• Noticias maquetadas 26.04.2010

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    TC: nitroglicerina bailando sobre la crisis

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    Antoni Puigverd

    ¿Festejan el hundimiento de lo que ha dado a catalanes y españoles el mayor periodo de paz y prosperidad?

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    El Govern de la Generalitat se fotografió el día de Sant Jordi en los jardines de Pedralbes levantando copas y exhibiendo sonrisas. Es extraño. El momento político no puede ser más grave. Las sonrisas están destinadas a helarse. No sólo en sus labios, sino en los de muchos ciudadanos tranquilos que acompañaron a la clase política catalana durante el odiseico viaje del Estatut sin hacerse ilusiones y dando al final claras muestras de fatiga (referéndum).

    Ciertamente, a un lado y el otro del espectro político catalán, hay cierta cantidad de ciudadanos de sangre caliente que se frotan las manos ante la expectativa de un final estrepitoso del Estatut. Una parte de ellos, haciéndose eco del pensamiento dominante en los medios de Madrid, espera que el descarrilamiento del tren autonomista catalán sirva para constreñir con corsé de hierro lo que llaman «broma de las autonomías». En el extremo opuesto, otros creen que el descarrilamiento del Estatut fomentará el independentismo: «Cuanto peor, mejor». Unos y otros celebran que cruja por la fisura catalana el sistema que emergió de la transición. ¿Festejan el resquebrajamiento de los soportes que han dado a catalanes y españoles el mejor periodo de paz y prosperidad de su historia? Sí, festejan eso.

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    Es inevitable que, en ambos extremos del arco ideológico, unas poderosas minorías se froten las manos ante la siniestra perspectiva de echar esta época por la borda. Y, sin embargo, la historia nos enseña que siempre que se mezcla una crisis económica con una crisis política se produce una síntesis tan explosiva como la nitroglicerina. Como es sabido, la característica principal de la nitroglicerina es su inestabilidad. Los ingredientes que la componen adquieren consistencia líquida, cosa que la hace muy sensible a cualquier movimiento o alteración. Cualquier súbito trasiego puede hacerla estallar.

    Por fortuna, el grueso central de la ciudadanía catalana mantiene la cabeza templada y evalúa los riesgos. Esperaban un final más o menos pactado del Estatut. Un final razonable, de cesión mutua, de encaje de bolillos, que permitiera pasar página, de una vez por todas, de esta larga, tediosa, infeliz aventura. Durante el largo proceso, oímos cantar como almejas a todos los partidos (repito: a todos). Sin embargo, sólo se han beneficiado de él dos partidos hermanos. Gracias al cemento del Estatut, el PSC de Montilla (Maragall fue la primera víctima) consolidó el cemento tripartito. Y gracias a su apoyo al Estatut, el PSOE de Zapatero obtuvo resultados estratosféricos en Catalunya, con los que compensó las tremendas palizas que el PP le acostumbra a dar en Valencia y Madrid. No todo el mundo percibe, en estos momentos, hasta qué punto, en plena crisis económica, está en riesgo una de las columnas básicas de la entente de la transición. Y quien menos parece percibirlo es Zapatero.

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    El proceso estatutario enseñó las vergüenzas de toda la clase política. Aznar abrió la caja de Pandora con su idea de la segunda transición. Sus excesos alimentaron a ERC. El PSC necesitó a ERC para construir el tripartito y se lanzó a una aventura que dejaba fuera de juego al PP (lo que encantaba al PSOE) y obligaba a CiU a seguir a rueda, so pena de quedar definitivamente descolgada. CiU pasó de un extremo al otro cuando Mas pactó con Zapatero. ERC acabó pagando con su expulsión del Govern el extraño pacto de Mas, quien no mucho más tarde descubrió que ZP parece ingenuo pero es el más frío. Rajoy, que desaprobaba el Estatut, se pasó dos campos al encabezar la corriente casi xenófoba que se desató en el resto de España (con la inestimable colaboración de líderes mediáticos), pero lo pagó con su debacle en Catalunya.

    Zapatero, llave de paso del Estatut, es el único rentista de esta aventura. Apoyó el proyecto en su arranque. Lo apoyó durante la fase catalana (Miquel Iceta, íntimo de Montilla y más ortodoxo que Maragall, era el negociador socialista en el Parlament). Y lo apoyó en Madrid. Fue ZP, además, quien escogió al catedrático Aragón para renovar el TC. ¿Pretende ahora lavarse la manos con jabón de Montesquieu?

    Cuando todo el mundo perciba lo que algunos estamos escribiendo en La Vanguardia,será quizá demasiado tarde. Los magistrados del TC, no satisfechos con la decapitación del Estatut, pretenden clavarle una estaca en el corazón, como se hace con los vampiros. La sentencia restringiría el sentido de la Constitución y se llevaría por delante incluso parte del Estatut de 1979, al contradecir la jurisprudencia que el propio TC ha establecido durante décadas sobre política lingüística.

    Al César lo que es del César: ZP no puede ahora decir digo donde dijo Diego. Y es imprescindible que los magistrados del TC comprendan que no pueden dejar un tarro de nitroglicerina sobre el caballo desbocado de la crisis. Descubrió Alfred Nobel que la materia porosa e inerte (polvos de ladrillo, arcilla seca) estabiliza la nitroglicerina. Pues bien, Catalunya y España necesitan algo parecido: arcilla política, materia inerte que conjure el peligro de explosión y estabilice el debate. El tema autonómico seguirá siendo explosivo (como lo es la dinamita), pero al menos será controlable. Los que tienen la tentación de deshacer el nudo del Estatut a la manera de Alejandro el Magno: con riguroso golpe de espada jurídica, harían bien en reflexionar sobre la absurdidad de empujar a la mayoría moderada catalana hacia los dos polos de mayor riesgo político español: la espada de los que exigen un corsé de hierro; o la pared de los que esperan que «cuanto peor, mejor».

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