• Noticias maquetadas 03.05.2010

    EDUARDO SUÁREZ

    Bury St. Edmunds (Reino Unido), Enviado especial

    «Cameron tiene dos opciones: imitar a Thatcher o fracasar»

    Lo primero que sorprende de Norman Tebbit (Londres, 1931) es su dulzura y su sentido del humor. Al fin y al cabo, los guiñoles británicos lo retrataban como un macarra sin escrúpulos y forjó su reputación como perro de presa de Margaret Thatcher. Pero da la impresión de que la edad ha suavizado sus arranques de genio y lo ha convertido en un anciano hospitalario y entrañable. Una impresión que no compartiría David Cameron, que en los últimos años ha sido el objetivo de sus dardos por centrar el partido más allá de lo natural.

    En cierto modo, Tebbit es el reverso del líder conservador. Y no sólo por sus orígenes humildes. También por sus ideas thatcheristas, que lo han convertido en una especie de portavoz oficioso del ala derecha del partido. Un grupo que ha perdido poder desde que Cameron asumiera el liderazgo, pero que lo recuperaría si los comicios propician un triunfo escaso y el candidato tory necesita su apoyo cotidiano para gobernar. De momento, Tebbit es el enemigo íntimo de Cameron. Pero vive apartado del mundanal ruido. Se deja caer un par de veces a la semana por la Cámara de los Lores. El resto del tiempo vive en esta casa de Bury St. Edmunds, donde cuida de su esposa tetrapléjica, cuya vida cambió para siempre una bomba del IRA en el año 1984.

    Pero Tebbit tiene todavía un pie dentro de la política y sigue con atención el menudeo de campaña. No le gusta la novedad de los debates en televisión, pero ha visto los tres y cree que Cameron ha mejorado, «pero no lo suficiente». ¿Cómo explica el efecto Clegg? «En primer lugar, por el escándalo de los gastos de los diputados. La gente se dio cuenta de que sus políticos estaban chupando del bote y eso generó un enfado que Clegg ha aprovechado con inteligencia. Pero también por la estrategia de Cameron de reinventar el Partido Conservador y convertirlo en una versión limpia y mejorada del nuevo laborismo. Ése fue un error terrible, porque movió el partido demasiado hacia el centro y nos hizo perder el respaldo de nuestros votantes».

    Tebbit cree que las elecciones todavía se pueden ganar. Pero le sorprende que aún estén por decidir: «A estas alturas, Cameron ya debería haberlas ganado con autoridad, porque éste es el Gobierno laborista más incompetente de la Historia del Reino Unido». ¿Y por qué se ha esfumado su ventaja en los sondeos? «Porque Cameron ha perdido mucho tiempo con asuntos banales y no ha construido un mensaje claro sobre Europa, ni sobre la inmigración, ni sobre la deuda».

    A Tebbit nunca le gustó Tony Blair, del que dice que es «el peor primer ministro que hemos tenido en mucho tiempo». Por eso mide sus palabras cuando se le pregunta si Cameron será más como el ex líder laborista o como Margaret Thatcher. «Es difícil decirlo», duda, «no creo que Cameron sea tan cínico como Blair. Si es primer ministro, tiene dos opciones: actuar como la Dama de Hierro o fracasar». ¿Y cree que tendrá el arrojo de Thatcher? «No lo sé. Nadie lo sabe. En el caso de Thatcher, yo tenía el instinto de que ella lo tenía. Pero un amigo común me dijo que había comido con ella hace poco y que habían estado hablando precisamente de esto. Él le dijo a ella que en 1979 se preguntaba si tendría las cualidades para ser primera ministra. Y ella le contestó: ‘También yo lo dudaba’».

    Son muchos los paralelos entre el Reino Unido de hoy y el de los años 70. El más recurrente, el de una economía consumida por el déficit, pero no es el único. Aun así, Tebbit cree que la tarea que le aguarda a Cameron es todavía más hercúlea que la de Thatcher y dice con sorna: «Si me dieran a elegir entre ser primer ministro en 1979 o en 2010, preferiría serlo entonces. Hoy será muy complicado».

    En el caso de Tebbit, hoy sería imposible. No sólo porque su discurso está demasiado escorado a la derecha como para ganar el liderazgo. También porque el partido lo gestiona una élite que nada tiene que ver con él. «No creo que sea que sus orígenes privilegiados sean un problema para Cameron», explica, «pero sí es un problema que sea un político de carrera. En este país hemos creado una clase política. Especímenes que pasan de la escuela a la universidad y de allí a llevarle el maletín a un diputado o a un ministro».

    La frase tiene mucha retranca, porque describe de forma fidedigna el ascenso al poder del líder tory, que sólo ha trabajado unos años fuera de la política y ocupando un puesto que le consiguió un enchufe de su suegra. «Cameron ha pasado demasiado tiempo en el partido», dice Tebbit, «no tiene la experiencia de la gente de la calle».

    El reproche nadie se lo podría haber hecho a él, que creció en un barrio marginal del Este de Londres y que lleva impresas en el ADN las estrecheces de su clase. ¿No es una paradoja que los tories más thatcheristas sean precisamente los de origen más humilde? «Al contrario», explica, «para un hombre como Cameron los subsidios son un problema más. Para un hombre que tiene tres hijos, vive en una vivienda social y se gana la vida en un empleo mal pagado, los subsidios son una tomadura de pelo. Porque su vecino sin trabajar vive igual de bien que él». En este sentido, Tebbit ridiculiza la política de cuotas para integrar a mujeres y minorías étnicas: «En el siglo XIX fuimos el primer país del mundo en promover la meritocracia y en garantizar que nadie obtuviera trato de favor en razón de sus orígenes. Hoy hemos dado un paso atrás y los conservadores eligen candidatos porque son negros o asiáticos. Eso es un insulto a la igualdad de oportunidades».

    Pero Tebbit quiere que ganen los tories. Al fin y al cabo, explica, «un voto por Clegg apuntalaría un Gobierno laborista, y ése es un lujo que no nos podemos permitir».

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