ciudadanos no es igual que un capricho, ni es una anomalía, sino una razón democráticamente valiosa precisamente porque atañe al reducto de la conciencia. Que no es lo mismo alegar como excepción a la regla general el me gusta así o éste es el aspecto de mi elección (deseo no valioso) que decir mi dios lo quiere así (conciencia). Esta última alegación, cuando es probada y fundamentada, debe ser tomada en serio por la autoridad y atendida correspondientemente. Mientras que el deseo o el capricho individual no.

    Nos gustará más o menos, pero en nuestros estados democráticos se reconoce que la motivación religiosa de algunos ciudadanos debe ser tenida en cuenta de una forma que no alcanza a otras motivaciones personales. Aunque esa concreta religión y sus dogmas nos desagraden. Esa es la superioridad moral de la democracia. No la tiremos por la borda sólo porque tenemos miedo.

    José María Ruiz Soroa es abogado, escritor y Cheap analista político.

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