• Noticias maquetadas 28.04.2010

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    Order Memoria (3): espejos australes

    Francesc-Marc Álvaro

    Reynaldo Bignone, el último de los cuatro presidentes de la dictadura argentina, fue sentenciado, el martes de la semana pasada, a 25 años de cárcel. Pero este general de 82 años no acaba en prisión por su papel como responsable de un régimen sustentado en el terror y la opresión, sino como culpable directo de la detención, tortura y desaparición de 56 opositores en su calidad de vicecomandante del cuartel de Campo de Mayo, en Buenos Aires. Junto a Bignone fueron condenados a la misma pena y por los mismos delitos otros dos generales. Bignone ya había sido procesado antes por el robo de bebés, por el secuestro y el asesinato de los médicos del hospital Posadas, y por haber firmado el decreto que intentaba borrar los rastros de la represión de las cuatro juntas militares que asolaron el país. No obstante, todavía no había sido condenado. El general también firmó una amnistía para los militares que tomaron parte en la sistemática eliminación de aquellos ciudadanos calificados de «subversivos», una medida que anuló Raúl Alfonsín, primer presidente de la democracia. Los miembros de las tres primeras juntas fueron juzgados, pero los de la cuarta quedaron al margen. Más tarde, la justicia se ocupó también de Bignone.

    Felipe Agüero y Eric Hershberg, estudiosos de la huella de las dictaduras del Cono Sur en la memoria colectiva, sostienen que en Argentina «los militares se vieron forzados a emprender una transición desde posiciones de debilidad como consecuencia de la derrota militar (en la guerra de las Malvinas contra el Reino Unido), las divisiones internas y el caos económico, todo ello sin garantías constitucionales ni jurídicas excepto la amnistía que se otorgaron a sí mismos. Visto en términos comparados, la debilidad de los militares apareció claramente en su incapacidad para impedir la derogación de la ley de amnistía y en el procesamiento – un hecho sin precedentes-de los integrantes de la Junta Militar como una de las primeras medidas del nuevo gobierno democrático. Sin embargo, el vigoroso despegue con el cual este proceso comenzaba a cuajar durante el gobierno de Alfonsín fue perdiendo fuerza, y los militares comenzaron a cobrar nueva confianza, organizando levantamientos y obligando a que fueran sancionadas las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Luego el presidente Menem otorgó el perdón a los miembros de la Junta que habían sido previamente condenados».

    El resultado de esta serie de políticas aparentemente incongruentes, ora en favor de las víctimas, ora en favor de los verdugos, acabó cuajando en un silencio sobre los crímenes contra los derechos humanos que sólo se rompió cuando el capitán Adolfo Scilingo confesó su participación en los siniestros vuelos nocturnos yel general Balza reconoció también el papel de los militares en las desapariciones.

    La presidencia de Néstor Kirchner removió las aguas y fueron derogadas, con apoyo del Congreso y ratificación de la Corte Suprema, las leyes que impedían sentar en el banquillo de los acusados a los miembros de las fuerzas armadas. Y la justicia española entró en escena. En abril del 2005, la Audiencia Nacional condenó a 640 años de prisión a Scilingo, por delitos contra la humanidad. El juez instructor fue Baltasar Garzón. El defensor de Scilingo calificó de «hipócrita, arbitraria y oportunista» la actitud de la Fiscalía por no defender el mismo criterio en todos los hechos vinculados a la Guerra Civil española y la represión del franquismo. En aquel momento, los espejos americanos fueron tan cortantes y deformantes como lo habían sido en 1998, cuando Garzón ordenó detener al dictador chileno Pinochet.

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    Los espejos australes son de gran atractivo cuando buscamos claridad sobre qué hacer con un pasado que, por acción u omisión, aparece en nuestro presente, a menudo más como revival de frentismos tácticos que como preocupación sincera por (todas) las víctimas. Hay tres factores de importancia que convierten el juego de comparaciones España-Argentina en un ejercicio escasamente útil. El franquismo llegó al final de su recorrido exhibiendo una victoria bélica sobre la que se construyó el régimen mientras los jefes militares argentinos abandonaron el poder porque la guerra que debía ser su pedestal acabó dejándolos en ridículo. En España, el pacto entre los que venían del régimen y los que estaban en la oposición se basó en un cálculo de debilidades respectivas; al otro lado del charco, los que parecían débiles no lo eran tanto y los que lo eran no lo parecían o no sabían que lo eran. Y, en tercer lugar, la entrada de España en la OTAN puso fin a casi doscientos años de militarismo, que tuvo su canto del cisne cuando Tejero hizo su número; desgraciadamente, el militarismo (y sus subproductos) sigue siendo una de las peores herencias españolas en Latinoamérica, algo que impide el progreso en muchos países.

    Bignone, ahora ya en prisión, había sustituido al general Leopoldo Galtieri, el mismo que, el 2 de abril de 1982, declaró la guerra a los británicos y que, envuelto en la bandera, trató de usar el patriotismo para ocultar el horror de la represión. Federico Lorenz, escritor argentino que tenía 12 años cuando los jóvenes del país fueron enviados a luchar contra las tropas de Su Graciosa Majestad, ha visitado el archipiélago que dio el puyazo a la dictadura, buscando rastros. En su libro Fantasmas de las Malvinas, nos dice algo que también vale mucho para aquí: «La muerte y la historia se llevan muy bien, pero acercarse al pasado puede ser otra cosa que un funeral. Puede ser la posibilidad de que un relámpago ilumine los ojos de los idos, convocados por una pregunta, que abra sus bocas cegadas por el barro o el agua. Nadie puede robarnos un lugar si lo vivimos de ese modo. Un lugar que no necesariamente es físico, sino más bien nuestro sitio en la historia».

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