• Noticias maquetadas 07.05.2010

    Buy Se cierra el cerco

    Xavier Bru de Sala

    A grandes rasgos y según mi percepción, la secuencia del nuevo Estatut es la siguiente. El tema eclosionó con un debate propiciado por Quim Nadal cuando se enfrentó a Pujol en las urnas autonómicas de 1995. Pujol se negaba, aduciendo que bastaba con reinterpretar la Constitución, lo cual no deja de ser cierto (además de quimérico). No sólo por esta razón, aquel año empezó el declive del gran líder. Que se acentuó en las elecciones siguientes, ya frente a un Maragall que enarbolaba la bandera del Estatut, del gran salto autonómico hacia delante, y la reforma de España. Contraviniendo a un Pujol muy tocado por no romper con el peor Aznar, poco tardaría CiU en sumarse a la propuesta. Carod-Rovira se frotaba las manos. De no haber sido por el sorpasso estratégico de Maragall – ya estamos en el 2003-,Esquerra se hubiera quedado sin margen para auparlo a la presidencia a pesar de haber perdido.

    Por decirlo de modo gráfico, sin promesa estatutaria socialista, Mas habría sucedido a Pujol.

    Con el aznarismo mordiendo el polvo del descrédito, ya tenemos el Estatut como tema estrella de la legislatura anterior. La propuesta catalana, de estratosférico listón, fue aprobada por el Parlament en septiembre del 2005. Un año después entró en vigor el nuevo Estatut, previo severísimo recorte pactado entre Zapatero y Artur Mas, aprobación en Cortes y aciago pero perfectamente válido referéndum. La opinión mayoritaria consideraba que estaba más o menos lejos del ideal, pero que se trataba de un paso hacia delante. No el salto previsto y prometido, pero sí un paso adelante. Final agridulce aunque positivo.

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    Final aparente, claro, porque fue recurrido ante el Constitucional, como bien saben, por el PP y sus comunidades, aunque tal vez no recuerden que también por el Defensor del Pueblo, del PSOE. Los recursos, de manera principal el del Partido Popular, están en el origen del actual embrollo. Entonces prevaleció la confianza en un fallo favorable, o en uno, también asumible, interpretativo del preámbulo y unos pocos artículos. Pocos se dieron cuenta en aquel momento de lo que significaban, no ya los recursos en sí, sino su aceptación a trámite. Ahora, se esgrime por todos que el Tribunal Constitucional no puede pasar por encima de la voluntad popular. En efecto, la voluntad popular es el fundamento último de todo edificio democrático. No hay nada ni nadie por encima (a no ser que Catalunya no sea sujeto de voluntad popular, y eso es lo que niega precisamente la aceptación de los recursos). Pero eso debía haberse dicho entonces, no ahora, cuando pintan bastos. Sigue siendo cierto, pero la unidad, siempre precaria, efímera, de los partidos del catalanismo llega tarde.

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    La conclusión, obvia si bien aún no instalada en la conciencia colectiva, es que no se puede pactar nada trascendente con el PSOE. Puede ser legal, pero no legítimo. Zapatero, al pasar de apoyar el Estatut a desentenderse de su (mala) suerte, demuestra que ha aprendido la lección. El ciclo que con tantas expectativas comenzó se cierra con el peor de los pronósticos. Pero no sólo el círculo, sino el cerco, un cerco involucionista cuyo propósito es recentralizar, cortando de una vez por todas con las aspiraciones catalanas a un mayor autogobierno. Pocos confían en la no sentencia, y nadie, pero nadie, en un fallo medianamente favorable o poco desfigurador de la autonomía catalana. Lo máximo que se intenta, ahora desde la misma Catalunya que protesta por los tres años de demora, es una nueva dilación. Cuando se presumía poco perjudicial, se reclamaba la sentencia. Ahora que las tornas son las contrarias, mejor que no salga, o que tarde un buen tiempo más. Lo menos que puede decirse de las estrategias defensivas catalanas es que son poco serias, no de acción, sino de reacción. Siempre nos pillan con el paso cambiado. Hábiles en trasladar las responsabilidades de lo que va mal sí lo somos. Tanto como en no reconocer los errores propios, empezando por la extrema fragilidad de la unidad catalanista.

    Ello no impide afirmar que el gran protagonista del cambio de actitud hacia el Estatut es el PSOE. El PP está en las mismas desde el primer momento, los partidos que aprobaron el Estatut, también. Pero el PSOE ha cambiado de bando. De apoyar al PSCy pactar con CiU ha pasado a dejarlos en la estacada. De la misma encerrona participa todo el tripartito, y de forma singular ERC, que se encuentra atrapada en este bucle involucionista como Pujol lo estuvo, salvadas las distancias, por el PP más guerrero de la historia.

    Se cierra el cerco, se abre otra etapa histórica, auspiciada por el desengaño, con una meta más ambiciosa, el Estado propio dentro de España, pero con instrumentos bastante más delicados y caminos sin trillar. Quince años de recorrido para el Estatut, no van a ser menos para el soberanismo. De modo parecido, nadie asegura que acabe en éxito. De modo parecido, sería ilusorio todo intento de evitar esta nueva etapa. Es inexorable. Sus prolegómenos están a punto de concluir para dar paso a la eclosión, en cuanto Artur Mas alce la bandera.

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