• Noticias maquetadas 21.04.2010

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    Memoria (2): Garzón, 1956

    Francesc-Marc Álvaro

    No tenía ni un año de edad el niño Baltasar Garzón, en junio de 1956, cuando el Partido Comunista de España (PCE), la más activa y mejor organizada oposición a la dictadura de Franco, dio a conocer una declaración imprescindible para comprender el presente en el que vivimos ahora, año 2010. El documento llevaba un título tan osado como futurista: «Por la reconciliación nacional de todos los españoles». En el texto, entre otras cosas, se decía lo siguiente: «Al acercarse el XX aniversario del comienzo de la guerra civil, el PC de España declara solemnemente estar dispuesto a contribuir sin reservas a la reconciliación nacional de los españoles, a terminar con la división abierta por la guerra civil y mantenida por el general Franco». La declaración constataba un cambio de paisaje que obligaba a revisar varias premisas estratégicas: «Hay ya una nueva generación que no ha vivido la guerra civil y que está jugando un papel en la sociedad española». Todavía faltaban diecinueve años para que el tirano muriera en la cama, pero la clarividencia de algunos, entre ellos Santiago Carrillo, sirvió – al parecer-para colocar la primera piedra de eso que llamamos transición.

    En 1964, en el marco de los fastos que el Gobierno organizó para celebrar el vigésimo quinto aniversario de la victoria del bando rebelde en la Guerra Civil («25 años de paz», según el eslogan del ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga), José Luis Sáenz de Heredia rodó, por encargo de las autoridades, un documental de título inequívoco: Franco, ese hombre.La hagiográfica cinta – que he visto hace pocos días por primera vez gracias a la industria del DVD-se abre y se cierra con una parada militar (tampoco evita las palabras victoria y cruzada),pero relata la contienda sólo hasta octubre de 1936, el momento en que Franco se autoproclama jefe del Estado. Mediante una elipsis, el espectador es transportado a la Feria Mundial de Nueva York de ese año 1964, donde el pabellón de España simboliza, a decir del narrador, los éxitos y la modernidad del régimen. Los perdedores de la guerra aparecen una sola vez – una-citados como algo que no es el enemigo: «Para ganar esta orilla de una España mejor, dieron su vida, en un lado y en otro, un millón de españoles». Siete años después, en marzo de 1971, un joven político crecido dentro de aquel sistema de partido único, Rodolfo Martín Villa (posterior figura clave en los gobiernos de Adolfo Suárez), ya había entendido (o así lo parece hoy) el movimiento que los comunistas habían hecho tantos años atrás, y declaraba lo siguiente al diario Pueblo:»Si algo caracteriza a los hombres de nuestra edad es precisamente el haber podido hablar sin exceso de dogmatismos con unos y con otros». En aquel momento, Garzón debía cursar el bachillerato.

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    A mediados de los ochenta, el economista Ramón Tamames, destacado miembro, durante años, de la dirección del PCE y en paz a Franco, políticamente hablando. Situémosle en la historia, en el pasado, y pongamos nuestra atención en el futuro que ha de ser de todos los que quieran trabajar para hacerlo más luminoso, superando las muchas dificultades que nos acosan». El intento de golpe del 23-F de 1981 nos confirmó que algunos fantasmas eran, en realidad, elementos muy vivos. En 1983, Martín Villa escribió: «Por supuesto, me resistí a cualquier tipo de depuración que comunistas y socialistas pedían. Si les hubiese hecho caso, hoy no tendríamos Policía, ni Guardia Civil, ahora descubierta por el socialismo. No tendríamos la más mínima seguridad ni libertad. No tendríamos Estado». La reflexión vale lo mismo – se supone-para jueces y fiscales, aunque algunos lo pasen por alto.

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    Antes, la transición había gestionado el pasado del mismo modo que un soldado trata de cruzar un campo minado: la misión era atravesar ese territorio sin acabar saltando por los aires. Nadie quiso, además, desenterrar esas minas y desactivarlas. Pero las minas, herrumbrosas, al cabo del tiempo, empezaron a quedar a la vista de todos. Así, muchos – nietos y bisnietos de los que hicieron la guerra-desean saber hoy la verdad de lo ocurrido, sin miedo ya a repetir la contienda. Una noble aspiración que brota a la vez que aparece un uso partidista del pasado. A primeros de los noventa, cuando Garzón probó suerte en la política, la memoria reciente empezó a hacerse un hueco en la agenda.

    La profesora Paloma Aguilar Fernández, la más acreditada experta en políticas de memoria en España, ha resumido bien el problema: «La condena del olvido, tan abundante en nuestros días, suele culpar a las élites políticas de lo que fue propiciado por la inmensa mayoría de los españoles. Pero lo que también subyace en dicha condena es la constatación de las lagunas existentes en las medidas de reparación material y simbólica de las víctimas del bando republicano y de la dictadura. Además, aún quedan muchas muertes por esclarecer y documentar, fosas por exhumar, símbolos del pasado que perpetúan la discriminación de los vencidos y miles de procesos judiciales injustos que la ley de reparación no declara cancelados». Y en estas estábamos cuando entró en escena el juez Garzón, que antes había ensayado profusamente con la América hispana, herida por las otras dictaduras.

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    Falangistas contra un juez de la democracia, un tebeo barato. Si este es el relato, no hay más remedio que estar al lado de Garzón, lo cual no nos entusiasma. El mundo civilizado nos observa. ¿Quiere, el magistrado, buscar la verdad de las víctimas olvidadas o regresar a los meses agitados de 1977? El pasado (en suspensión) y el presente (en emulsión) tienden a transformarse en una sola sustancia de dos sabores tóxicos: el de la caricatura kitsch y el del thriller de serie B.

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